Las luces se encienden
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Las luces que alumbran las calles porteñas parecen haber estado siempre allí. Forman parte incluso de nuestra cultura musical. Nacha Guevara las extraña cuando no está en Buenos Aires. El recordado Adrián Otero, de Memphis, miraba cómo se encendían sobre la calle Corrientes. Y Carlos Gardel vio a su pebeta luminosa como un sol bajo la quieta lucecita de un farol, el de la calle en que nació.
Es así que, aunque a veces caminamos por esas veredas que son auténticas bocas de lobo, no imaginamos la ciudad sin el amable resplandor de su luminaria. Pero déjenme decirles que la cosa no siempre ha sido así.
Lo que podría conocerse como el primer alumbrado público de esta urbe rioplatense se instaló en 1777, por iniciativa del entonces gobernador porteño (luego fue Virrey) Juan José de Vertiz y Salcedo. Faroles angostos y largos con una vela de cebo en su interior se disponían –a razón de dos reales por puerta- desde la Plaza Mayor hasta el llamado Bajo de las Catalinas, en el actual barrio de Retiro.
El problema era que el humo de las velas ennegrecía los vidrios de las farolas, y la luz resultante de esa conjunción era débil y mortecina, tal como la describe el historiador Ángel Montanari en su artículo La fábrica del Retiro y el alumbrado a gas, publicado en la revista Historias de la Ciudad. La reglamentación decía que los faroles debían estar encendidos de 8 a 12 de la noche, excepto cuando había luna llena.
La tecnología avanzaba lenta en esos tiempos. Recién para 1848, el alumbrado comenzó a alimentarse con aceite de nabo y por unos años más, hasta 1856, el centro de la aldea se iluminó con aceite de potro. Pero todo cambió a partir de ese año. Llegaría la era de la iluminación a gas.
Para 1855, en Retiro, donde hoy se encuentra la Plaza Fuerza Aérea Argentina –la de la Torre de los Ingleses- se había instalado, con todo y sus chimeneas, la Sociedad o Compañía del Gas. Sería la encargada de llevar la luz, en principio, al centro porteño. La materia prima para encender las luminarias era el carbón de hulla, que se importaba de Gran Bretaña, lo mismo que los tubos de hierro para tender la red de gas bajo las calles.
Tras varios meses de trabajos y pruebas, la inauguración del nuevo alumbrado porteño se dio con toda la pompa para las fiestas patrias del 25 de mayo de 1856. La Plaza de la Victoria exhibió, en faroles y fanales, una iluminación nunca antes vista. La flamante luz a gas también brillaba “a giorno”, según las crónicas de entonces, en la central de Policía, las demás fachadas que daban a la plaza y el Cabildo. De los arcos de este edificio colgaban 28 arañas de bronce y porcelana con sus mecheros encendidos a tope. La noche parecía haber escapado del lugar.
Con el tiempo, el avance de las luminarias llegaría a las casas particulares. En junio del mismo año, se celebraba con un baile la inauguración de las lámparas de gas dentro del primer hogar en contar con este servicio. No casualmente era el domicilio del Ingeniero William Bragge, director técnico de la Compañía de gas.
El arribo doméstico de este tipo de artefactos luminosos trajo algunos inconvenientes, puesto que la costumbre llevaba a los vecinos a apagar las flamas soplándolas, en lugar de cerrar el mechero. De este modo, se multiplicaron los accidentes hogareños y también las explosiones.
Otro hito de esta económica y aseada luz se dio en febrero de 1857, cuando el Teatro Colón inauguraba su maravilla lumínica con un baile de máscaras de carnaval. Dos meses después, el resplandeciente teatro, ubicado entonces en las actuales Rivadavia y Reconquista, arrancó su temporada lírica con todas las luces y con el tenor italiano Enrico Tamberlick como protagonista de La Traviata, ante unos 2500 espectadores.
Este alumbrado alcanzó luego los edificios públicos y para 1858 el gas iluminaba la mayor parte de la cuadrícula urbana. Más tarde llegaría la electricidad… pero ese es otro capítulo de esta historia porteña que nació a la tenue luz de un farolito y ya nunca se apagó.











