
Las aulas container, ¿son de derecha?
Los dilemas que enfrenta la educación argentina no son ideológicos sino conceptuales y técnicos
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¿Aporta algo central al debate educativo el argumento que identifica las ya famosas aulas container que el macrismo propuso como solución a la falta de vacantes en los jardines y escuelas públicas de la Ciudad de Buenos Aires con un ataque calculado a la escuela pública por parte de una supuesta clase política privatizadora y de derecha? La evidencia y la realidad ponen en duda esa identificación.
Mauricio Macri y el Pro no gobiernan la ciudad de Toronto, en Ontario, Canadá pero, raro, allí también proliferan las aulas container. En Canadá y Estados Unidos se las llama portables.
Viví cuatro años en Toronto. En 2010, mi hijo, que por entonces estaba en tercer grado de la escuela pública de Toronto, fue a clase de música en el único portable que ese año aterrizó en el patio de su escuela, la Kimberley Jr. Public School, una escuela pública impecable en un barrio encantador de clase media a diez cuadras del lago Ontario. La cancha de básquet del patio amplio quedó anulada para siempre.
Nadie podría argumentar que se trata de un boicot silenciado pero contundente a la educación pública pergeñado por un gobierno de derecha
Hoy escribo esta columna desde Toronto, en donde estoy de visita. Cuatro años después de aquel primer portable en Kimberley, los portables de la maravillosa escuela pública de mi hijo pasaron de uno...a tres.
El paisaje escolar de Toronto está cambiado: proliferan los portables en los patios amplios y verdes como canchas de fútbol de la educación pública de Toronto. Y no sólo en esta ciudad: también en toda la provincia de Ontario.
Nadie podría argumentar que se trata de un boicot silenciado pero contundente a la educación pública pergeñado por un gobierno de derecha que busca el golpe final a la escuela pública.
No: Ontario está gobernada desde hace años por el Partido Liberal, que en Canadá quiere decir el progresismo de centro izquierda. Sí, los buenos, los que jamás permitirían que la educación pública perdiera un palmo en la batalla educativa.
Canadá, un país con un estado fuerte que puede ser la envidia de cualquier partido popular y más o menos de izquierda argentino, además tiene uno de los mejores sistemas educativos del mundo occidental y uno de los sistemas públicos más fornidos: sólo el 8 por ciento de la población va a escuela privada, nada si se lo compara con la Argentina, donde cerca del 33 por ciento de la población va a escuela privada.
¿Por qué portables entonces? Detrás de un aula container siempre hay un problema que requiere medidas urgentes: la falta de vacantes, problema perentorio que demanda tiempo o recursos con los que no se cuenta.
Ontario, por ejemplo, inicia en septiembre de este año el último año de un plan de cinco lanzado en 2010 en el que estableció la obligatoriedad del jardín de infantes de doble jornada desde la sala de 3 años. La decisión demandó en sus dos primeros años de lanzamiento una inversión de unos 2500 millones de dólares canadienses destinados, sobre todo, a contratar maestros y construir aulas, muchas de ellas, portables.
Un crecimiento no planificado de la demanda educativa también puede conducir a la proliferación de portables. El interés de la comunidad afroamericana de Toronto, por ejemplo, por la primera y única escuela especial para esa comunidad superó las expectativas al año de su funcionamiento y debieron sumarse portables.
Los argumentos que hegemonizan en Canadá los reparos a las aulas móviles son prácticos, no ideológicos
O los movimientos del mercado inmobiliario que acompañan la movilidad social dentro de una ciudad también vienen produciendo en Toronto crecimientos inesperados de la demanda escolar: Upper Beaches, mi barrio en Toronto, es cada vez más el destino buscado por familias en plena construcción, con hijos chicos. Las escuelas del barrio deben recurrir a portables.
Es bueno aclararlo: tanto en Canadá como en los Estados Unidos la comunidad educativa no ve con buenos ojos a los portables. Con las aulas container llegan problemas nuevos.
Porque hay que decirlo, el aula container no es un celda inhóspita pero tampoco es una casa de muñecas confortable y cálida, como algunos intentaron mostrar desde el Pro.
