
Lecciones al borde del abismo
Por Claudio A. Jacquelin De la Redacción de LA NACION
1 minuto de lectura'
Si es cierto que la crisis es una oportunidad, el final de esta semana demostró que, después de una larga sucesión de derrotas llena de goles en contra, el Gobierno supo encontrar esa oportunidad para descontar la desventaja que padecía en su enfrentamiento con el campo. Y deberá agradecerles a los dirigentes rurales la involuntaria contribución que hicieron para recuperarse en uno de los peores momentos de la historia de la civilización K.
El Gobierno no solucionó el conflicto de fondo y todavía le queda mucho por hacer tanto para lograrlo como para recomponer su deshilachada relación con la sociedad, pero se quitó de encima las brasas que lo habían chamuscado mucho, demasiado pronto.
Aunque esa sería una visión mezquina de la realidad. El kirchnerismo no logró sólo un respiro cuando empezaba a verse cianótico, sino que pudo incorporar a su léxico palabras que hasta hace muy poco estaba prohibidas. Los principales, funcionarios dirigentes y voceros oficiales hasta pudieron pronunciar frases malditas: "Existe la inflación", "hay malhumor social" o "cae la popularidad". Y en los subtítulos se podía leer "Gracias al campo". El chivo expiatorio de la liturgia oficial fue capaz de purgar hasta los pecados más indignos y a duras penas evitó que se le adjudicaran la culpa por las cenizas volcánicas que llegaron a la Capital. Ahora al Gobierno le falta demostrar si se anima a afrontar un tratamiento.
También, el kirchnerismo pareció descubrir el valor de la herramienta de la moderación después del uso dispendioso de los lanzallamas que ya quemaron mucho más que los pastizales isleños.
Con la exhibición pejotista de fuerza (en todo sentido) de la cancha de Almagro, la Presidenta fue arropada para que pudiera cambiar el tono sin que quedara tan en evidencia que estaba ensayando la única salida que le quedaba para no seguir avanzando hacia el abismo. Y hasta fue posible vestir a Hugo Moyano con la túnica de Ghandi, sin esconder del todo los modos de Jimmy Joffa (por las dudas).
La dirigencia agropecuaria, en cambio, demostró que los asesores de imagen no alcanzan cuando lo que cambia no es sólo el escenario sino los roles. Los ruralistas parecieron no comprender lo que significa, lo que implica y lo que demanda convertirse en actores políticos, que es el lugar en el que la crisis, el Gobierno y sus propias acciones les asignaron, aunque eso fuera a pesar suyo, como dicen.
Ser actor político exige una comprensión amplia de la realidad y de su naturaleza siempre cambiante. Demanda analizar e incorporar variables que exceden el marco de los intereses sectoriales. La decisión del ruralismo de extender un paro cuya fecha de vencimiento coincidía con el cambio de tono oficial no resultará fácil de ser comprendida más allá de las bases inflamadas, que no son suficientes para sostener el reclamo. El vértigo que causan los balcones suele ser muy peligroso cuando hay que tomar decisiones.
La dirigencia rural no debería perder de vista que quienes acceden a lugares prominentes en el justicialismo han desarrollado un extraordinario instinto para saber en qué momento el humor social empieza a tornarse malhumor y cuándo la presión y el apriete tienen que dejar lugar a la negociación. Y, sobre todo, es bueno recordar que alguna vez Antonio Cafiero, con su particular ingenio, dijo que una cualidad esencial para permanecer y ascender en el peronismo es tener un aparato digestivo capaz de tolerar un atracón de sapos. No es necesario hacerse adicto a los batracios, pero en política es necesario aprender a superar indigestiones personales si se pretende demostrar que lo que se busca es el bienestar general.




