
Liderazgo bicéfalo
¿Es acaso posible que el justicialismo pueda gobernar con éxito el país bajo la conducción de un liderazgo bicéfalo? Tal fue el marco en el que se desenvolvieron los logros y conflictos del primer año de la administración del presidente Kirchner: un eje de la gobernabilidad, montado entre el poder presidencial y el Poder Legislativo de la provincia de Buenos Aires (léase Kirchner-Duhalde), aventó riesgos de inestabilidad y trazó, más allá del clima de intemperancia que suele azotarnos, un rumbo certero en el corto plazo, sobre todo en relación con el curso de la economía.
Los hechos recientes arrojan dudas sobre este esquema, pero además el problema de la gobernabilidad se agudiza debido a que el deficiente diseño institucional y la cultura política que lo envuelve conspiran para hacer las cosas aún más difíciles. Entre estas fallas se podrían enumerar la tensión entre el magro resultado electoral obtenido hace un año y la popularidad de Kirchner reflejada en las encuestas, la estructura confederativa del peronismo y, sin que este punto cierre la lista, los estilos y lenguajes expuestos en un juego en el que aumentan las apuestas fuertes.
Kirchner no pudo entrar en la Casa Rosada como un líder ungido por una mayoría electoral porque Carlos Menem desistió de participar en la segunda vuelta. De resultas de ello, el candidato electo tuvo que construir un poder presidencial autónomo del "gran elector" (Eduardo Duhalde) que volcó en su favor un contingente de votos no desdeñable en la provincia de Buenos Aires. Se trabó, desde ese momento, un vínculo inestable con respecto al cual nuestra historia de los siglos XIX y XX está plagada de ejemplos, ¿Qué ocurre, en efecto, cuando un presidente aparentemente débil adquiere vuelo propio en su partido y en el país?
La pregunta no es ociosa, porque pone de relieve las complicaciones que siempre encierra la intención de un presidente saliente de controlar a su sucesor. Estos conflictos estallaron en tiempos del orden conservador (entre Julio A. Roca y Miguel Juárez Celman) y durante la primera transición a la democracia (entre Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear) y se aplacaron cuando Héctor J. Cámpora habilitó de inmediato el acceso a la presidencia de Juan D. Perón. A la actitud del sucesor que no acepta actuar como dócil instrumento y ejerce su liderazgo, el lenguaje popular la llamó "patada histórica". A la actitud del sucesor que se comporta como "fiel soldado" (Cámpora) se la llamó desde el sector mayoritario "lealtad" y, desde los rangos de la oposición, "sumisión".
Hoy parecería que estamos más cerca de los dos primeros casos que del último. Las consecuencias de ambas situaciones no son para nada estimulantes. En una, profundizaron la inestabilidad y, en otra, condujeron a la división de la Unión Cívica Radical. No se trata, pues, de una trama con final necesariamente feliz. De aquí la exigencia de poner lo mejor de nuestra inteligencia práctica para que la gobernabilidad no decaiga, presa del faccionalismo.
¿Qué se necesita para ello? Vale la pena tener en cuenta que estamos atravesando un interregno impuesto por el propio régimen presidencial. Como los comicios de renovación legislativa sólo están fijados para el último trimestre del próximo año, no hay manera, en los próximos meses, de que el Presidente pueda convertir su popularidad virtual, derivada de las encuestas, en popularidad real, derivada de las urnas. Hasta que llegue esa fecha crucial, en la cual deberán medirse los tantos, es probable que el debate político gire en torno de este dilema: o el Presidente toma el toro por las astas, asumiendo un liderazgo de ruptura dentro del propio peronismo, o bien acuerda con los diversos sectores de ese partido dominante una suerte de liderazgo concertado.
Entre la hipótesis de una ruptura y la hipótesis de una concertación se está desenvolviendo un argumento delimitado por las posiciones de poder de los gobernadores justicialistas y por las ásperas negociaciones, que ya se han desatado, acerca del reparto de los recursos fiscales en el régimen federal.
El tema del federalismo fiscal tiene, pues, urticante actualidad y, por lo tanto, conviene machacar sobre este aspecto de nuestra realidad una vez más: no hay horizonte de estabilidad capaz de consolidar la confianza si la Argentina no define una política de Estado con respecto a su régimen federal. Mientras la política constitucional de reparto entre Nación y provincias no supere las dificultades que viene arrastrando desde, por lo menos, la reforma de 1994 -diez largos años- seguirán los choques entre los diferentes distritos y el gobierno nacional, tal como los que ahora, por ejemplo, se originan en la provincia de Buenos Aires.
Estos sacudones no vienen solamente por el azar de los acontecimientos ni tampoco por las malas artes del conflicto sucesorio. Provienen también del hecho de que la provincia de Buenos Aires, dentro de cuyo contorno se concentra el potencial de estallidos sociales más alto del país, está subrepresentada en la Cámara de Diputados y obtiene un reparto de recursos fiscales por habitante en muchos casos inferior al de numerosos distritos chicos. Si a dicha asimetría se suman las tensiones políticas que antes hemos subrayado, están dadas las condiciones para que el diagnóstico de la gobernabilidad, en lugar de mejorar, empeore.
¿Cómo salvar, entonces, la aspereza de un enfrentamiento cercado por la insuficiencia institucional? No parece que haya muchos caminos alternativos que no sean aquellos que posterguen la lucha inminente por la supremacía en el justicialismo en aras de la gobernabilidad. No es, por cierto, tarea sencilla, porque en ella no sólo está comprendido el cálculo racional, sino también la trama de las pasiones. Si hay algo que marcó a fuego al justicialismo desde su nacimiento es, precisamente, la unificación del liderazgo. Así comenzó la historia de este vasto movimiento con Perón y prosiguió con Menem. En ninguno de estos dos ciclos el justicialismo gobernante afrontó el riesgo de una división (sí, en cambio, sufrió esas convulsiones cuando perdió el poder durante la presidencia de Alfonsín).
En el terreno en que el peligro de la división avanza, los estilos políticos, el lenguaje y la manera de calificar al adversario revisten capital importancia. En no pocas oportunidades, el lenguaje puede transformarse de pacificador en guerrero, con lo que queda dicho que las palabras son capaces de anticipar la guerra cuando aún reina la paz. Y, asimismo, en otros contextos, el deseo de confrontar, creyendo que la victoria está cerca, puede arrastrar a quien lo propicia y enredar en una derrota compartida a tirios y troyanos. Ha pasado muchas veces y sería deseable que no se repitiera de nuevo.





