
Las fuentes del estrés presidencial
La impresión del sentido común coincide con el diagnóstico médico: la arritmia de Macri se debe ante todo al estrés de gobernar. La salud de los presidentes es un tema complejo que desafía y condiciona a los que practican la medicina. A un gobernante sano, pero estresado, el médico no puede decirle, como le diría a un paciente cualquiera: es necesario tomarse un descanso, bajar un cambio, hacer más vida familiar, desenchufarse. Por eso, tampoco la terapéutica utilizada es la misma. Con los presidentes, se comenta en off entre profesionales, los médicos tienden a sobreactuar la intervención. De hecho, a Macri le practicaron procedimientos que no son habituales en cuadros como el suyo. Hasta cierto punto el despliegue es comprensible: la salud del presidente, como se sabe, es una cuestión de Estado que afecta la gobernabilidad. Una "locura del corazón", según la poética definición del director de la Unidad Médica Presidencial, puede precipitar una crisis incalculable.
A seis meses de asumir, no es difícil imaginar las fuentes del estrés presidencial. Aunque tal vez sea útil enumerarlas y ponderar su importancia. Puede comenzarse por ciertos rasgos de la personalidad y las costumbres. Según sus declaraciones, Macri vive el cargo como una restricción a su libertad de movimientos. Hasta la jefatura de la ciudad disponía de su tiempo, del uso de su dinero y de la posibilidad de moverse de un lado a otro sin limitaciones. Puede inferirse que, en paralelo, el Presidente experimenta un impedimento mucho más desesperante: la dificultad para desplazarse en las entrañas del Estado. En una reunión con intelectuales, a poco de empezar, hablaba de su perplejidad por el hecho de que a cada paso "hay que pagar un peaje". Un campo minado, cristalizado por prácticas perversas difíciles de remover. La experiencia de Macri sucedió a otra escala: el gobierno de una ciudad cuasi europea, un club de fútbol popular; la empresa familiar, donde un gesto leve de autoridad puede remover cualquier obstáculo.
Otra fuente de ansiedad, acaso la más importante, es el balance del poder político que condiciona el ejercicio del gobierno. Sin mayorías legislativas, con el interior del país y los sindicatos en manos de la oposición, con escaso dominio territorial, dificultades económicas y graves penurias sociales, el Presidente está obligado a negociar casi todo. Algunas transacciones son razonables, otras son meras extorsiones, ante las que a veces debe claudicar para garantizar la gobernabilidad. Para un hombre del talante de Macri, acostumbrado a imponer su voluntad como lo hacía en Boca o en la ciudad, ceder frente a amenazas y aprietes es una gran frustración. Ver y constatar cómo día tras día se desnaturaliza el programa de gobierno, cómo se incrementa el gasto para sancionar leyes, cómo se impide el avance de la modernización, cómo se retrocede ante el Moyano de turno, constituye una penuria. El trapicheo permanente desgasta el corazón de un presidente ejecutivo.
Estas limitaciones, que convierten al Gobierno en un tormento, corren en simultáneo con una hipérbole de expectativas de excelencia y demandas de honestidad. El Gobierno se autoimpuso esas metas ante un electorado que descartó a la mafia para ungir a María Eugenia Vidal. Buscando reforzar la imagen de decencia no escatimó a Elisa Carrió, cuyo papel en este drama es fiscalizar la ética. "Ha llegado un inspector", una pieza ya clásica de John B. Priestley, es una metáfora de su rol: representa a un detective acechante que descubre la corrupción de una familia poderosa. El Presidente, que tiene amigos sospechados y no puede eludir la cara oscura de la política -ese "pacto con el Diablo", según Weber-, colocó a Carrió a su lado, con lo que genera una gran tensión. Así, se puso en la situación del "Yo" neurótico del psicoanálisis: atrapado entre las presiones del tiránico Superyó, representado por Lilita, y las demandas desordenadas de Ello, interpretado por un elenco de operadores y pícaros todoterreno, sin los cuales, paradójicamente, pareciera imposible gobernar la Argentina.
Los sucesos ocurren en tiempo real. El tictac martilla los oídos del Presidente, que atraviesa las dificultades mensurando hora tras hora su más preciado capital: la popularidad. Sabe que las mesas de negociación en las que tiene que ceder (y también imponer) podrían desvirtuarse si su imagen se desplomara. Sabe que es respetado porque la mayoría lo apoya. Y sabe, por último, que ese apoyo es condicional y se mantiene a cambio de expectativas de mejora en los próximos meses. Existe el temor, avalado por una historia traumática, de que el futuro se bifurque, de manera trágica, entre el éxito o la hecatombe. Un gobernante no peronista de la Argentina administra, con desventaja, personas, cosas y fantasmas. Macri no es la excepción.
Hay muchos indicios para pensar que el Presidente es una persona psicológicamente normal. Por eso sufre, como cualquiera, ante la responsabilidad y las dificultades. En realidad, carece de Hybris, la desmesura de los gobernantes megalómanos. La pregunta es si una persona de esas características puede gobernar, sin derrumbarse, una sociedad indolente, acostumbrada a la rienda corta del autoritarismo.







