Liberalismo y socialismo
Carlos Oliva Campos Para LA NACION
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PARIS.- La Argentina atraviesa una crisis profunda. El tema del liberalismo lacera su sociedad, separa a las familias, divide al país en dos sectores enemigos que se oponen con una rara violencia. ¿Por qué? Por la razón de que para sus detractores el liberalismo debe seguir siendo culpable a cualquier precio. Pero los procesos en su contra no son más que mascaradas urdidas en algunos escritorios. Misión tenebrosa, imperdonable de nuestro país y de nuestra historia, considerable error económico y confusa discusión en un Estado que no es socialista.
La oposición teológica entre liberalismo y socialismo está presentada en términos a menudo imprecisos, a veces caricaturescos.
El liberalismo sería así una doctrina del pasado, de un siglo XIX bien lejano, mientras que el socialismo gozaría de las promesas del porvenir. Generalmente, el liberalismo está considerado el régimen del dejar hacer, dejar pasar, del abandono a las fuerzas del mercado, del atraso social y de las desigualdades insoportables. El socialismo, en cambio, sería el régimen del voluntarismo económico, del control de las fuerzas del mercado por el Estado planificador, de los adelantos sociales rápidos, de la reducción de las desigualdades de los ingresos y patrimonios.
La simplificación del liberalismo y del socialismo a semejantes esquemas, que tienen poco en cuenta la evolución y las enseñanzas de los hechos, no esclarece el estudio del problema central de la elección de la sociedad, que incluye y supera la organización de la economía.
El liberalismo evoca la libertad, la democracia, la responsabilidad y la tolerancia. Esta corriente es, antes que nada, un pensamiento intelectual, social y político, y tiene además un sentido en la economía. Es necesario aclararlo. Si se entiende por liberalismo económico una sociedad que se apoya en la economía de mercado y en las instituciones monetarias que encuadran la acción de los empresarios, que acepta la competencia, fuente de beneficios y de progreso, entonces una gran mayoría es liberal. Es la que se opone al socialismo colectivista, centralizador y planificador. Los que entienden por liberalismo económico la doctrina del " laisser-faire, laisser-passer ", no son liberales.
En materia económica actual, el liberal se define como aquel que brinda su preferencia a una regulación antes que a una reglamentación de la economía.
Es sabido que los funcionarios no son los indicados para tomar decisiones sustituyéndose a los empresarios, indicándoles lo que deben hacer en materia de producción y de inversiones, por ejemplo. Su concepción intelectual no acepta los bonos exorbitantes, los paraísos fiscales, los efectos palanca extravagantes, la obsesión del beneficio a corto plazo ni el desorden monetario.
Sería ideal que la filosofía de un hombre de Estado fuera liberal humanista y la gestión, realista, regida por la lógica mercantil, el derecho a la salud y al empleo en blanco puestos en igualdad con el derecho del comercio sin cierre de fronteras. China y Vietnam son países que practican la economía de mercado y brindan todas las posibilidades a las empresas. En los regímenes socialdemócratas, como aquellos de los países escandinavos en donde el Estado tiene un lugar importante, los principios de una economía de mercado y la protección a los trabajadores de ingresos bajos jamás se abandonaron.
Pocos pueden pensar en ignorar la intervención del Estado, pues existe en todas las democracias modernas, inclusive en los Estados Unidos. Se trata de determinar el nivel y la forma de intervención.
Para Edmund Burke, uno de los problemas más complejos del legislador es determinar cuáles son los dominios en los que el Estado debiera intervenir, estableciendo directivas emanadas de la razón pública, y cuáles deberían ser abandonados a la iniciativa privada.
Quizá la tarea esencial de los economistas sea la de especificar otra vez "las acciones" del Estado. La de los políticos, la de establecer, paralelamente, las formas de gobierno democrático capaces de implementar "las cosas por hacer".
Keynes escribía en Ensayos de persuasión : "El Estado no está obligado a cumplir las funciones que ya realizan los particulares. Lo imperativo es que se ocupe de efectuar las actividades que estén más allá del campo de acción de los individuos, y que son las decisiones que nadie tomará si no es el propio Estado quien las toma. Lo importante para un gobierno no es hacer lo que los particulares ya han hecho y hacerlo mejor, o de manera diferente a ellos, sino hacer todo aquello que no se hizo todavía". ¿Cómo podemos encontrar esa entrada al muro de odio que se edificó sobre él? Entrando al corazón del debate.
La doctora Cristina Fernández de Kirchner, figura intelectual, comprende que tiene la responsabilidad de esclarecer y el deber de hablar cuando los otros callan. Contribuirá así a la libre elección de la sociedad en la que querrán vivir nuestros hijos y nietos. Entraría en la línea de Sarmiento, del senador Manuel Láinez.
Que lo inicie nuestra Presidenta abriría una perspectiva inmensa. No ignora que el capitalismo es un sistema económico y político caracterizado por la libertad de intercambio y por el predominio de capitales privados. Lo observa en su proximidad -barrio, ciudad, departamento, provincia- cuando concilia trabajo y capital. Es la fuerza visible de la empresa que inspira confianza, de una organización y del carácter familiar patrimonial de los accionistas, factores que garantizan calidad de vida, la casi perennidad y rentabilidad.
El discurso al servicio de la verdad de la presidenta de la Nación puede cambiar el destino del liberalismo económico humanizado, innovador y productor de riqueza. Y protegerse de él, cuando las finanzas especulativas desvinculadas de la economía real alientan la codicia exagerada y lo hacen actuar en forma irracional.
Si su palabra seduce será un mensaje de amor a la Patria contra la intolerancia y contra el odio. Entonces, la verdad estará en camino en el año del Bicentenario, ya que la veracidad de la alocución la hará entrar en la historia. Episodio cuya amplitud y significado puede ser consagrado como una conmemoración oportuna.
La Argentina del futuro, reconocida a sus antepasados por haber sabido con coraje admirable darles sentido a los valores tradicionales.
La jefa del Estado ¿tendrá convicciones sin fallas y voluntad sin límites para abogar en su nombre? Algunos dirán que poner en contradicción al liberalismo con el socialismo supone un anacronismo, ya que el desafío es el desarrollo con justicia social. Otros, que el socialismo no es el horizonte de su pensamiento político, ligado a una idea peronista más solidario con las exigencias éticas de un catolicismo de corte integral.
Sabemos que la intolerancia y la injusticia pueden insinuarse hasta la cumbre del Gobierno. Pero también que la Argentina, en los momentos de verdad, supo ser grande, fuerte, unida y vigilante, porque sus ciudadanos confían en los valores comunes de la Nación, y no en los de las repúblicas socialistas y estados comunistas. © LA NACION



