
Las paradojas de una teocracia islámica
El sistema político que Irán heredó de Khomeini sigue vigente
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Aunque su nombre histórico, Persia, fue dejado lado en 1935, se podría decir que Irán no nació en aquellos lejanos tiempos sino en 1979. El parto fue veloz y traumático. Desintegrada la férrea monarquía prooccidental de Reza Pahlevi, el sistema político surgido tras la revolución derivó velozmente en una teocracia con características peculiares, cuyos efectos se hicieron sentir de inmediato en la esfera pública y privada. Y también en el mundo de las relaciones internacionales, con la prolongada toma de la embajada norteamericana de Teherán, primero, y con las sospechas de respaldar ataques terroristas fuera de sus fronteras.
"Este es el primer día del Gobierno de Dios", advirtió el ayatollah Rulloah Khomeini aquel 1° de abril de 1979, cuando se confirmaron los resultados del masivo referéndum que inclinó la balanza, de manera concluyente, hacia la constitución de una república islámica y dejó de lado a los intelectuales liberales que, por un breve momento, habían creído posible una democracia a la occidental. Desde ese entonces, y tras la serie de purgas que aislaron a los más moderados, Irán se encuentra atrapado en las paradojas de su propio sistema laberíntico. El líder espiritual del país (en su momento Khomeini; hoy Alí Khamenei), junto con su consejo de notables (ninguno de estos cargos religiosos es electivo), tiene atribuciones que sobrepasan ampliamente los poderes del presidente (éste sí, como los escaños parlamentarios, electivos). Algunos ministerios y organismos se encuentran directamente bajo su órbita y tiene el control, vital, de las fuerzas armadas. La postulación de un candidato presidencial debe ser aceptada por el líder y su consejo, que a su vez tiene entre sus atributos el de vetar toda resolución del Parlamento.
Si los ochenta fueron los años del asentamiento del proyecto político-fundamentalista del shíita Khomeini y la cruzada para islamizar todo el país, con la guerra contra Irak como omnipresente telón de fondo, los noventa pueden dividirse en dos: la presidencia del duro Alí Rafjansani y la del reformista Mohammed Khatami.
La muerte de Khomeini en 1989 hizo temer lo peor, pero las intrigas palaciegas se resolvieron en un golpe de Estado silencioso, que significó también un reacomodamiento en el poder y modificaciones constitucionales que se adaptaban a las conveniencias del líder espiritual. El ayatollah Muntazeri, que había sido señalado por Khomeini como su sucesor, fue puesto bajo arresto domiciliario y el que ocupó el cargo de Imam fue Ali Khamenei, que venía de ser presidente durante dos períodos (1981-1985 y 1985-1989). Mientras tanto Rafjansani, presidente del Parlamento, fue elegido en unos comicios que el ala más conservadora del gobierno ganó con facilidad: el 89 por ciento de los votos.
Rafjansani, que pretendió presentarse en sus comienzos como un moderado, se reveló rápidamente como un duro en un país empobrecido, con la economía estancada y aislado en el plano internacional. Fue durante su segundo período presidencial -dadas las plenas coincidencias políticas, Khamenei se mantenía por entonces en un segundo plano discreto- cuando tuvo lugar el atentado contra la AMIA en Buenos Aires.
Para ese entonces, el régimen comenzaba a dar signos de agotamiento. Khamenei --de origen turco azerí-, al que se considera carente de los pergaminos necesarios para ocupar el máximo cargo, se rodeó de un séquito personal donde, según muchos especialistas, reina la corrupción y toda clase de prerrogativas. El emergente malestar social de algunos grupos -particularmente los estudiantes- fue llevando al régimen hacia posturas más conservadoras aún, incluyendo fuertes campañas para imponer las costumbres islámicas y sus preceptos religiosos.
Sin embargo, ese agotamiento trajo los primeros aires de cambio, que todavía tardan en cuajar. A casi un cuarto de siglo de su surgimiento, más del 50 por ciento de la población nació después de la Revolución. Fue ese electorado -en el que también habría que considerar a las mujeres, más de la mitad de la población, calificadas para votar- el que eligió por dos períodos al actual presidente, el reformista Mohammad Khatami. La ola de optimismo que trajo su elección, sin embargo, no se tradujo en rápidas promesas cumplidas. De hecho, dejó en evidencia las contradicciones del complejo engranaje heredado de la revolución, casi imposible de desactivar. Las reformas impulsadas por el también religioso -pero moderado- Khatami encontraron la resistencia del clero y el ala política más rancia que le responde. Comienza a perder popularidad y las manifestaciones estudiantiles crecieron en virulencia durante los últimos meses, lo cual hace difícil predecir hacia dónde se dirige una revolución que viene dando evidentes signos de esclerosamiento.





