
La utopía argentina: ¿potencia o impotencia?
En Réquiem por un país perdido , el escritor reúne sus artículos de una década sobre la Argentina y traza una cartografía singular acerca del apogeo y caída de una nación que parecía condenada al éxito
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¿Dónde está la Argentina? ¿En qué confín del mundo, centro del atlas, techo del universo? ¿La Argentina es una potencia o una impotencia, un destino o un desatino, el cuello del tercer mundo o el rabo del primero? ¿Hay un lugar para la Argentina, una orilla, un rinconcito donde acomodarla sin que a cada rato estén moviéndola el humor de sus gobernantes y la imaginación de sus legisladores? ¿O la Argentina está en ningún lugar y entonces los argentinos pertenecemos a nada, somos los únicos hijos legítimos de la utopía?
Siempre se creyó que la Argentina estaba en un sitio distinto del que le habían adjudicado la geografía, el azar o la historia. Pero nunca hubo un tal divorcio entre la realidad y los deseos como en estos últimos seis años. Ya en vísperas de la Revolución de Mayo de 1810 nos obsesionaba la grandeza. Lo que ahora nos obsesiona es el miedo a precipitarnos en la pequeñez. Para evitar ese derrumbe, nos repetimos una y otra vez: Somos grandes, estamos entre los grandes. La única lástima es que los grandes no se dan cuenta.
Hacia enero de 1811 Mariano Moreno completó su Plan de Operaciones ; en agosto de 1812 Vicente López y Planes escribió la canción patriótica que se convertiría en el himno nacional. Ambos textos canónicos dictaminan que la Argentina o las Provincias Unidas del Sur (como nos llamábamos entonces) tiene la misión de civilizar a los países hermanos, el destino de libertarlos y guiarlos, la obligación de protegerlos y servirles de ejemplo. Se empezaba así a forjar la idea de que en América había dos grandes naciones líderes, con riquezas equivalentes y futuros igualmente gloriosos: Estados Unidos al norte y la Argentina en el sur. "Estamos llamados a iniciar una nueva era", escribía Juan Bautista Alberdi en 1838. Y después Sarmiento, Mitre, Martí, Roca, Darío: todos se sumaron al coro, todos esperaban que la grandeza se manifestara de un momento a otro. ¿Dónde estábamos entonces, en qué lugar? Eramos un inagotable cuerno de la abundancia: los ganados y las mieses se nos derramaban por los costados.
Hacia 1928, las estadísticas señalaban que la Argentina era superior a Francia en número de automóviles y a Japón en líneas de teléfonos. Quince años más tarde, un periodista norteamericano vaticinaba que, al entrar en la posguerra, el poderío industrial argentino sería el cuarto del mundo. Algo estaba andando mal desde mucho antes, sin embargo. A fines de 1924, en un discurso que celebraba el centenario de la batalla de Ayacucho, Leopoldo Lugones exigió a nuestros "últimos aristócratas" (créase o no, hablaba de los jefes militares) que, espada en mano, ejercieran su "derecho de mejores", con la ley o sin ella, y emprendieran otra vez cruzadas purificadoras en pro del "orden nuevo". La Argentina debía ponerse a la vanguardia de esas huestes implacables.
Un cuarto de siglo más tarde, Perón descubrió que no hacía falta arriesgarse tanto. Inventó "la tercera posición" y propuso que, desde ese no lugar, fuéramos el fiel de la balanza entre el capitalismo y el comunismo. Nadie nos hizo caso, tal vez porque las apariencias no nos ayudaban. Aquéllos eran los tiempos en que comíamos un pan gris, de ceniza.
A mediados de 1960, al general Juan Carlos Onganía se le dio por convertir a la Argentina en un modesto Reich de cien años. Se veía a sí mismo cabalgando en la montura de ese Reich, con el sable en alto. Por aquella misma época, algunos generales "azules" publicaban lujosos galimatías que profetizaban -de nuevo- la inminencia de una tercera guerra en la que asumiríamos el liderazgo de América latina. No hubo tercera guerra, como se sabe, y al liderazo lo malgastamos en inservibles presupuestos militares.
