Las reglas del juego
Publish or perish (publica o perece) es un giro repetido hasta el cansancio entre los investigadores para aludir a las normas que gobiernan la dura competencia que se da en la arena científica. Reduce a esta sencilla alternativa los dos caminos que se abren ante el que se plantee una carrera en ese mundo: publicar trabajos de investigación en revistas especializadas (cuantos más, mejor), o quedar en la irrelevancia.
Sin embargo, ese sistema que llegó a ocupar un lugar de preeminencia absoluta está cada vez más bajo ataque. Y el año de pandemia no hizo más que profundizar la crisis introduciendo nuevos condimentos en una olla a presión.
Como explica en The Guardian Stephen Buranyi, un aspecto irritante y bastante difícil de explicar es el que tiene que ver con las ganancias de esta industria que rivaliza con Apple, Google o Amazon por su margen de beneficios (36%, que representa miles de millones de dólares) gracias a un modelo de negocios en el que los científicos generan el contenido (los papers), la mayoría de las veces solventados por sus gobiernos, y lo ceden a la editorial, que a su vez deposita en especialistas de cada disciplina que trabajan ad honorem la evaluación de los experimentos (revisión por pares). Luego, la revista se vende a institutos y universidades, que colectivamente son los mismos que la produjeron.
El movimiento de acceso abierto (open access) exige la circulación libre, inmediata y sin restricciones del material educativo y científico, especialmente el de revistas especializadas con referato. Su mayor exponente fue la creación, en 2011, del sitio Sci-Hub (por la “Robin Hood” de la ciencia, la kazaja Alexandra Elbakyan), que hoy cuenta con más de 81 millones de trabajos.
Pero las objeciones no son todas de orden económico. Muchos consideran que estas publicaciones ejercen una influencia perniciosa, ya que promueven la investigación en temas que tal vez no sean ni los más cruciales para el conocimiento ni los más importantes para una comunidad en especial, sino los más “vendedores”. “Los journals valoran los resultados nuevos y espectaculares –después de todo, están en el negocio de vender suscripciones–, y los científicos, sabiendo qué tipo de trabajo suele publicarse, se alinean con esta visión”, escribe Buranyi. Publish or perish.
Pero ahora la industria de la publicación científica enfrenta otro desafío que salió a la luz con mayor fuerza durante la pandemia: el de los repositorios de preprints o trabajos que no pasaron por el proceso de referato. Como comenta el virólogo argentino Humberto Debat, hace casi 30 años Paul Ginspart creó el primero (arXiv), dedicado a áreas como la matemática, la física y la astronomía. Hoy, ya están aquí para quedarse. No solo eliminan barreras y permiten que los propios investigadores decidan en qué momento compartir sus resultados con el resto de la comunidad académica, sino que además aceleran la circulación del conocimiento, algo que en momentos como éste adquiere una importancia especial.
”Su tasa de adopción crece día a día –cuenta Debat–. Son un recurso invaluable con picos de visualización y descarga de artículos de más de 10 millones en abril pasado, lo que los convirtió en el recurso de mayor consulta global de información relacionada con Covid-19″. Se calcula que a solo un año de su creación, medRxiv reúne cerca de 45.000 preprints sobre la pandemia.
Claro que también plantean problemas. Según el investigador, algunos pésimos trabajos alentaron las más desopilantes teorías conspirativas, alimentaron movimientos anticiencia y fueron un importante insumo para fake news. Si este es un año bisagra “en el camino a un futuro donde el acceso inmediato e irrestricto al conocimiento no solo será un derecho, sino también una realidad”, habrá que recordar que con todo nuevo derecho vienen también nuevas obligaciones.










