Las guerras de Greta

Martín Parselis
Martín Parselis PARA LA NACION
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25 de septiembre de 2019  • 16:01

Es probable que algunos principios nos acompañen desde la adolescencia. Imagino que se trata de una comprensión entre intuitiva y algo informada en una edad en la que advertir algunas cosas se convierte en una marca en esas zonas en la que uno es más sensible.

Posiblemente también sea el caso de Greta. Un fenómeno que ya no necesita su apellido para saber de qué se trata. Greta Thunberg es esa niña que con una especie de autoridad como la que tenían los adultos en otras épocas, con un rostro duro y de desprecio por su público, repasó su sentencia generacional hacia las personas responsables por lo que su generación recibirá en términos ecológicos. Entre esas personas se encontraban representantes de muchos países de la ONU, nada menos, durante la Cumbre sobre la Acción Climática.

Más allá de los giros discursivos que parecen haber sido pensados para que el impacto de Greta sea mediático y viral, y más allá de los mecanismos que posibilitan la participación en eventos de este tipo, hay que reconocer que el centro del discurso es cierto: se hizo poco.

Todos los que la escucharon lo saben, a pesar de que muchos de ellos hayan hecho esfuerzos para que algo cambie. Todos ellos están al tanto de los tan citados 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, muchos de ellos están asociados a acciones sobre el ecosistema. No falta tanto tiempo para 2030, y estamos muy lejos de todos ellos. Un repaso fugaz genera sonrisas irónicas y desesperanzadas cuando leemos "Hambre Cero", o "Paz, Justicia e Instituciones Sólidas"

Pero Greta no habla solamente desde su sensibilidad. Estructura su discurso de un modo imperativo, con (legítimo) enojo entrecruzado con algunos datos. El enojo, además de sus cuestiones personales, tiene que ver con una base de honestidad: las Cumbres de la Tierra de Río de Janeiro prometieron demasiado, inspiradas en ideas que tenemos desde 1987 (sí, 32 años, dos veces la edad de Greta): "el desarrollo sostenible como la satisfacción de las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades" Y Greta es parte de las "generaciones futuras" que ya están aquí, y está claro que les dejamos menos capacidades para satisfacer sus necesidades, además de mayores riesgos (algunos de ellos "manufacturados" según la nomenclatura de Giddens). En el ámbito académico tomamos este tema y cuando analizamos esta declaración notamos su falta de exactitud para accionar.

Los datos son parte de las investigaciones en el mundo académico. Y este punto es más complicado. Si bien existen los académicos que tienen "fe" en los datos, también estamos los que advertimos que los datos se construyen, como las teorías, y que establecer relaciones causales no es una cosa sencilla. Siempre es parcial y siempre es "en borrador" Con respecto al clima, este "borrador", independientemente de los negacionistas del Cambio Climático, no permite ver con claridad qué hacer exactamente. Entonces es importante recordar que el conocimiento científico en parte es explicativo y en parte predictivo. Lo predictivo es fundamental para poder accionar, pero cuando nos enfrentamos a sistemas complejos encontramos que la idea de poder determinar estados futuros de los sistemas a veces es imposible. Esto, sin ser una justificación para la inacción, también es parte del problema que existe para actuar concretamente en cuestiones climáticas. Es decir: a veces no hay una relación lineal directa entre una acción y un efecto esperado. Dado que hay escenarios probables, y que muchos de ellos presentan diagnósticos muy poco deseables para las ciudades costeras, la biodiversidad, y todos sus efectos sociales y políticos, sabemos que la acción es necesaria, pero (exagerando un poco) es como encontrar la piñata mareados y con los ojos vendados.

Eso implica que lo importante del discurso de Greta no son los datos, como tampoco lo son cuando se transforman en los argumentos "indiscutibles" de grupos radicalizados que unifican en su sistema de ideas una serie de causas que asocian con estructuras lógicas dudosas como "comer carne es fascista"

Entonces hay que pensar más allá de los datos, y hay que visitar las ideas. En el libro "Dar sentido a la técnica" clasifico los tipos de críticas hacia el desarrollo tecnológico, íntimamente relacionado con la problematización de los temas ambientales. Existen críticas radicalizadas, condescendientes y prudentes. Todas identifican algún diagnóstico, parten de un problema, enfocan algo que no está bien, o cuyos efectos no parecen deseables, al menos para una parte del mundo. Una clave para entender cualquiera de las críticas es que se basan en el hecho de que nada se hace solo, que hay decisiones, que hay intereses, motivaciones, que dependen de agentes intencionales que influyen de alguna forma sobre otros. En definitiva, sobre nosotros.

Greta es un exponente de la crítica radicalizada que provoca con su discurso a un auditorio que se encuentra en el terreno concreto de acción con críticos condescendientes. Y éstos últimos conforman las fuerzas asociadas al statu-quo. Los radicalizados siempre parecen heroicos, porque muestran principios irreductibles, pero su vulnerabilidad es el consenso. Como un ejemplo, la idea del Decrecimiento también denuncia cuestiones serias (diagnóstico) pero su solución implica que todos acordemos con sus principios. Hay poco espacio para el consenso. Al final del camino, es un posicionamiento político, pero no promueve un ejercicio político para "estar juntos"

La crítica moderada, en cambio, usualmente comparte los diagnósticos, pero cualquier solución asociada requiere consenso. Cualquier salida deseable es "entre nosotros" y no a través de la imposición de "unos sobre otros" La idea de "tecnologías democráticas" o de "tecnologías entrañables" van en ese sentido. La ONU parece ser un buen lugar de consenso, y si no es bueno, es uno que tenemos.

Es cierto que hay una larga lista de consensos incumplidos. Basta ver las emisiones chinas y rusas versus los esfuerzos europeos por eliminarlas. ¿Cómo sentar en la mesa de consenso a quienes no quieren consensuar? ¿Cómo hacerlos cumplir? El consenso es "por las buenas", y hacerlo "por las malas" acaba en más guerras.

Sin dudas hay que agradecerle recordarnos que esto tiene que mantenerse en agenda, pero ojalá que las guerras que quiere evitar Greta no se realicen por lo que quiere Greta.

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