Una década más tarde, José López Rega quiso construir la Argentina Potencia con las emboscadas asesinas de la Triple A. Luego, los comandantes de la dictadura se empeñaron en ganar la misma inexistente guerra mundial robando niños y asaltando casas. El mal que aquejaba a la Argentina no era ya la extensión, como se dice en el primer capítulo del Facundo . Era el delirio de grandeza. Leopoldo Fortunato Galtieri embriagó al país entero con la ilusión de que estábamos derrotando a las mayores fuerzas navales del planeta. Alfonsín soñó con erigir una Nueva Jerusalén en Viedma. Más inefable aún, Menem se ofreció para mediar en las guerras del Cercano Oriente y nos convirtió en socios carnales, hermanos de sangre, gemelos y pares del primer mundo, lugar donde todavía estamos. ¿O dónde estamos? Pertenecer a lugares a los que sólo nosotros creemos pertenecer; imaginarnos en posiciones equivocadas de poder; suponernos árbitros, mediadores, falsos influyentes en pleitos a los que no hemos sido invitados, es la antigua maldición argentina, el signo inequívoco de un destino descolocado. Si uno se pone a pensar cuáles son los rasgos distintivos de los países del primer mundo, descubre que -a grandes rasgos- en todos ellos hay seguros de desempleo, escasa mendicidad, y, trenes. Sobre todo trenes. Los trenes (más que cualquier otro medio de transporte) son el termómetro de cuándo un país anda bien y cuándo no. Vaya a saber por qué, pero la modernidad se mide a través de vagones puntuales, frecuentes y limpios, como lo descubrieron los alemanes del este cuando se cayó el Muro y pudieron viajar, deslumbrados, en la segunda clase del expreso Frankfurt-Hamburgo.
Mucha de la infelicidad argentina nace de una lección que la realidad siempre contradice. Se nos enseña que somos grandes y a cada rato tropezamos con la pequeñez. La civilización que hemos predicado está marcada por golpes de barbarie. Al país que debía ser líder de América latina no lo benefician las estadísticas. El ingreso per cápita es inferior no sólo a los de México y Brasil sino a los de naciones más pequeñas como Uruguay y Venezuela. Se nos dice que estamos a la cabeza pero a duras penas arañamos la mitad del pelotón. ¿Cuál es nuestro lugar, entonces? Nunca le será fácil alcanzar la dicha a un país que siempre cree tener menos de lo que merece y que desde hace décadas viene imaginando que es más de lo que es. "¿Cómo se vive allá, en América latina?", me preguntaba un amigo cuando volví del exilio. Pocas veces sentí, como en ese momento, que estábamos en ninguna parte: ni en el continente al que pertenecíamos por afinidad geográfica ni en la Europa a la que creíamos pertenecer por razones de destino. Estamos, como quien dice, en el aire. Lo peor es que cuando tengamos que bajar, ya no sabremos a dónde.
Mitos pasados y mitos por venir
(...) Los fundadores del relato nacional trataron de educar a la posteridad a través de héroes ejemplares, que sacrificaban sus vidas por una patria ideal. En las alegorías de Mitre, Belgrano era la Pureza, San Martín el Desinterés, Moreno la Pasión, Florencio Varela el Lirismo, Gregorio Funes la Erudición. Los propios creadores de esos mitos fueron, a su turno, convertidos en símbolos: Mitre es el padre de los Documentos y de la Historiografía, Sarmiento el de la Educación y el del Sacrificio. Más imaginativo, el siglo XX dejó tras sí grandes escritores ciegos que remedan el infortunio de Homero, héroes idealistas caídos en plena juventud (como Evita y el Che), astros de fútbol indisciplinados (como José Moreno y el reiterado Maradona), cantores de tango que mejoran con la muerte, como Carlos Gardel y Roberto Goyeneche. Y también un par de pesadillas terribles, superiores a las que Sarmiento adjudicó a Juan Manuel de Rosas: la pesadilla de un.cabo de policía con delirios ocultistas que dominó la vida y la muerte del país durante once meses eternos; la de una infinita red de campos de muerte, donde los verdugos obligaban a las víctimas a que les escribieran los discursos y los artículos de propaganda para la prensa antes de enterrarlos en fosas sin nombre o de arrojarlos al mar.
El siglo XXI promete ser más concreto. Por ahora, sólo un mito abstracto se perfila con fuerza: el Dinero, valor absoluto que gana elecciones y logra el milagro de convertir en peronistas a los empresarios y a los aristócratas, algo que hubiera desconcertado a Evita y tal vez a Perón. El Dinero ha encontrado encarnaciones grises pero estridentes, que defienden valores como la Eficiencia, la Estabilidad, el Cierre de los Números, el Darwinismo Social. ¿Habrá que imaginar, entonces, una Argentina del siglo XXI en el que, desaparecidas las industrias nacionales, abandonado el campo, privatizados los cordones de las veredas, sólo nos rijan la Especulación y un Orden en el que los ricos (invirtiendo el célebre apotegma de Perón) serán cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres?






