
Lacio vs. rizado: otro modo del conflicto racial
Cuando hoy por la noche se entreguen los premios Oscar, por la alfombra roja desfilarán los actores y actrices nominados vestidos y peinados tal como lo planearon y acordaron con meses de anticipación sus representantes, asesores de imagen, diseñadores de grandes casas de moda, joyerías de la place Vendôme, de via Condotti, firmas de belleza y peinadores. Este año, habrá actrices negras, por ejemplo Naomi Harris, nominada como actriz de reparto por Luz de luna (mi película favorita de este año). Vaya a saber uno cómo se peinarán en esta oportunidad. De todos modos, a la mayoría de las actrices negras, incluida Naomi Harris, se las ve en fotografías con el pelo alisado, "planchado", en definitiva, lacio, más allá de que reclamen por la integración racial y los derechos a la igualdad, que abarcan por supuesto el derecho de llevar el pelo como se les ocurra. A la mayoría, se les ocurre lacio.
El tema del pelo ha sido y es un punto de conflicto en la comunidad negra de Estados Unidos, particularmente en Hollywood, porque tradicionalmente (todo el siglo XX y lo que va del XXI) para un negro es más fácil abrirse camino en una corporación y en el mundo del espectáculo si la piel es lo más clara posible (pensemos en Obama), si los rasgos han sido corregidos para que se parezcan a los de los blancos y si el pelo es lacio.
En 2009, el cómico y director de cine Chris Rock filmó el documental Good Hair (premiado en Sundance), sobre lo que los negros, incluida su pequeña hija de cinco años, consideraba "buen pelo", es decir, el pelo lacio. Entre los datos de su investigación, figuraba la suma que producía el alisamiento capilar en Estados Unidos: nueve mil millones de dólares. Hoy, quizás haya aumentado. En 2010, la editora Nicole Moore compiló poemas y ensayos de distintas escritoras negras en el libro Hair Power Skin Revolution ("La revolución del poder de la piel y el pelo") en el que las autoras, después de años de haberse sometido al "planchado", cuentan que volvieron a sus raíces, y aparecen en fotografías con su pelo rizado.
Hoy, muchos negros, quizá no la mayoría de los negros de Hollywood, reivindican su color de piel y su pelo ensortijado y los han convertido en una causa política. Sin embargo, el "planchado" hizo mucho a principios del siglo XX para lograr que los negros fueran tolerados y se infiltraran de a poco en los espacios y en los empleos reservados a los blancos. Los mismos negros se jerarquizaban de acuerdo con los criterios de los blancos. Quienes tenían un tinte de piel muy oscuro sufrían el rechazo y el desprecio de los negros de piel clara. En la primera década del siglo XX, Madam C. J. Walker, una ex lavadora de ropa, que había descubierto una fórmula "mágica" para planchar el pelo, comenzó a vender su producto puerta a puerta. Madam Walker, como se hacía llamar, tenía un agudo sentido de los negocios y en poco tiempo levantó un imperio de belleza, basado sobre todo en la milagrosa loción. Se convirtió en una multimillonaria, en la ciudadana negra más rica de Estados Unidos. En sus establecimientos se enseñaba también la actitud que debía acompañar la nueva identidad capilar de la clienta. Se le daban lecciones de vida que llevaban no sólo a superar la situación racial, sino también de género. C. J. Walker predicaba la independencia económica de los hombres. Las negras debían levantar sus propias empresas o crearse una actividad independiente que les asegurara trabajo propio.
Madam C. J. Walker murió repentinamente en 1919 y su inmensa fortuna la heredó su hija A'Lelia, que no tenía ningún sentido de los negocios, pero que sabía gastar el dinero con mucho estilo. En la villa italiana que su madre había levantado a orillas del Hudson recibía a las celebridades de todas las razas. Su salón se convirtió en el más cotizado de la ciudad. Por allí pasaban los mejores cantantes y conjuntos de jazz, además de las damas más empinadas y esnobs de las familias blancas, los duques rusos, los Rothschilds ingleses, las princesas francesas, los reyes y príncipes destronados y, en secreto, los de las dinastías reinantes. A'Lelila los recibía, cambiaba unas pocas palabras con ellos y se iba a su recibidor íntimo, donde estaban los amigos de verdad.






