
La sombra de Rosas en el Congreso Constituyente
Por Patricio José Clucellas Para LA NACION
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Durante los calurosos días de octubre y noviembre de 1852, comenzaron a llegar a la ciudad de Santa Fe jurisconsultos, clérigos, empresarios y políticos. Incluso un militar, un literato y un médico. El mayor, el tucumano fray José Manuel Pérez, había nacido antes de que fuera sancionada la Constitución de los Estados Unidos, y el menor, el salteño Delfín B. Huergo, después de la batalla de Ayacucho, pero predominaban las jóvenes generaciones. Todos tenían en común el ser hombres sin tacha y venían convocados como representantes de las provincias -dos por cada una- para constituir una Nación. No estaba San Juan, que demoraría unos meses en mandar los suyos. Ni Buenos Aires, que, sintiéndose desplazada en su primacía, se había apartado transitoriamente de la magna empresa.
Sus mandantes eran los llamados "trece ranchos", apodo despectivo dado al resto de las provincias por los porteños. Aquellas entidades políticas, aisladas por la falta de población, la pobreza y las distancias, habían tomado para sí la colosal tarea de hacer algo más que "un bello cuadernito" para su castigado país, seguras de la pronta reincorporación de su hermana mayor. "En la bandera argentina hay espacio para más de catorce estrellas; pero no puede eclipsarse una sola", decía el mensaje inaugural del Congreso General Constituyente, leído en la mañana del 20 de noviembre por un ministro del director provisorio de la Confederación Argentina, general Justo José de Urquiza, ausente debido a los disturbios ocasionados por la rebelde provincia.
Los poderes de los diputados eran incondicionales. Sólo estaban limitados por su saber y su patriotismo. Así lo concedía el texto de la convocatoria constituyente del 31 de mayo, firmada en San Nicolás por gobernadores de las provincias, que en su mayoría habían acatado dócilmente la voluntad omnímoda del titular de la de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, hasta las vísperas de su derrota.
Ningún encanto particular ofrecía Santa Fe, la ciudad arenosa y poblada de naranjos. Tampoco ostentaba lujo alguno el edificio designado como lugar de las deliberaciones, los altos de la antigua casa del Cabildo. Desprovistos de taquígrafos y reunidos generalmente desde el atardecer hasta la medianoche, los constituyentes se abocaron a su trabajo, luego paralizado a resultas de las negociaciones entabladas para lograr la incorporación de los representantes porteños. Fracasadas las gestiones, el 18 de abril de 1853 la Comisión de Negocios Constitucionales presentó el ansiado Proyecto de Constitución.
Al debatirlo irrumpió sorpresivamente el argumento de que el país no estaba preparado para constituirse.
Rosas había puesto en boga ese argumento y lo invocaba cada vez que el clamor de los pueblos y de sus gobernantes exigía dejar de ser hordas y entrar en el mundo civilizado. El propósito que subyacía en el discurso del dictador era, por un lado, soslayar cualquier freno a su ambición de poder absoluto y, por el otro, eludir la nacionalización de la Aduana porteña y bloquear la navegación de los ríos.
La grandeza de los pueblos
El "viejo libreto" de la inoportunidad fue expuesto con detalle por Rosas a Facundo Quiroga en la famosa carta de la hacienda de Mauricio Figueroa de diciembre de 1834 (luego manchada con sangre de Barranca Yaco) y todavía lo seguía agitando desde su exilio, en vísperas de la batalla de Pavón.
No importaba, para el caso, que su inopinada resurrección en el augusto recinto del Congreso Constituyente tuviera como causa el temor y no la fría estrategia política. En la sesión nocturna del 20 de abril de 1853, inmortalizada por el pintor Antonio Alice, el maduro presidente de la Asamblea, Facundo de Zuviría, pidió el aplazamiento del proyecto constitucional hasta tanto no se curasen los hábitos y vicios contraídos en los años de anarquía, "siquiera, hasta obtener la paz". Un puñado de colegas de la vieja generación -fray Pérez, Pedro Zenteno y el general Pedro José Ferré- lo respaldaban.
Entonces, airadas voces surgieron del grupo más joven. La de Juan María Gutiérrez, el único nativo de Buenos Aires y uno de los dos autores del proyecto, para decir que si no había hábitos apropiados era la Constitución la que los debía crear; la del tucumano Salustiano Zavalía, que los cuarenta años de desórdenes provenían de la falta de Constitución; la del mendocino Martín Zapata, que la Constitución era un medio poderoso de pacificación; la del indignado Huergo (representaba a San Luis), que era un insulto que en el seno de la Convención, elevado sobre las ruinas de la dictadura, se volvieran a escuchar las palabras que Rosas escribió en su conocida carta a Quiroga; la del presbítero santiagueño Benjamín Lavaysse, que no podía creer que Zuviría quisiese sustituir la Constitución por una dictadura irresponsable.
El debate fue cerrado por el santafecino Juan Francisco Seguí, protagonista central del célebre cuadro, que manifestó que, de estar a las opiniones de Zuviría, sería necesario declarar que los argentinos eran incapaces de gobierno fundado en leyes y acreedores únicamente a ser dominados por la mano de hierro del despotismo.
El proyecto se aprobó. Días más tarde, el 1° de mayo, la Constitución fue sancionada y siete años después se clausuró el poder constituyente primigenio con la convención nacional ad hoc de 1860, que aceptó por aclamación las modificaciones realizadas previamente por Buenos Aires.
Hubo que afrontar nuevos atropellos, pero el balance histórico demostró que en aquella tempestuosa noche, transcurrida bajo la luz de mortecinos candiles, se había optado por el rumbo adecuado.
El complejo proceso constitucional resulta también una valiosa fuente de enseñanzas para salir de la severa crisis que padecemos.
¿Quién se podía imaginar que el autoritario gobernador de Entre Ríos se convertiría en la punta de lanza de una Constitución que afectaba a sus intereses personales? Una carta de Santiago Derqui, remitida al gobernador de Corrientes poco después de la sanción, refleja el asombro y la admiración del convencional y futuro presidente ante el cambio de actitud de Urquiza.
¿Había alguna posibilidad de que los hombres del Acuerdo de San Nicolás, con el pesado lastre que cargaban, fueran capaces de consolidar la tarea por ellos emprendida? ¿Y en cuanto a la meta? En este "suelo volcánico y siempre inflamable de la República Argentina" sólo un gobierno y una sociedad que acaten a rajatabla las leyes, "la Nación Argentina hecha ley", lo harán un lugar digno de ser habitado. En eso insistieron hasta el cansancio aquellos austeros y audaces hombres que hace ciento cincuenta años se congregaron en la ciudad de Santa Fe con el fin de darnos una Constitución.
La apuesta demandará ciertamente paciencia, tenacidad y coraje, y no estará exenta de sinsabores, pero como bien dijo Sarmiento, "la grandeza de los pueblos ha existido siempre en proporción de las dificultades que ha tenido que vencer".
Es hora de empezar.




