
La vida privada de un hombre público
Por Julio Crespo
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En medio del clima de histeria que predomina en Washington en estos días, docenas de empleados del Capitolio trabajan fuera de hora para dejar listas las 2800 páginas de documentos relativos al affaire de Bill Clinton con Monica Lewinsky. Después de días de discusiones encarnizadas, que borraron toda idea de colaboración bipartidaria, la Comisión de Justicia de la Cámara de Representantes decidió dar a publicidad mañana, lunes, todas las evidencias aportadas por el fiscal Kenneth Starr en su informe, así como el video del testimonio del presidente ante el alto tribunal, en el que Clinton, bajo el juramento de decir la verdad, negó haber tenido una relación sexual con la ex pasante de la Casa Blanca.
Anunciada en la tarde del viernes, la decisión de apresurar las revelaciones fue adoptada a pesar de que, según los resultados de una amplia encuesta conducida por CBSNews, una contundente mayoría del público se mostraba en contra de la publicación de ese material. El 70 por ciento de las personas consultadas se manifestó en desacuerdo con la difusión del video y el 59 % se opuso también a que se diera publicidad a la totalidad del informe de Starr.
Si se tiene en cuenta que hoy, a 25 años de la renuncia de Richard Nixon todavía no se han dado a conocer todas las evidencias que fueron presentadas en su contra para iniciar el juicio político, y que en su momento, la Comisión de Justicia decidió que se difundirían solamente los materiales considerados pertinentes a los cargos contra el presidente, resulta aún más llamativo este nuevo afán por hacer públicos todos los detalles, aun los más sórdidos y los más triviales de las faltas de que se acusa a Clinton.
Política y pornografía
También llama la atención que entre los que insisten con más encono en exponer sin tapujos ni atenuantes las indiscreciones del presidente figuran militantes de la Coalición Cristiana, los mismos que denuncian el veneno de la pornografía. Como pornografía es justamente la descripción descarnada de actividades sexuales, resulta que están promoviendo exactamente lo que dicen combatir. Pero esto es sólo una contradicción más en medio de un verdadero mar de rarezas. ¿Quién hubiera podido anticipar que el mundo entero iba a estar pendiente de lo que se discute en el Capitolio no acerca de un serio problema internacional sino sobre las intimidades de un hombre público?
En momentos en que las acusaciones contra el presidente desataron una contraofensiva en la que se sacan a relucir intimidades de legisladores y episodios ocurridos hace varias décadas, ya nadie en Washington parece sentirse tranquilo con respecto a la independencia de sus acciones privadas.
Esas intimidades son ahora el centro de una batalla política cuyo botín es la opinión del electorado. El presidente ya no puede defender la veracidad de sus declaraciones cuando negó el carácter sexual de su relación con Monica Lewinsky. Pero aun así, la mayoría del público, que condena su actitud, está en contra de que abandone su cargo. Por eso los republicanos quieren que continúe la difusión de evidencias _que no son más que reiteraciones, con mayores detalles, de lo que ya se sabe_ hasta que la situación de Clinton resulte insostenible.
El argumento para justificar el nuevo aluvión de información sexual es que el jurado debe tener acceso a todas las evidencias, y el jurado en este caso _dicen los republicanos_ no es el Congreso, sino el pueblo norteamericano. El objetivo es lograr que la andanada de detalles y las imágenes que muestran las argucias legales del presidente en su testimonio ante el gran jurado terminen por modificar la opinión pública.
Pero la opinión pública puede modificarse en más de un sentido, y hoy los analistas se preguntan si un operativo que apunta a debilitar al presidente y a precipitar su alejamiento no terminará por dañar la imagen del Congreso y la de los tribunales independientes.
Después de seis años de investigación, a un costo de cuarenta millones de dólares, los fiscales no pudieron levantar ningún cargo contra el presidente en relación con las operaciones financieras en Arkansas, que fueron su primer objetivo, ni con las acusaciones de acoso sexual de Paula Jones. Toda la evidencia acumulada ahora se refiere a una acusación de perjurio en relación con un hecho que no constituye en sí mismo un delito.
La desconfianza del público
Y en el ánimo de muchos norteamericanos la decepción con respecto a la credibilidad del presidente puede pesar menos que la desconfianza y el temor frente a una cultura inquisitorial que parece haber ganado terreno. Y también frente a la intransigencia de cierta oposición a Clinton cuyos efectos se vieron dos años atrás cuando las exigencias de los republicanos en cuanto ajuste del presupuesto desembocaron en el cierre temporario de oficinas federales y la consecuente pérdida de días de trabajo.
En la inminencia de las elecciones de noviembre próximo, para renovar la Cámara de Representantes, parte del Senado y algunas gobernaciones, estos factores pueden gravitar sobre el público de una manera que resulta difícil anticipar. No se trata de situaciones bien definidas, como el miedo a la inflación y a la debilidad frente a enemigos externos que facilitó el triunfo de Ronald Reagan o la recesión que determinó la derrota de George Bush.
Los norteamericanos enfrentan un indeseable dilema, entre un presidente que ha perdido autoridad moral y una oposición cuyos métodos desagradan y cuyos objetivos inspiran desconfianza.





