Las consecuencias de la guerra en Irak
Por Jeffrey D. Sachs Para LA NACION
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NUEVA YORK
Las principales consecuencias de la guerra en Irak no surgirán en el campo de batalla. Vendrán más tarde, y dependerán de si Bush y Blair pueden justificar su embestida contra un pueblo en gran parte indefenso. Emprendieron esta guerra por ciertos motivos declarados, todos ellos discutidos apasionadamente en el mundo entero. Si resultan justificados, cabe suponer que la guerra podría traernos un mundo más seguro. Si sus argumentos quedan por demostrarse o son refutados, la guerra inducirá a la inestabilidad. En ese caso, la pronta abdicación de ambos sería un paso decisivo hacia la curación del mundo.
La guerra contra Irak no se justificó, ni podía justificarse, ante el mundo alegando que Saddam Hussein es un tirano. La justificación, de existir, radica en el peligro que planteaba el régimen de Saddam. Bush y Blair formularon cuatro asertos:
- Irak posee armas de destrucción masiva.
- Dichas armas constituyen una amenaza grave e inmediata.
- Las inspecciones de la ONU no estaban eliminando esa amenaza.
- El mejor medio para eliminarla era la guerra.
El primero será el más fácil de verificar. Bush y Blair se refirieron reiteradas veces al acopio de armas de destrucción masiva, formidables unidades (móviles y subterráneas) de producción o lanzamiento de dichas armas y programas activos de obtención de armas nucleares. Incumbe a ambos demostrarlo y, lo que es más, hacerlo frente a la sospecha mundial de que las agencias de seguridad de Estados Unidos y Gran Bretaña podrían plantar pruebas falsas. Por tal razón, toda prueba descubierta debería ser evaluada por expertos de la ONU, absolutamente independientes. De no presentarse prueba alguna de la existencia de armas de destrucción masiva en una escala que entrañe una amenaza, Bush y Blair merecerían ser liquidados políticamente, pase lo que pase en Irak.
Les resultará más difícil probar la segunda afirmación. Bush y Blair deben demostrar que cualquiera de las armas de destrucción masiva cobrada planteaba una amenaza grave y urgente. Sabemos que en un tiempo Irak poseyó armas químicas y biológicas, porque Estados Unidos se las vendió. La cuestión no es si quedan rastros de ellas, por cuanto se hallarán allí donde fueron destruidas, sino si estaban listas para ser utilizadas en cantidades que significaran una amenaza. Si los iraquíes lanzan un ataque con tales armas, quedaría demostrado su aprestamiento. Pero aún deberá evaluarse si planteaban alguna amenaza real más allá de sus fronteras o si, de no haber estallado esta guerra, las habrían utilizado.
El tercer punto es harto discutible. Bush y Blair deberían demostrar que la ONU estaba fracasando en sus inspecciones. Pueden hacerlo demostrando que los iraquíes simplemente ocultaban las pruebas en las instalaciones visitadas por los inspectores, quienes las declaraban libres de armas. Debería efectuarse una revisión sistemática de los lugares visitados. Asimismo, si en otros sitios se descubriesen armas de destrucción masiva, se debería explicar por qué los inspectores no habrían podido hallarlas dentro de un lapso realista.
El cuarto aserto será objeto de una propaganda salvaje desde ambos bandos. La guerra, ¿se justificaba en términos de costos y beneficios? ¿Era, en verdad, el último recurso? Esto dependerá de una evaluación objetiva de sus costos, en cuanto a muertes, destrucción de bienes, su impacto en la economía iraquí, sus desbordes en otras formas de violencia (por ejemplo, el terrorismo) y sus consecuencias geopolíticas.
Hasta ahora, Bush y Blair no han podido demostrar su caso ante el mundo, con la excepción parcial de sus propios países. El pueblo norteamericano ha sido convidado con un espectáculo de jingoísmo, amedrentamiento, confusión de Irak con los terroristas de Osama ben Laden y simple patriotismo.
Nada de esto ha hecho mella en el resto del mundo, que mira la guerra con una mezcla de alarma y desdén. La situación cambiaría si se reuniesen pruebas de los cuatro puntos. Cuando las trece colonias británicas de América del Norte emprendieron su Guerra de la Independencia, Thomas Jefferson entendió que "el respeto decente a las opiniones de la humanidad" exigía una explicación para esa guerra, que él formuló en la Declaración de la Independencia. Tal explicación, corroborada por pruebas rigurosas, es igualmente necesaria hoy día.
Si no se demuestran los argumentos en su favor, las consecuencias de esta guerra serán profundas. La propaganda, las calles flanqueadas por hileras de iraquíes eufóricos, el asombro ante las proezas de las "bombas inteligentes" norteamericanas, no distraería nuestra atención de una verdad espantosa: Bush y Blair quebraron la paz mundial, se enzarzaron en una masacre premeditada y actuaron desoyendo la opinión abrumadoramente mayoritaria del mundo. Este sólo podría empezar a cicatrizar su cisma actual con una nueva cúpula política en Estados Unidos y en Gran Bretaña, y una reafirmación enérgica de la autoridad de la ONU.
Dado su terrible costo, espero que esta guerra resulte justificada, aunque tengo mis dudas en vista de las pruebas actuales. Si surgen pruebas precisas y contundentes de que Irak disponía de armas de destrucción masiva, que estaban listas para ser utilizadas en una escala amenazadora y que los inspectores de la ONU tenían pocas probabilidades de descubrirlas y desmantelarlas, entonces debemos reconocer los argumentos propuestos por Bush y Blair. Aun en tales circunstancias, la guerra bien podría haber sido menos prudente que una política de contención. Con todo, al menos habría tenido algún sentido. Por cierto, casi es demasiado aterrador reflexionar sobre los horrores de una guerra totalmente absurda.
© Project Syndicate y LA NACION
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)
Jeffrey D. Sachs es profesor titular de economía y director del Earth Institute, en la Universidad de Columbia.





