
Libertad, ética, responsabilidad
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HOY se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa, instituido por las Naciones Unidas. La oportunidad es propicia para que refirmemos el significado de esta libertad esencial de los pueblos libres, cuyo reconocimiento pleno fue el resultado de las intensas y largas luchas que distintas sociedades humanas debieron librar, a lo largo de la historia, contra todas las formas de opresión, despotismo e intolerancia.
La libertad de prensa, como bien se ha dicho, es el pilar y la garantía de todas las demás libertades de que goza un pueblo. Cuando se imponen restricciones a la prensa y se limita la libre circulación de las informaciones, los ciudadanos quedan indefensos frente al discrecionalismo o la arbitrariedad de quienes ejercen el poder político y también frente al embate de aquellos grupos de intereses que necesitan proteger con una muralla de silencio sus actividades antisociales o decididamente delictivas.
La experiencia histórica enseña que allí donde no existe una prensa independiente la corrupción encuentra el campo libre para enquistarse en las estructuras del Estado. Es fácil imaginar cuántos delitos y abusos de poder habrían quedado sin castigo, a través del tiempo, en nuestro país y en el mundo, si el periodismo libre no los hubiera denunciado con rigor y valentía, forzando muchas veces a los poderes públicos a velar por la vigencia de la ley y de los principios que están en la base de la organización institucional de cada país.
Desde otro ángulo, la celebración del Día Mundial de la Libertad de Prensa debe servir para que los profesionales de la prensa reflexionen sobre la responsabilidad moral que impone el ejercicio del periodismo y hagan, inclusive, un ejercicio de autocrítica que los lleve a tomar conciencia de los errores, los excesos o las omisiones en que incurren a veces los medios periodísticos en el cumplimiento de su misión específica, tanto en el campo gráfico como en el área de la televisión la radiofonía.
Vicios como el sensacionalismo, la imprecisión informativa, la negligencia para corroborar la veracidad de una noticia antes de transmitirla al público, la falta de una correcta separación entre los mensajes comerciales y los mensajes periodísticos, la inobservancia del principio que aconseja establecer una clara distinción entre la pura información y las columnas editoriales o de opinión, el avance desaprensivo sobre la intimidad y la privacidad de las personas, la excesiva permeabilidad a los "lobbies" o campañas de prensa orquestados en función de determinados intereses y, en general, la suma de inconductas o incorrecciones en el ejercicio de sus estrictas responsabilidades determinan, con más frecuencia de lo deseable, que el periodismo -escrito, televisivo o radiofónico- cumpla su función de manera deficiente. Reflexionar severamente sobre todos estos vicios y esforzarse al máximo para corregirlos es también un modo de honrar a la libertad de prensa en el día que las Naciones Unidas han elegido para exaltarla.
La designación del 3 de mayo como Día Mundial de la Libertad de Prensa obedece a que en esa fecha se conmemora la firma de la Declaración de Windhoek, Namibia, un documento redactado en 1991 por periodistas africanos que contiene los principios esenciales para la preservación de la libertad de información y expresión.
En las últimas décadas se han realizado muchos saludables esfuerzos para sistematizar los principios que deben regir la tarea periodística a partir de la libre autorregulación ética de la actividad. La Unesco, el Consejo de Europa y la Sociedad Interamericana de Prensa -esta última a través de su Declaración de Chapultepec, emitida en México en 1994- han tratado de avanzar hacia la definición de los preceptos morales que el periodismo debe fijarse a si mismo para que su misión informativa sea encarada como un auténtico servicio a la dignidad del hombre y al bien común.
Como otras veces lo hemos dicho, la libertad de prensa no es un bien que se conquista de una vez y se mantiene para siempre. Su preservación exige una actitud de vigilancia constante, de lucha permanente contra las fuerzas sombrías que tratan de anularla. Desde los asesinatos de periodistas -que en América siguen constituyendo un horrendo flagelo social- hasta las maniobras encubiertas para amordazar a los profesionales de la información, a veces con la complicidad de jueces poco rigurosos en la interpretación de la ley, múltiples factores siguen conspirando contra el principio de la libre expresión.
Asegurar la libertad de prensa -y, a la vez, consolidar los principios éticos que los profesionales del periodismo deben respetar por imperio de su propia conciencia y no por imposición compulsiva del poder de turno- sigue siendo el gran desafío de las sociedades modernas, forjadas al abrigo del desarrollo cada vez más poderoso de la comunicación electrónica y de una cultura potenciada por la multiplicación de los soportes tecnológicos de la información.
Hablar de libertad de prensa, en realidad, es hablar de toda la libertad que el ser humano necesita para afianzar su dignidad. Por eso la fuerza con que se ha defendido siempre este principio y por eso la celebración instituida por las Naciones Unidas.





