
Las brujas de Salem en Buenos Aires
EN mayo de 1692 varias jovencitas de la ciudad de Salem, próxima a Boston, se confesaron poseídas por el demonio por culpa de Tituba, una esclava caribeña que practicaba el vudú . Tituba y 150 mujeres fueron acusadas de brujería ante un tribunal en medio de una intensa conmoción popular. Bajo la tortura, se culparon unas a otras. Diez y nueve de ellas fueron ahorcadas. Hacia octubre, cuando los habitantes de Salem se habían calmado, un nuevo tribunal anuló los procesos y devolvió la libertad al resto de las acusadas.
En 1953, cuando arreciaba en los Estados Unidos la campaña del senador McCarthy que veía infiltrados comunistas por todas partes, el dramaturgo Arthur Miller escribió una obra de teatro de fuerte impacto sobre las brujas de Salem. Sospechado por el "macartismo" de subversivo comunista, Miller se defendió identificando lo que él veía como el fanatismo ideológico de su tiempo con el fanatismo religioso de Salem.
La moraleja de "las brujas de Salem" y de la histeria macartista es que, cuando una sociedad atraviesa una etapa de intensa perturbación, sale a la caza de presuntos culpables creyendo que, si los castiga, romperá el maleficio. Cuando la ejecución de una bruja no basta, los sacrificios continúan hasta que, habiendo vuelto la normalidad, los culpables son reivindicados como víctimas inocentes de la furia colectiva mientras la sociedad, avergonzada, vuelve a sus cabales.
Nuestras brujas
En esta Argentina perturbada, no ahorcamos a las brujas. Pero las cazamos. Uno tras otro, diversos personajes son sacrificados simbólicamente ante el altar de la indignación colectiva. Como su sacrificio no alcanza, la lista de los presuntos culpables se alarga. La caza de brujas no se limita a las personas: hiere, también, a ideas e instituciones. Cuando se nos pase la furia, ¿también sentiremos vergüenza?
Que Tituba y sus compañeras no fueran brujas no quiere decir que eran buenas personas. Quizá tenían graves defectos. Pero una cosa es la imperfección y hasta el delito y otra cosa es haber celebrado un pacto con el demonio para hacer el mal, que es lo que supone el diccionario cuando define a las brujas como mujeres feas y malvadas, dotadas por el diablo con poderes sobrenaturales.
Como pasó en Salem, en medio de una conmoción colectiva como la que hoy vivimos, los jueces pueden convertirse, como lo hicieron los jueces iniciales de Salem, en los flamígeros voceros de la indignación popular. O pueden imponer la razón de la ley como lo hicieron los jueces finales de Salem, condenando o absolviendo a los acusados según las pruebas que se hayan reunido.
¿Cuál de estos dos roles cumplieron el juez Urso cuando dictó la prisión preventiva del ex presidente Menem, el juez Speroni cuando encarceló al ex ministro Cavallo o el juez Bergés cuando detuvo al ex banquero Gastaldi? ¿En cuál de estas dos categorías hay que ubicar a la jueza Servini de Cubría cuando encarceló al ex jefe de policía Santos y al ex secretario de seguridad Mathov después de los aciagos episodios que rodearon la caída del ex presidente De la Rúa? Cuando prohibieron salir del país a una larga lista de banqueros, cuando detuvieron a algunos de ellos por el conflicto del "corralito", ¿cuál de los dos papeles desempeñaban nuestros jueces?
El hecho de que varios de los detenidos en forma espectacular frente a las cámaras de televisión hayan recuperado su libertad poco tiempo después, ¿habla acaso de detenciones fundadas? Las presiones políticas que se habrían ejercido para obtener la prisión de Cavallo por un delito del que ya había sido exonerado, ¿hacia cuál de las dos opciones judiciales apuntan? Que el argumento principal de quienes se oponen en el Congreso a derogar la indefendible ley contra la subversión económica -que nació junto con el terrorismo de Estado de los años setenta tantas veces denunciado- sea que no hay que dejar escapar a los banqueros, ¿habla de un ecuánime espíritu de justicia?
Los jueces sienten quizá como nadie el clima de irritación colectiva que nos embarga. Después de haber sido sospechados de "menemismo" en los años noventa, ¿estiman algunos de ellos que podrán reivindicarse persiguiendo a sus antiguos protectores? Y los políticos, que también son víctimas constantes de agresiones, ¿no sienten la tentación de desviar la ira colectiva, como las jóvenes de Salem, hacia Tituba y otras brujas?
Cuando la acusación pública no se basa en hechos concretos y demostrables, embistiendo, en cambio, contra categorías enteras de personas como "los políticos", "los banqueros" y no contra tal o cual miembro de la Corte Suprema sino contra la Corte en cuanto tal, es lícito dudar de la ecuanimidad de las acusaciones. Precisamente porque son difusas, ellas corren el riesgo de ahogar en medio del torbellino a aquellos cargos específicos contra los acusados que quizá podrían probarse.
Pero no sólo las personas corren el riesgo de ser demonizadas. Aquellos que denuncian al Fondo Monetario Internacional como la causa de nuestros males, ¿quieren hacernos creer que sus funcionarios han hecho un pacto con el diablo para hundir a la Argentina? Cuando, como lo subrayó hace ocho días en LA NACION el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti, se demoniza al modelo neoliberal que supuestamente nos gobernó y aún nos gobierna, ¿no se ahorca una idea después de haberla deformado mediante la tortura conceptual?
Pero cada vez que cazamos una bruja, la perturbación por nuestros males aumenta. Por lo tanto, hay que seguir cazando. ¿Qué impide pensar entonces que, de aquí a unos meses, los grandes culpables ya no serán Menem, Cavallo o los banqueros sino Remes Lenicov, Mendiguren, Ruckauf, Alfonsín y hasta el propio Duhalde?
El escenario de la próxima caza de brujas, en todo caso, ya se está montando. El juez Oyarbide investiga lo que ahora se llama el "golpe bonaerense" de diciembre. El ex presidente De la Rúa dice haber sido víctima de una conspiración. Cuando los presuntos "conspiradores" que ahora nos gobiernan no tengan otros frutos que mostrar fuera del agravamiento de la depresión económica, ¿no caerá sobre ellos la furia popular? Oyarbide, si éste llega a ser el caso, también tendrá que optar entre los jueces iniciales y los jueces finales de Salem.
Porque cuando la perturbación continúa, la caza de brujas deja de ser un episodio aislado para convertirse en un movimiento rotativo en virtud del cual los triunfadores de ayer se convierten en las brujas de hoy y las brujas de ayer son reivindicadas.
Magia y razón
La caza de brujas se desata porque la sociedad cree que sus males provienen de uno o varios seres maléficos. Al salir a la caza de brujas, la sociedad muestra no creer que su solución resultará de un diagnóstico y un plan adecuados sino del castigo de los culpables. Muertas las brujas, supone, el mal desaparecerá.
Pero esta creencia no responde al pensamiento racional sino al pensamiento mágico según el cual la realidad puede ser exorcizada mediante ritos purificadores. Las brujas sufren las consecuencias. Pero también las sufre la sociedad porque pierde de vista el análisis racional de lo que le está pasando. Mientras los argentinos sigamos buscando culpables en vez de soluciones, mientras sigamos anclados en Salem, la crisis se agravará.






