Las mejores en el aula

Santiago Legarre
Santiago Legarre PARA LA NACION
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31 de mayo de 2018  

En los actos de graduación, suele distinguirse con premios a los estudiantes más destacados académicamente: al mejor promedio se le otorga la medalla de oro y al lote con mejores notas que viene a continuación, el "diploma de honor".

Desde hace diez años, comencé a anotar en una libreta cuántos varones y cuántas mujeres recibían estas distinciones. Y aunque lo hice como un mero pasatiempo, quedé apenas sorprendido con mi estadística casera y sin pretensiones científicas: entre dos tercios y tres cuartas partes de los honrados eran? mujeres.

Lejos de mi intención, de más no está aclarar, explicar este fenómeno. Más bien ofreceré algunas observaciones que acaso justificarán mi anterior indicación de que el dato me sorprende apenas.

La superioridad manifiesta de las mujeres en el rendimiento que conduce a los aludidos premios va de la mano de su desempeño en las aulas -descollante, en líneas proporcionales, comparado con el de los varones-. Y este señalamiento lo hago no solo respecto de la Argentina, pues he observado algo casi idéntico en los estudiantes de Estados Unidos y de Kenia, países en los que desde hace años imparto cursos durante los recesos universitarios en nuestro país.

Ya no es cierto, como sí tal vez lo era cuando yo me sentaba del otro lado del aula en la Facultad de Derecho, que las chicas sobresalgan por ser, supuestamente, más aplicadas y memoriosas. Así me lo confirman colegas que enseñan, por ejemplo, en las carreras de Ingeniería, en las cuales también despunta frecuentemente la inteligencia femenina por sobre la masculina y en las que, en buena medida, la memoria importa menos. De hecho -otro botón de muestra-, en 2017 los abanderados de doce sobre trece facultades de la Universidad Nacional de Tucumán fueron mujeres: pareciera que la superioridad femenina no está solo asociada a algunas carreras.

¿Qué tienen las mujeres que pueda dar cuenta de esta superioridad? Más precisamente, ¿tienen algo ellas (de lo que ellos carecen) que las posicione por encima? ¿O más bien la explicación de la diferencia de rendimiento pasa por otros factores coyunturales y externos a lo femenino? A favor de una respuesta afirmativa a esta última hipótesis militarían consideraciones tales como el hecho de que la mayoría de los profesores universitarios todavía son varones y acaso favorezcan a las mujeres por razones instintivas, algunas inadmisibles y, a veces, también inconscientes.

Se inclinaría asimismo en pareja dirección, externa a la mujer, la realidad de que los varones suelen pasar más horas con los videojuegos que ellas. ¿Será que a raíz de estos juegos los varones tienen, en general, una tara diferencial respecto de las mujeres, que a veces tiene tonos adictivos y siempre atrae, distrae y desenfoca? Difícil saberlo a esta altura del partido, aunque estudios tempranos apuntarían en esa dirección.

Esta propensión lúdica con acento de género no explica, en todo caso, la realidad con la cual todo docente convive a diario: la tendencia a la superioridad femenina en el aula. Más aún, ya no alcanza el lugar común tradicional según el cual los varones maduran más tarde que las mujeres. Padres y maestros que quieran intentar emparejar una ecuación actualmente desbalanceada de un modo irónico en una sociedad aún machista tendrán que estar más atentos para encontrar respuestas sólidas a tantos interrogantes. Mientras, convivimos con algo nuevo, color femenino, que se presenta a la vez como un desafío, una oportunidad y, tal vez, un catalizador de cambios sociales salutíferos.

Profesor de Derecho (UBA y UCA) e investigador del Conicet

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