La tablita, la plata dulce y un futuro amargo

Jorge Oviedo
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19 de marzo de 2006  

En marzo de 1976, hacía dos años que el país estaba en recesión, había sufrido una sangría de reservas, había iniciado un peligroso incremento de la deuda para financiar el indomable déficit fiscal y estaba al borde de la hiperinflación.

La receta económica aplicada inicialmente puede resultar parecida a la actual: devaluación, dólar alto, incremento de los salarios nominales -pero siempre por detrás de la inflación-, preocupación por sostener el nivel de empleo (ajuste sin despidos) y acuerdos de precios.

En La Economía Política de la Argentina en el Siglo XX, Roberto Cortés Conde lo explica así: "La ilegítima irrupción de las Fuerzas Armadas en la vida política del país tuvo profundas y negativas consecuencias en la vida argentina. En la economía los resultados no fueron los mejores. Los intentos por ordenar el tremendo desorden creado por los fracasos sucesivos de la administración militar de 1966 a 1973 y los desbordes del trienio peronista y combatir la inflación, equilibrar la moneda, las finanzas y el sector externo para conducir al país por una vía de crecimiento terminaron en otro fracaso".

La gestión militar entregaría el poder más de siete años y medio después en medio de una cesación de pagos de deuda, con la inflación espiralizándose y sin que se hubiera logrado salir de la recesión que se había tornado en depresión y duraría, a pesar de algunos aparentes repuntes, hasta 1989.

El plan del ministro José Alfredo Martínez de Hoz fue anunciado el dos de abril. "En medio de la violencia y de los atentados terroristas desatados por grupos armados de extrema izquierda y derecha y la cruenta e ilegal represión con que se respondió -que ya venía del gobierno anterior- el nuevo régimen militar exigió a la conducción económica que no se afectaran los niveles de empleo porque temía que con desempleo se abriría un peligroso camino de agitación que podría volver a los trabajadores del lado de quienes se habían embarcado en la violencia política", señala Cortés Conde.

La devaluación inicial favoreció al sector agropecuario, que creció fuertemente por dos años y mejoró la balanza comercial. La actualización de las tarifas de los servicios públicos, entonces en manos del Estado, disminuyó el enorme déficit fiscal. En 1976 se firmó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que incluyó la creación de un mercado único y libre de cambios, como el actual.

El haber logrado evitar la hiperinflación, revertir la fuga de capitales y comenzar la recomposición de reservas fue considerado un éxitos tomando en cuenta el punto de partida. Pero sobre el final de 1976, la inflación comenzó a repuntar y se hizo una tregua de precios por 120 días que debía durar hasta junio, finalizada la cual comenzó otra escalada a la que se decidió atacar con medidas ortodoxas, frenando la expansión monetaria, el déficit y el crédito.

Esas medidas tuvieron un efecto pocas veces visto hasta entonces: que las tasas de interés fueran superiores a la inflación. Para Cortés Conde, allí comenzó el distanciamiento de los sectores empresariales con la línea económica. El historiador dice que muchos empresarios se habían acostumbrado a créditos con tasas inferiores a la inflación, que en la práctica eran un regalo o un subsidio. El encarecimiento de la tasa de interés -razona Cortés Conde- tuvo un fuerte impacto en la industria, que bajó la producción; en 1978 hubo recesión.

Para evitar la pérdida de competitividad empresaria apareció la famosa "tablita", es decir, una devaluación programada, gradual y conocida (crawling peg).

Como recuerda Juan Carlos De Pablo, en el mundo de entonces tener un gobierno militar era visto como un activo por los mercados, por lo que, en medio de una enorme liquidez internacional, a la administración no le resultó difícil financiarse con deuda.

Los capitales comenzaron a ingresar en dólares, compraban pesos, se colocaban en tasas de interés superiores a la inflación y mucho mayores que la devaluación, por lo que podían comprar poco tiempo después muchos más dólares y fugarse. Era la "bicicleta financiera" que convivió con un espectacular atraso cambiario, lo que creó la sensación de la "plata dulce".

Además, el sistema bancario había sido reformado, se permitía libertad de tasas y se mantenía la garantía de los depósitos a cargo del Banco Central. Era una fórmula para el desastre en un país que no pudo controlar el déficit.

En 1981 Martínez de Hoz abandonó la tablita y devaluó, poco antes de dejar el cargo al terminar la presidencia de Videla. El nuevo presidente, Robero Viola, y su ministro, Lorenzo Sigaut, debieron enfrentar mercados que estaban convencidos de que la devaluación seguiría. El ministro lanzó su frase tristemente recordada: "El que apueste al dólar perderá". Se desató una espiral hasta entonces inédita de devaluaciones seguidas por inflación.

Tras más de siete años de gobierno, quienes habían tomado el poder para poner orden en el país y rescatarlo del caos entregarían la administración a los civiles con un peligroso retorno de la inflación. En palabras de Cortés Conde: "La evolución del producto había sido frustrante. Un alza en 1977, baja en 1978, suba en 1979 y 1980 y luego se deslizó hacia abajo en 1981 y 1982. Era sólo un 2% mayor que el de 1976. Se agregaba un nuevo fracaso y continuaba la depresión".

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