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OPINIÓN

Las dos Américas: 1776 y la genética de nuestra deriva institucional

Se cumplen hoy los 250 años de la independencia de los Estados Unidos. Para América latina, ese año señala algo muy distinto

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El 4 de julio de 1776, Declaración de la Independencia que marca el nacimiento de los Estados Unidos
El 4 de julio de 1776, Declaración de la Independencia que marca el nacimiento de los Estados UnidosGETTY IMAGES
Constanza Mazzina
Por Constanza MazzinaPara LA NACION
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El año 1776 suele evocar una sola imagen en la narrativa del desarrollo político occidental: la Declaración de Independencia de los Estados Unidos del 4 de julio y el nacimiento de un orden fundado en los límites al poder y la libertad individual. Sin embargo, para América Latina, ese año marcó un hito de signo exactamente opuesto. Mientras en Filadelfia las trece colonias iniciaban el desmantelamiento del lazo imperial para formalizar una larga experiencia previa de autogobierno local, en el sur, la Corona española dictaba la reconfiguración de su mapa con la creación del Virreinato del Río de la Plata y la implementación agresiva de las Reformas Borbónicas.

La declaración de independencia, óleo sobre lienzo de John Trumbull de 1818 que se exhibe en la rotonda del Capitolio de los Estados Unidos, en Washington D. C.
La declaración de independencia, óleo sobre lienzo de John Trumbull de 1818 que se exhibe en la rotonda del Capitolio de los Estados Unidos, en Washington D. C.
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Esta coincidencia cronológica esconde la clave de una profunda divergencia genética. En el norte, 1776 fue la culminación de un proceso de abajo hacia arriba; en el sur, fue la consolidación de un absolutismo ilustrado y centralizador que pretendía modernizar la administración imperial mediante un control asfixiante de la economía y la burocracia. Cuando las revoluciones de independencia que llegaron a América Latina décadas más tarde, no lo hicieron como la evolución natural de comunidades habituadas a gobernarse a sí mismas, sino como el fruto de un colapso externo: la invasión napoleónica a la península ibérica.

Napoleón Bonaparte
Napoleón BonaparteMuseo Napoleónico de Roma

En 1950, Octavio Paz publicó El laberinto de la soledad, un ensayo que, leído a la luz de esta historia, nos ofrece la mejor caja de herramientas para descifrar por qué el liberalismo prosperó en el norte y dio lugar a un proceso de crecimiento y desarrollo, mientras que en el sur quedó reducido a una anécdota. Para Paz, el verdadero problema latinoamericano no radica en la persistencia del subdesarrollo económico, sino en una desconexión institucional originaria, cuyo síntoma más persistente ha sido la brecha insalvable entre quienes gobiernan y quienes son gobernados. La ruptura súbita con el monarca no trajo la libertad, sino que sumió a las sociedades del sur en una profunda orfandad. La matriz que se había gestado desde las Reformas Borbónicas y el sincretismo de la Contrarreforma católica -una estructura estamental, jerárquica y delegativa- no desapareció con la revolución. Al romperse el vínculo con el rey, las élites criollas se apresuraron a llenar ese vacío de legitimidad importando los debates e instituciones que nacían de la revolución de las trece colonias, pero también de la Revolución Francesa, ideario con el que muchos se sentían más cómodos, lectores y herederos de la tradición rousseauniana. Así fue como los sistemas escolares latinoamericanos incorporaron por décadas el estudio de la revolución francesa como parteaguas de la historia de occidente y dejaron a un pie de página -o un comentario residual- la independencia de los Estados Unidos.

Mientras en los Estados Unidos, la Constitución de 1787 funcionó como un espejo de la sociedad que ya existía -un tejido de comerciantes, propietarios y puritanos cuyas costumbres y leyes escritas caminaban de la mano-; en el sur, el proceso fue inverso. El caudillismo y el patrimonialismo se convirtieron en los sustitutos inevitables de un vacío institucional crónico, resolviendo las disputas a través de la violencia. En el campo de batalla se enfrentaban modelos políticos para organizar estados que no tenían cimientos y dónde las ideas del liberalismo se encontraban con la herencia centralista y absolutista (hoy diríamos autoritaria).

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El núcleo de la lección política de Octavio Paz, reinterpretado desde este contrapunto histórico, reside en el error de concebir la libertad como una ingeniería que se decreta desde el poder central. Las instituciones de nuestra región comenzarán a ser estables y fuertes sólo cuando logremos terminar con esa inercia colonial que nos empuja a subordinar la ley a la voluntad de un líder mesiánico. Como advertía el propio escritor, el drama de nuestros fundadores fue que “nuestros programas políticos eran hermosos, pero no tenían ninguna relación con nuestra realidad”, convirtiendo el orden legal en un velo que ocultaba el personalismo latente. Romper la brecha entre gobernantes y gobernados exige asumir que la libertad no se hereda de un salvador ni se decreta desde la cúspide del Estado; se construye en el llano de la responsabilidad ciudadana. Mientras sigamos esperando que un monarca con ropaje de presidente resuelva lo que nos corresponde edificar a cada uno de nosotros, la salida del laberinto seguirá cerrada, y la soledad seguirá siendo nuestro único destino.

Constanza Mazzina
Por Constanza MazzinaPara LA NACION

Directora de la Licenciatura en Ciencias Políticas de Ucema

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