
Liberalismo, socialismo y anarquismo
CUANDO yo era estudiante en Madrid, uno de los tantos chistes que circulaban en voz baja sobre Franco describía el siguiente diálogo imaginario entre dos españoles: Español I: "Ha renunciado Franco".
Español II: "¡Qué maravilla! ¡La libertad! Dime: ¿quién lo reemplaza?" Español I: "El propio Franco".
Español II: "Menos mal... ¡El orden!" La anécdota destacaba la confusión acerca del poder que reinaba por entonces en España. Los españoles ansiaban liberarse de Franco. Del otro lado, temían el salto al vacío de la transición. Pero ya lo escribió José y Ortega y Gasset en La rebelión de las masas : "La función de mandar y obedecer es la decisiva en toda sociedad. Como ande en ésta turbia la cuestión de quién manda y quién obedece, todo lo demás marchará impura y torpemente".
La cuestión del poder andaba "turbia" en la España de Franco. La que anda turbia en la Argentina de hoy no es la cuestión del poder -desde 1983, con la elección popular sin restricciones del presidente, ésta se ha aclarado- sino otra de parecida trascendencia: la cuestión del Estado.
Así lo ha demostrado la crisis eléctrica en la ciudad de Buenos Aires. Se dice ahora que los contratos de privatización fueron mal redactados. Pero, ¿quién los redactó? El Estado. Se dice que el ente regulador de la electricidad (ENRE) no vigiló como debía a Edesur. Pero, ¿dónde funciona el ENRE? En la órbita del Estado. Los ciudadanos se sienten desamparados. Pero, ¿quién debería ampararlos si no el Estado? Se observa que ni la Nación ni la ciudad demostraron disponer de un pronto sistema de defensa civil para casos de emergencia como el que se planteó. Otra vez, el Estado...
Podríamos sostener entonces que, como ande turbia la cuestión del Estado, tanto el socialismo que confía plenamente en él como el liberalismo que apuesta al mercado andarán impura y torpemente.
Tamaño y eficacia
El socialismo supone un Estado máximo. Si este Estado omnipresente es, además, ineficaz, sobreviene lo que conocimos: el caos hiperinflacionario y el colapso de los servicios públicos de los años ochenta.
Las privatizaciones de los años noventa tuvieron un rasgo positivo: nos liberaron del Estado máximo e ineficaz. Pero, en la medida en que no se construyó a la par de ellas un Estado eficaz, no nos llevaron del socialismo al liberalismo, sino al anarquismo. El liberalismo, en efecto, no supone el mutis del Estado, sino el paso de un Estado máximo a un Estado mínimo. Este "mínimo" es el que nos anda faltando.
Hay, así, cuatro situaciones posibles. La primera, que afortunadamente abandonamos, es la del Estado máximo e ineficaz. La segunda es la del Estado máximo y eficaz. ¿Es ella viable? En el caso del comunismo, allí donde el Estado máximo era "total" -totalitario- ya sabemos que no. ¿Lo sería en el caso de un Estado "máximo" pero no "total"? ¿Es viable el socialismo no comunista? Como pude sugerirlo en esta misma columna a mi regreso de un viaje a Suecia en diciembre del año pasado, hay serias dudas acerca de ello.
La tercera situación es cabalmente liberal: un Estado mínimo y eficaz. De ella, hay abundantes ejemplos en las democracias avanzadas de tipo occidental.
La cuarta situación es la de un Estado mínimo e ineficaz. Pero esta fórmula es anarquista, no liberal. Cuando el Estado mínimo es, además, ineficaz, ni siquiera anda bien el mercado. Esta es la situación de la Argentina actual.
No es verdad que el Estado liberal sea débil o inexistente. En los sistemas liberales de las democracias avanzadas de Occidente, el Estado es pequeño pero duro. Terriblemente duro. Cobra los impuestos a rajatabla. Castiga la delincuencia y la corrupción. Garantiza los servicios públicos. Concurre enérgicamente con la iniciativa privada en las áreas de la salud y la educación, para llegar allí donde el mercado no llega, es decir, a las personas cuya falta de recursos los deja afuera del dinámico juego del mercado.
Esto lo vió claramente el propio Adam Smith, fundador del liberalismo económico, cuando observó en La riqueza de las naciones que la educación está a cargo de dos instituciones sociales. Allí donde se la puede pagar, juega la libertad fecunda del mercado. Allí donde no hay recursos para pagarla, acude el Estado.
¿Cuál es entonces la diferencia entre el socialismo y el liberalismo? No el vigor del Estado, sino su tamaño. Pero tanto el socialismo como el liberalismo fracasan estrepitosamente con un Estado ineficaz.
Claro, en este caso el daño es mayor aún en el socialismo. Si ese Estado ineficaz se ocupa de casi todo, la sociedad se hunde en la desorganización generalizada. Privatizar, en tales circunstancias, es liberar a la sociedad de un peso insoportable. Pero esto no basta. Aun la iniciativa privada necesita de un Estado mínimo y eficaz para desplegar sus velas en el mar de la prosperidad general.
Con las privatizaciones de los años noventa, la Argentina se liberó del Estado máximo e ineficaz. No por ello entró en la senda del Estado mínimo y eficaz. Esta es la asignatura pendiente que los argentinos deberíamos aprobar en los primeros tramos de la próxima década.
Estado y mercado
Es falso que el mercado sea el protagonista único del desarrollo económico. Como lo ha demostrado el premio Nóbel de Economía Douglass North, no hay mercado sin Estado. No lo hubo ni podría haberlo allí donde la propiedad privada de los medios de producción y la libre competencia no fueran garantizadas. Pero, ¿quién puede ofrecer esa garantía bajo la forma de leyes apropiadas y una enérgica autoridad de aplicación, fuera del Estado? El mercado no es una realidad mágica que se constituya por sí misma. Es obra del Estado. De un tipo de Estado: el Estado liberal.
El propio North ha demostrado en uno de sus trabajos que el desarrollo económico comenzó cuando algunos países pioneros, como Holanda y Gran Bretaña, ofrecieron a los inversores allá por el siglo XVII lo que los demás países aún les negaban: la seguridad jurídica. Los capitales sólo acuden adonde un Estado fuerte los acoge. Un Estado mínimo y eficaz.
La línea divisoria más profunda en materia de desarrollo económico no se traza entre el socialismo y el liberalismo, sino entre el Estado y la anarquía.
Hay, es cierto, un anarquismo de izquierda y otro de derecha. El anarquismo de izquierda sueña con una república sindical. El anarquismo de derecha recibe hoy el nombre de fundamentalismo de mercado.
También el Estado puede ser de izquierda o de derecha. Si es de izquierda, persigue la máxima expansión del socialismo. Si es de derecha, se reduce a un mínimo eficaz. Hay numerosos ejemplos de desarrollo económico y social a partir del Estado mínimo y eficaz. No hay ninguno, al menos hasta ahora, a partir de un Estado máximo y eficaz.
Los argentinos tenemos fundadas dudas sobre la posibilidad de un Estado máximo y eficaz. Lo que no merece ni siquiera dudas, lo que queda fuera de toda discusión, es que ni el liberalismo ni el socialismo serían posibles a partir de un Estado ineficaz. La anarquía obstruye necesariamente el camino al desarrollo económico, sea ella de izquierda o de derecha.
Pero como lo demostró dramáticamente el apagón en Buenos Aires, la cuestión del Estado aún anda turbia entre nosotros. Si no la aclaramos, no sólo la luz sino también todo lo demás, desde los servicios públicos hasta la economía privada, andará impura y torpemente.






