La soledad del desconfiado crónico

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
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21 de marzo de 2019  • 00:15

El desconfiado crónico experimenta una enorme soledad debido a que tiene un gran conflicto con respecto a la confianza en los demás.

Veamos algunas de las creencias principales que esta persona alberga en su mente:

  • 1. Hay un mensaje oculto que debo descifrar. Cuando el desconfiado escucha A, para él, podría tratarse de B, C o D. Permanentemente intenta hallar un mensaje oculto en todo lo que oye y ve. Este sistema de interpretación paranoica proviene de su historia personal en la que lo que se decía no coincidía necesariamente con lo que se hacía. Esa es la razón de que busque siempre el "mensaje oculto". Como aquel al que le dicen: "Hola" y, de tan desconfiado, piensa: "¿Qué me habrá querido decir?". Para el que desconfía la gente dice una cosa pero, en realidad, quiere decir otra. Ese es su lema.
  • 2. No puedo confiar en los demás. La confianza es el pegamento afectivo que nos permite conectarnos con los demás y crear intimidad, compartir, creer en el otro. El desconfiado no puede armar este vínculo, ya que vive en un estado hiperalerta en espera de ser atacado. El otro es culpable, aunque le demuestre lo contrario. Hagan lo que hagan y digan lo que digan los demás el prejuicio arraigado en el desconfiado lo lleva a no confiar y, cuando finalmente logra abrir su corazón, se arrepiente porque sus sentimientos de persecución aumentan. Piensa: "Cualquier persona puede traicionarme". Esto lo conduce a no poder idealizar a nadie, le cuesta aun admirar. Una de las manifestaciones de la desconfianza crónica son, por ejemplo, los celos. Cuando alguien resulta demasiado amistoso, amoroso o generoso, el desconfiado piensa que algo desea quitarle, que lo está usando y que "allí hay gato escondido". No solo desconfía "cuando la limosna es grande", también cuando la limosna es pequeña.
  • 3. El otro actúa por motivos ocultos. Muchas veces la ira que acumula el desconfiado en su interior la proyecta en el otro. Es el otro el que lo quiere lastimar. Es el otro el que lo quiere agredir. Como resultado, termina en un gran aislamiento, llevando una vida solitaria, sin intimidad afectiva. También acaba por racionalizarlo todo y desarrolla una memoria prodigiosa: recuerda fechas, horarios, rostros, etc. Suele analizar tanto el lenguaje verbal como el no verbal. Mira de manera obsesiva hacia la derecha y hacia la izquierda observando cada escena y contexto porque teme ser "lastimado" por cualquiera y en cualquier momento. Su hipervigilancia lo lleva a caer en un enorme estrés. Su pensamiento constante es: "Si no me mantengo atento, me usarán".
  • 4. Los demás son hostiles. No solo la ira sino además una enorme dosis de frustración interna lleva al desconfiado a proyectar en el otro hostilidad todo el tiempo. Si, por ejemplo, escucha una risa u observa una mirada especial, lo lee como una agresión. Su interpretación es: "Se está burlando de mí, me está agrediendo, me quiere lastimar". Cree firmemente que los demás están empecinados en descalificarlo, rebajarlo, ningunearlo. Por eso, que la gente se entere de sus cosas personales hace que piense que eso será usado en su contra.

Paradójicamente aquel que vive con esta actitud de desconfianza crónica es quien más fácilmente es estafado y engañado. Esto es así porque el estrés constante en el que vive lo lleva a analizar mal las situaciones y a tomar decisiones equivocadas la mayoría de las veces.

En el extremo opuesto de la desconfianza crónica, hallamos la credulidad absoluta. Esta es una característica propia de las personas que creen todo, a todos, todo el tiempo. Por lo general, poseen una muy baja actitud crítica que les impide analizar y los conduce a creer casi sin pensar.

El diálogo con un desconfiado crónico puede ser desgastante. Pues no tiene una hipótesis sino una "tesis" de todo lo que se está hablando. Aunque uno pueda explicarle y mostrarle pruebas, no acepta razones. Tal vez pueda sentir algo de alivio con ciertas explicaciones pero será solo por un momento para volver luego a activar el pensamiento de desconfianza.

Para no caer en ninguno de estos dos extremos, debemos construir una "confianza inteligente" que es progresiva, de menos a más a lo largo del tiempo. Esta se basa no solo en palabras sino en acciones congruentes y nos permite mejorar nuestros vínculos, salir del individualismo, armar equipos y disfrutar intimidad afectiva: abrir el corazón y darnos a conocer, sin máscaras ni protocolos, y dejar que el otro haga lo mismo.

Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

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