
Las capas de la cebolla
El histórico evento sucedido en el Congreso admite varios registros de acceso. Como si se sacaran las capas de una cebolla, podemos decir que sólo superficialmente se discutió en el Congreso la cuestión de las retenciones, y que sólo una lectura plana de la realidad permite pensar que lo que se discutió fue una cuestión económica. La resolución 125 se convirtió en la excusa perfecta para sacar a la luz otras cuestiones que la sociedad se debía a sí misma, entre las que sobrevolaban la delegación de nuestro destino en las manos de un puñado de gente y la tolerancia social al cierre del Congreso. Así, en una segunda capa, lo que se discutió fue cuánto poder se le permitiría conservar a los Kirchner. En otros términos, qué retenciones habría de aplicársele a la rentabilidad extraordinaria que les había ofrecido hasta ahora la política.
En una tercera capa, sin embargo, se jugó el gozo profundo que produce el espectáculo de ver derrumbarse una hegemonía. Cualquiera sea esa hegemonía, y cualquiera sea quien la detente. Cualquier situación que llega a un extremo llama a su propio derrumbe. Kirchner alimentó, sin querer, la imaginación catastrófica que nos habita a todos los argentinos, de ver caer lo que se pretende invulnerable. Es notable que los Kirchner no comprendan la increíble torpeza de enarbolar como frase guía de una política "que se rompa pero que no se doble". Lo que no se quiere romper llama a romperse, y llama sobre todo al gozo de verlo romperse. Fue la inminencia de ese gozo lo que llevó a la pelota suspendida, como en la película Match-Point , a caer del otro lado de la red.
Porque, ¿acaso la gente festejó la caída de las retenciones? No: el júbilo profundo, más profundo cuanto más inesperado, radica en el derrumbe de cualquier poder unilateral. Es una lección que la realidad le propina a cualquier forma de desmesura y arrogancia. Pero la cuarta capa de la cebolla, la hipótesis final y más indemostrable, es que nadie escapa a la voluntad de querer revertir un exceso, aun si es propio. En esta línea, tal vez fue Kirchner mismo quien no soportó más su propia hegemonía, e hizo todo lo que tenía a su alcance para destruirla en ciento veinte días. Si así fuera, Cobos no habría sido más que un portavoz, un ventrílocuo de la traición de Kirchner para consigo mismo. Y un héroe para buena parte de la sociedad.
evnoailles@yahoo.com.ar






