
La vocación diplomática
Por Albino Gómez Para LA NACION
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La diplomacia es una profesión que requiere gran pasión y que, fundamentalmente, exige tener la firme decisión y la vocación de estar dispuesto a representar los intereses nacionales en el exterior.
Además, la carrera diplomática presenta un componente muy especial porque su práctica, como es obvio, no sólo se cumple dentro del país, sino en el exterior, experiencia que puede ser muy determinante, pero no siempre grata. Sería muy útil que quienes sienten inclinación por intentar esta carrera supieran a ciencia cierta si cuentan con la capacidad necesaria para aprovechar todo el enriquecimiento que los viajes pueden brindar, sin que un exceso de nostalgia por el país que se ha dejado llegue a bloquearlos.
Se trata de una actividad que afecta a toda la vida personal, familiar, social y cultural. En caso de que el funcionario diplomático sea casado, surgen también interrogantes vinculados con la capacidad de su pareja para vivir en el exterior. También es complejo el problema que se plantea con respecto a los hijos: trasladarlos de un destino a otro o volver a salir de Buenos Aires puede implicar serios conflictos.
Lo que un aspirante a diplomático debe tener, antes que nada, es un interés genuino por las relaciones internacionales. Pero como dicho interés podría ser satisfecho en el ámbito académico, la decisión de desarrollarlo en el Servicio Exterior de la Nación ha de surgir de la voluntad de cumplirlo en beneficio del país desde el Estado.
Acerca del servicio exterior hay muchos mitos, fantasías y juicios carentes de validez, generalmente por estar fundados en lo que podría ser la vidriera de las embajadas.
No suele percibirse la permanente tensión entre el mundo en el que hay que actuar y las posibilidades que otorga la realidad política, económica, social y cultural del propio país, más la voluntad circunstancial de la Cancillería. Porque si la percepción personal de un diplomático no coincide con la de la administración de turno, lo único que puede salvarlo es el humor, la templanza y la paciencia. Cualquier voluntarismo que lo condujera a ir más allá de las posibilidades que la propia Cancillería le permite lo transformaría en algo así como un falso influyente.
Desde la calle se tiene la creencia de que la vida diplomática es una suerte de turismo de lujo, cuya actividad se cierra cada día con un cóctel o una comida. No se considera la gran diferencia que existe entre asistir a cierto tipo de actos o recepciones a título personal, sin otro interés que el pasatiempo social, y el hacerlo profesionalmente, para encontrarse con cierta gente y dar o recibir información.
Por propia experiencia, puedo afirmar que hay muchos elementos comunes entre la diplomacia y el periodismo, dado que ambas actividades demandan el constante análisis de realidades y situaciones. Por supuesto, el periodista goza de mayor libertad de expresión, está menos acotado en sus movimientos y mucho menos atado a formalidades. Al igual que un diplomático, el periodista no viaja turísticamente ni participa de ciertos actos de una manera ingenua o puramente social. Los diplomáticos y los periodistas, salvo en familia o con amigos, están siempre en funciones, porque ambos han elegido un trabajo de tiempo completo, y hasta más que eso.
También es necesario recordar que París, Londres, Nueva York, Roma y Madrid no son los únicos destinos posibles. Hay decenas de embajadas y consulados en todos los continentes, y un funcionario del servicio exterior tiene que estar dispuesto a desempeñar su tarea en cualquiera de ellos, así fuera en el lugar más remoto de la Tierra. Por otro lado, lo que tal vez se ignora es que los destinos en los países limítrofes son los más importantes.
Es insoslayable, asimismo, la importancia que tiene la labor consular, mucho menos conocida que la que se realiza en las embajadas o en las representaciones ante los organismos internacionales. Hace ya muchos años, siendo un joven cónsul adjunto a cargo de la sección Argentinos, en el Consulado General en Montevideo, todos los días volvía a mi casa con la enorme satisfacción de haber podido resolver gran cantidad de problemas personales y de situaciones conflictivas de ciudadanos argentinos. El trabajo en las embajadas no le otorga al funcionario ese resultado diario que se logra a través de la labor consular.
Desde hace varias décadas, gracias a la creación del Instituto del Servicio Exterior de la Nación, por decisión del entonces canciller Carlos Manuel Muñiz, el Cuerpo Permanente del Servicio Exterior de la Nación está dotado de un plantel con capacitación profesional ejemplar para la administración pública. Sin embargo, su eficacia plena depende en gran medida del buen aprovechamiento que de sus virtudes haga uso la administración de turno. Para ello, lo que se debería privilegiar es el cumplimiento estricto de la ley del servicio exterior, sin dar lugar a ninguna excepción. Si no se parte de este punto básico, será imposible tener una verdadera carrera diplomática.





