
Las extravagancias póstumas de Glenn Gould
Bromeaba Luis Chitarroni en un libro suyo: "Ahí viene otro con su Glenn Gould bajo el brazo". La frase llamaba crítica y humorísticamente la atención sobre la fiebre por el pianista canadiense que hubo hace unos décadas entre varios escritores argentinos, alentada también por la traducción al español de El malogrado, la maravillosa novela de Thomas Bernhard (que también muchos llevaban bajo el brazo), cuyo protagonista era justamente Gould. Detrás de la seducción de la figura, el personaje importaba más que el pianista, cuya verdadera originalidad musical resultaba un poco difícil de calibrar para esos escritores.
Pero yo también, como ellos, tuve un Gould bajo el brazo, aunque un poco más tarde, cuando ese esnobismo que lo rodeaba se había desplazado a otras regiones. Y el primero que tuve fue su versión de 1981 de las Variaciones Goldberg, de Bach. Era la segunda vez que él grababa la pieza en estudio: la anterior había sido en 1955. Esto generó para mi una cronología deformada, porque la última versión fue para mí la primera, y la primera, una elaboración crítica e imposible de la posterior.
Esa interpretación fue siempre un verdadero caso en la discografía de Gould y en la tradición interpretativa bachiana. Pero ese caso nunca había llegado tan lejos como ahora. Hace menos de una semana The New York Times contó en un artículo que acaba de editarse como partitura una transcripción completa de esa versión de las Variaciones Goldberg grabada por Gould. Tan completa es la transcripción que, dado que esa versión de 1981 está también filmada, se incluyen todas las indicaciones de pedal. No conozco antecedentes de una extravagancia semejante, de un objeto más tautológico, más inútil, más fascinante.
Anthony Tommasini, crítico musical del Times, lo dice de la siguiente manera: "¿Para qué sirve esa partitura? ¿A quién está destinada? Por lo que sabemos de Gould, lo habría horrorizado la idea de que un estudiante aprendiera las Goldberg con la imitación exacta de lo que él hizo. Además, era un músico inquieto y nunca consideraba una grabación como definitiva".
No tengo respuestas a ninguna de esas preguntas. Tampoco para otra extravagancia póstuma del destino gouldiano.
Me refiero a la versión que Sony publicó hace pocos años de la otra versión de las Variaciones Goldberg que grabó Gould, la de 1955... pero sin Gould. O, para decirlo más brutalmente, sin pianista. La idea de la compañía Zenph Studios era reproducir limpiamente y en estéreo registros que, como ése de Gould, padecieron, por fatalidad cronológica, la precariedad tecnológica de los procesos de grabación. El instrumento es el avatar cibernético de los rollos perforados: un Yamaha Disklavier, especie de pianola computarizada que opera con un archivo digital y cuya meta no parece ser otra que la realización de una ilusión acústica apasionante: replicar el original de Gould.
Después de escuchar ese disco, la versión original del 1955 y, por simple obsesión, la de 1981, la experiencia de esta reperformance resultó desconcertante. Como escribió Tim Page, especialista en Gould, "no estoy convencido de que ésta sea una perfecta reperformance, aunque las huellas digitales de Gould, metafóricamente hablando, atraviesan toda la grabación". Por su parte, Kevin Bazzana, biógrafo del pianista, explica en las notas del disco: "No podemos saber qué habría pensado exactamente Gould de todo esto, dado que era una mezcla idiosincrásica de tendencias radicales y conservadoras, dispuesto a explorar adelantos tecnológicos de todo tipo, pero también muy cuidadoso de la integridad de sus interpretaciones".
Cualquiera que haya visto el documental The Alchemist, sabe que el pianista se comportaba como un director de orquesta frente a la consola de sonido. En todo caso, podemos imaginar que este dispositivo habría sido una suerte de atajo para que el pianista diera conciertos sin poner el cuerpo en escena.
Al margen de las especulaciones, lo que se escucha es perfecto y, a la vez, perturbador de punta a punta. Glenn Gould. Bach: The Goldberg Variations. 1955 Performance incluye dos versiones: una Stereo Surround y otra Binaural Stereo; esta última se tomó con los micrófonos ubicados en la cabeza de un humanoide dispuesto exactamente en la posición ante el teclado que habría ocupado Gould. La idea, claramente fetichista, consiste en escuchar lo que Gould escuchaba mientras tocaba. Uno no puede desentenderse (porque lo sabe) de que se trata de una especie de autómata habitado por un fantasma. Por fin, el atractivo hipnótico de la versión es justamente ése: su radical inhumanidad. Pero, después de todo, ¿qué tiene que ver la música con lo humano?







