
La verdad acorralada
Por Carlos A. Manfroni Para LA NACION
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Ya terminó el corralito de las cuentas bancarias, pero eso no significa que los argentinos no estemos acorralados.
Estamos acorralados en el sentido literal de la expresión, es decir, encerrados dentro de estrechos límites, en prisión domiciliaria, rodeados de prevenciones, mientras la delincuencia goza de una impunidad jamás vista.
La movilidad es difícil en todo sentido. Los piquetes cortan diariamente calles, rutas y avenidas. No sólo lo hacen contra las autoridades, sino a la vista y amparo de las autoridades.
No se trata de la ley de la selva, según la cual cada cual se defiende como puede, librado a sus propios recursos. En la Argentina hay algo peor: hay un Estado que nos sujeta las manos por detrás para que la delincuencia nos golpee en la cara.
Matar es delito, robar es delito, destruir la propiedad pública y privada es delito, cortar calles es delito y tolerar el delito, desde ciertas posiciones, es delito. En cualquier país, estas cosas no se dicen por obvias. En la Argentina, no se dicen bajo amenaza de anatema.
He aquí el peor de los corrales, que no es el corral del dinero y ni siquiera el de la libertad física, sino el corral para el pensamiento y la expresión.
Lo mismo que en el célebre cuento de Andersen sobre un par de estafadores que simularon tejer para el rey un traje que sólo sería invisible para los tontos, nadie se atreve a decir la verdad más obvia: que el traje no existe y que el rey está desnudo.
El principio de autoridad está desnudo y expuesto a la vergüenza pública.
Para una sociedad narcisista al extremo, como la nuestra, pasar por tonto aparece como algo terrible, pero reclamar autoridad puede llegar a ser algo peor en nuestros días.
De acuerdo con los parámetros de comunicación que maneja la Argentina de hoy, cualquier moción de orden resulta antiestética, insensible, autoritaria.
Existe algo así como una lista tácita de palabras que suenan bien y de otras que suenan mal ante los micrófonos y las cámaras, y orden no figura precisamente entre las expresiones aprobadas.
De tal modo, las declaraciones de toda procedencia van amoldándose a la "estética" de la aprobación. Ciertas cosas dan cámara y ciertas cosas restan cámara. Todos sabemos cuáles son las unas y cuáles las otras. Nadie nos gana en el deporte de la vanidad y, paradójicamente, el discurso se va así uniformando para ajustarse al modelo aceptable.
El escritor rumano Eugéne Ionesco, por medio del teatro del absurdo, muestra cómo, ante el avance del nazismo en Europa, todos empiezan a convertirse en rinocerontes y la sociedad se vuelve gris y uniforme.
La Argentina es un teatro del absurdo. Lo es desde hace mucho tiempo y por diferentes motivos. Algunos de esos motivos son señalados profusamente, pero otros se silencian, como el complejo que nos lleva a aceptar que la libertad sea considerada como sinónimo de anarquía y destrucción.
Lo que sucede hoy en la calle no puede extrañarnos. Hace años que hemos consentido que los edificios de nuestras universidades -encargadas de la búsqueda de la verdad y pagadas con el impuesto de nuestros propios plomeros y zapateros- hayan sido convertidos en poco menos que chiqueros, en nombre de la libertad. Todo se simplifica y las distinciones más elementales suenan demasiado sutiles para ser populares.
Crímenes y pecados
Hoy el hambre se agrega a este drama y, una vez más, hemos caído en la tentación de creer, o de hacer como que creemos, que la gravedad de las circunstancias todo lo justifica.
"No hay crímenes y por consiguiente no hay pecados... sólo hay hambrientos", es el juicio que Dostoievski pone en boca de uno de sus personajes para mostrar cómo el hambre puede ser utilizada para borrar toda distinción entre el bien y el mal.
La reconstrucción de la Argentina va a requerir una adhesión firme de toda la comunidad a la verdad, a la verdad completa, a la verdad en debate pero sin prejuicios ideológicos, a la verdad aunque no convenga, a la verdad aunque parezca impopular o "políticamente incorrecta". Los países que se han hecho grandes tienen a la verdad como el centro de su vida social y de sus leyes. Primero se comprometieron con la verdad y su orden y virtudes consecuentes; después salieron de sus crisis, y no al revés.
En mayo de 1984, poco antes de ser asesinado por el régimen comunista del general Jaruzelski, el padre Jerzy Popieluszko, capellán del sindicato Solidaridad, sostuvo en una homilía que Polonia podía liberarse si la gente perdía el miedo a decir la verdad. La verdad debe costar -decía entonces Popieluszko a sus compatriotas- porque "la verdad que no cuesta nada es una mentira".