He estado en un portable de los de Canadá lleno de chicos y las voces duelen en el oído como el golpeteo de una pelota de básquet que rebota en un piso de granito.
Lo interesante es que los argumentos que hegemonizan en Canadá los reparos a las aulas móviles van por ese lado: son argumentos prácticos, no ideológicos. El riesgo no es el avance de la derecha privatizadora. El gran peligro es el avance de...el moho, el ruido, el calor intenso, el frío intenso.
En cambio, en la Argentina, la polémica por las aulas container encontró su matriz en una simplificación ideológica de derecha privatizadora versus izquierda defensora de lo público y en la demonización de una solución práctica, de urgencia, temporaria e imperfecta, pero solución al fin: ningún chico se quedaba así sin empezar las clases en la escuela de su conveniencia.
Los principales gremios docentes resistieron la medida en la que creyeron entrever la inminencia de "vaciamiento", "privatización" y "desgüase" de la escuela pública. Los padres más comprometidos y combativos también llamaron a la "resistencia": hubo pies en el cemento fresco para impedir la construcción de un aula container, hubo abrazos de padres, alumnos y sindicalistas en torno a sus escuelas públicas en demostración de repudio a la llegada de las aulas container. Buena parte de la oposición política en la Ciudad también tomó distancia de la solución de emergencia. La justicia también intervino y el juez Roberto Gallardo prohibió literalmente las aulas container y argumentó que representaban "un riesgo inaceptable para los menores". En febrero, por videoconferencia desde la Casa Rosada, la presidenta Cristina Kirchner chicaneó con sutileza al macrismo y dijo: "Nosotros construimos escuelas, no containers".
Lo que queda en evidencia es que detrás del problema de las aulas container y de la falta de vacantes hay problemas centrales de la educación argentina que incluyen y exceden a la Ciudad de Buenos Aires
Me importa aclararlo: no estoy diciendo que la gestión de Mauricio Macri y su hombre en Educación, Esteban Bullrich, no deban rendir cuentas. Hay preguntas pendientes acerca de por qué la Ciudad de Buenos Aires no fue capaz de anticipar un crecimiento de la demanda de escuela pública, sobre todo en el nivel inicial. O por qué la inversión en infraestructura escolar creció entre 2007 y 2011, durante la gestión del macrismo pero no tanto como entre 2003 y 2007, según cifras de Chequeado.com, aún cuando el mismo Macri había previsto la emergencia edilicia ni bien asumió en la Ciudad.
Pero hay otras preguntas relacionadas con el aumento de la demanda de vacantes y de matrícula en CABA que merecerían pensarse. Por ejemplo, la hipótesis que manejan algunos especialistas según la cual el aumento de la matrícula de escuela pública que registró la Ciudad se debe al éxodo de alumnos de la provincia de Buenos Aires que buscan garantías de escuela pública libre de paros. Para eso, los padres en muchos casos dan sus domicilios de trabajo en CABA o directamente, se las ingenian para demostrar residencias ficticias en la Ciudad de Buenos Aires.
Lo que queda en evidencia es que detrás del problema de las aulas container y de la falta de vacantes en CABA hay problemas centrales de la educación argentina que incluyen y exceden a la Ciudad de Buenos Aires. Por eso mi cuestionamiento es que el marketing del "enemigo de la escuela pública" impulsado desde los sectores que militan con más entusiasmo en los debates sobre educación impidieron un análisis desapasionado y racional del tema.
La indignación ideologizada que divide al mundo en derecha e izquierda nos hace perder tiempo y oportunidad de comprensión de los problemas.
Los dilemas que enfrenta la educación argentina no son ideológicos sino conceptuales y técnicos. Nos merecemos políticos, sindicalistas, docentes, especialistas y padres comprometidos con la educación capaces de un análisis racional, informado y preciso de los dilemas educativos. Menos eslogan y más argumentos que integren datos con apreciación clara de esos datos y comparaciones con otros sistemas educativos valiosos. Menos pasión, menos indignación y más racionalidad. Pasión política nos viene sobrando desde hace décadas. Y no nos está conduciendo a soluciones sostenibles y con futuro. Tampoco en educación.





