
Las pantallas de nuestra vida
Por Alina Diaconú Para LA NACION
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Quizás usted no se haya dado cuenta, o sí. Hasta hace unos años, nuestra vida diaria estaba prácticamente dominada por una sola pantalla, la del televisor, en nuestras casas.
Hoy esas pantallas televisivas se han visto multiplicadas en una progresión geométrica. A raíz de los campeonatos de fútbol, casi no queda bar o confitería en Buenos Aires que no tenga televisores colgados, hacia los cuales nuestras miradas se dirigen automáticamente, como llamadas por un imán. Así es que, cuando consumimos café, sándwiches o bebidas gaseosas, lo hacemos en la compañía del último choque de autos, de la más reciente pesquisa policial o del comercial de jabón en polvo que abre o cierra la tanda publicitaria.
Lo mismo sucede en muchas de las estaciones de subterráneo, en los pocos minutos de espera.
Los aparatos de televisión están en todas partes, las "pantallas chicas" nos acosan y las imágenes que ellas transmiten son nuestro alimento casi permanente.
Es imposible sustraerse a la brillante y multicolor atracción de una pantalla de TV.
¿Atracción fatal? No lo sabemos. Tal vez no sea para tanto.
Más allá de esta obsesiva presencia está la otra pantalla atrapante, la "grande". Un clásico. Nacida a fines del siglo XIX, con su maravilloso ritual de oscuridad, butacas mullidas y una especial predisposición psicológica para vivir durante un par de horas, en paralelo, otra vida. Nos referimos a la pantalla del cine, claro está. Una pantalla que nunca naufragó, a pesar de todos los pronósticos, y que convive armoniosamente con las mencionadas pantallas televisivas.
Pero si usted se pone a reflexionar, va a advertir que nuestra vida de hoy se mueve a través de otras pantallas.
La de la computadora, más pequeña que la del televisor, que nos lleva largas y multifacéticas horas de información e investigación, de diálogo con los cuatro puntos cardinales. Bastante hipnótica, por cierto, esa pantalla; tanto o más que la propia televisión. En un formato más chico aún, como notebook, nos puede acompañar por doquier, en los lugares más insólitos.
Y ni hablemos de la más diminuta de las pantallas, la del teléfono celular, esa suerte de prodigioso adminículo que vibra, suena, habla, oye, propone juegos, pasa mensajes, graba videos, tiene radio, saca fotos y autorretratos, nos llama en los momentos menos pensados, pegado a nosotros y a nuestros cuerpos casi constantemente, a lo largo del día y de la noche, y nos comunica con el mundo (si comunicarse es hablar por teléfono).
Si agregamos a esto las pantallas de los videojuegos, donde adultos, jóvenes y niños ven, sienten, se emocionan, ganan y pierden carreras, guerras y competencias de todo tipo, participando de una realidad virtual tan alucinante que parece cierta, tendremos una breve sinopsis de las pantallas grandes, chicas, medianas y minúsculas por medio de las cuales miramos la realidad de hoy.
¿Será por eso que nuestra vida ocurre al ritmo de un videoclip?
¿Qué cada cosa que nos ocurre pasa como un pantallazo? ¿Que un pantallazo es reemplazado por otro y que el ritmo, de tan veloz, parece un sofocón donde hay que apantallarse para poder continuar en medio de tantas pantallas?
No, no es un mero juego de palabras.
Uno se pone a meditar y parece que una pantalla es una barrera entre el mundo y uno, una superficie de proyecciones, una lámina que se interpone entre lo real y lo irreal. Por algo la palabra "pantalla" se usa para las personas en un sentido figurado, implicando el concepto de encubrimiento.
¿Qué ocultan todas estas pantallas? La pregunta subsiguiente sería entonces: ¿algún vacío existencial, tal vez? ¿O nada de eso?
Acaso lo que ocurre, simplemente, es que el mundo en que vivimos es completamente nuevo, nuevo de verdad, diferente, que la realidad se ha ampliado y acelerado, que la imaginación se fusionó con lo terreno, la magia con lo pedestre, que todo es más abarcativo, complejo y fragmentado, como los vidrios de colores de un calidoscopio, como las miles de galaxias que integran el universo.
Las pantallas nos muestran realidades simultáneas, mensajes e imágenes, como si fuesen las proyecciones de los ojos múltiples de ciertos insectos en su vuelo. O de la mirada multidimensional del mismo Dios, quien fijaría su vista en los Himalayas y en los Andes al mismo tiempo.
Gracias a tantas pantallas sabemos de todo, estamos atentos a todo, recibimos de todo, nos involucramos en todo. Será de una manera superficial, pero es esto lo que nos toca experimentar.
Y quizás así, nuestra vida sea más interesante, más estimulante, más movilizadora. Quizás algunos nos tengamos que adaptar un poco más y entender que detrás de todas estas pantallas colmadas de tecnología hay sueños humanos, búsquedas que se concretaron y una sed de conocimiento que, siendo infinita, nos puede llevar aún más lejos. En el afuera, por supuesto, pero también en el adentro de nosotros mismos.






