La violencia de los 70 no tiene nada de positivo

Facundo Suárez Lastra
Facundo Suárez Lastra PARA LA NACION
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26 de septiembre de 2019  • 18:29

Las declaraciones del exdirector de la Biblioteca Nacional, Horacio González, en el sentido de reescribir nuestra historia con "una valoración positiva" de la guerrilla de los años 70, nos invitan a una reflexión.

En un país en que tenemos que revertir las cosas que se hacen mal desde hace años, que tenemos los peores registros de crecimiento, de inflación y pobreza de toda nuestra región, esto no parece una prioridad, ni siquiera es interesante.

Frente a una elección inminente, tal vez la más importante luego de 1983, está pendiente un debate profundo y esclarecedor acerca de cuáles son los caminos para superar la pobreza, bajar la inflación y lograr el progreso y bienestar de nuestro pueblo. En cambio, se nos invita a un debate que más que revisar el pasado sugiere la falta total de ideas y propuestas para superar la decadencia.

Los que acompañaron al gobierno que más apoyo político tuviera, con mayoría en ambas cámaras del Congreso, con doce años contínuos de ejercicio de poder y la mejores condiciones económicas internacionales para resolver los problemas de los argentinos; que multiplicaron por la inflación por diez; que dejaron un 30% de pobreza; cuatro años sin generación de empleo en el sector productivo; la matriz energética destruida; las reservas agotadas y la corrupción mas generalizada y sistemática llevada adelante por gente a la que todavía se le reconoce liderazgo sin cuestionar las evidentes faltas de integridad, nos proponen que es hora de enfocarnos en los años setenta.

Como parte de una generación de jóvenes que en los setenta abrazamos la lucha política contra la dictadura con una perspectiva democrática, cuestionando enérgicamente la violencia no solo por convicciones morales sino porque entendíamos que la violencia dejaba la política en manos de minorías de un lado y del otro y la alejaba de la participación popular no puedo tener una visión positiva de lo que fue no solo un error político sino una tragedia, sobre la que se montó otra tragedia, la peor: el terrorismo de estado.

Muchos militantes a quienes conocimos y con los que debatimos fuertemente, fueron asesinados o cayeron en combate.

Dos acciones de la conducción de Montoneros la dejan a mi juicio totalmente descalificada para imaginar siquiera el acercamiento a una "valoración positiva".

La primera fue el "paso a la clandestinidad". Una organización de cuadros y de masas como era Montoneros, dejó a miles de militantes de superficie sin ninguna estructura defensiva ni experiencia expuestos al exterminio mientras los más organizados militarmente se cubrían en la clandestinidad. Es importante y necesario recordar que esto fue durante un gobierno peronista y que también el asesinato de Rucci, entre otros actos de terrorismo, fueron cometidos durante un gobierno constitucional al que paradójicamente habían votado.

La segunda fue la "contraofensiva" ordenada, en plena dictadura por los jefes desde el exterior, cuando sus fuerzas aquí estaban diezmadas y no tenían ninguna posibilidad de salir vistoriosas. Recorriendo los murales del Parque de la Memoria en Costanera Norte, al ver las fechas de las muertes y la edad de los caídos, recordé una conversación que tuve con quien había sido un importante dirigente estudiantil de la Juventud Universitaria Peronista. Me dijo con una sinceridad y nobleza que siempre tendré presente que lo que más lo afligía y atormentaba era sentirse responsable de la muerte de tantos jóvenes.

No podemos tener una valoración positiva cuando la dirigencia de las organizaciones armadas de entonces no hizo una autocrítica del método ni demostró ninguna contrición personal. Nunca hicieron público el arrepentimiento por haber conducido a miles de jóvenes a la muerte.

Los argentinos aprendimos de aquella década sangrienta, que la violencia no es el camino.

El terrorismo y la violencia armada no tienen aspectos que puedan considerarse como positivos y dignos de ser revindicados. En todo caso, sí juzgados. Y eso ya lo hicimos con la impronta que le dio el presidente Alfonsín en los primeros días de la recuperación de la democracia. Ese era el tiempo. Eso es lo que hicimos.

Carece de toda sensatez traer hoy a la discusión pública este tema, se nos propone reescribir el pasado cuando la prioridad es con buenas políticas en el presente, escribir un futuro próspero en el que tengamos más y mejor democracia y república.

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