
Llega la hora de la gran empresa científica
Tras años de penuria e incertidumbre, la materia gris del país se concentrará en el primer plan maestro destinado a abordar problemas que van desde el uso de la ingeniería genética hasta el estudio del cambio climático.
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C ON sus salas llenas de investigadores en mangas de camisa, garabateando en pizarrones y discutiendo proyectos, en estos días el destartalado edificio de Rivadavia 1917 que alberga las oficinas centrales del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), columna vertebral de la ciencia local, está poseído por una actividad frenética.
El estado alterado en que se encuentra gran parte de la mayor concentración de materia gris del país es resultado de un proceso iniciado en los últimos meses, a través del cual las tareas de sus integrantes y el rumbo de sus instituciones están siendo sometidos a examen.
Junto con el Conicet, el resto de los organismos que integran el sistema científico y tecnológico nacional fue puesto en tela de juicio: "Estamos en busca de la excelencia -afirma el licenciado Juan Carlos Del Bello, secretario de ciencia y técnica de la Nación, y uno de los timoneles de esta travesía." Para Del Bello, si todo resulta como está previsto, en la Argentina el año que viene será testigo de la puesta en marcha de una ciencia vigorosa y revalorizada.
Generar proyectos
Por primera vez en muchos años, un equipo formado mayormente por científicos, pero en el que intervienen también empresarios y representantes de confederaciones tales como la Unión Industrial Argentina, está tratando de poner a punto los mecanismos que permitan generar, evaluar y desarrollar proyectos de investigación en ciencia básica y aplicada y en transferencia tecnológica, y de diseñar un sistema que asegure la provisión constante y renovable de fondos para llevarlos a cabo.
La tarea es ambiciosa y sus protagonistas, todavía dañados por largos años de penurias e incertidumbre, oscilan entre el escepticismo, la expectación y el entusiasmo. Pero lo cierto es que, tras haber sido ampliamente sometido a discusión en decenas de talleres, dentro de apenas algunos días se inicia el primer trienio del Plan Plurianual de Ciencia y Tecnología, 1998-2000.
Miles de científicos en los laboratorios de cientos de centros e institutos de investigación abordarán problemas que van desde el uso de la ingeniería genética para la erradicación de plagas agrícolas hasta el estudio del cambio climático, las bacterias lácticas, los mecanismos de regulación de células cancerosas, la hipertensión arterial, el desarrollo de energías alternativas o el adelgazamiento de la capa de ozono.
En materia de investigación espacial, tal como está programado, tendrá lugar el lanzamiento a bordo del trasbordador del satélite de setenta kilos Sac-A. La estación terrena de Córdoba para la recepción de imágenes satelitales estrenará su segunda antena. Se iniciarán los primeros trabajos en un concepto de avanzada en teledetección: los arrays planos, que son antenas instaladas a una cierta altura del piso y separadas por alrededor de un kilómetro que trabajan en conjunto en teledetección. Y estará listo el Sac-C, el primer satélite de teleobservación argentino.
Pero tal vez lo más interesante se desarrolle en el terreno institucional. En primer lugar, con un aumento presupuestario de 118 millones de pesos, la red de ciencia y técnica recibirá una saludable inyección de recursos.
Además, desde el año próximo, todos los organismos de ciencia y tecnología quedan totalmente desregulados en materia de personal (una excepción dentro del dominio del Estado que regula el artículo 25 de la próxima ley de presupuesto). Esto les permitirá, por ejemplo, incorporar personal a su planta permanente, emplearlo transitoriamente, o instrumentar políticas de premios y bonificaciones. También estarán facultados para vender activos y propiedades, e invertir el producto de esas operaciones en equipamiento.
Por otro lado, entrarán en funcionamiento dos instrumentos novedosos: el sistema de consejeros tecnológicos y el de crédito fiscal.
Jóvenes investigadores
El primero, que actualmente se está concursando por licitación pública, recoge la experiencia británica y permite que las facultades instrumenten programas para proveer asesores a pequeñas y medianas empresas. Dentro de esta modalidad, cada una de ellas incorporará durante un año a un joven con no más de tres de egresado para que los asesore en materia de calidad, automatización, ahorro de energía, layout de planta... Los honorarios del asesor serán abonados un cincuenta por ciento por el Fondo Tecnológico Argentino (Fontar) y el otro cincuenta por ciento por la empresa interesada.
El crédito fiscal prevé que por cada peso que una empresa privada invierta en proyectos de investigación recibirá el cincuenta por ciento en bonos imputables al pago del impuesto a las ganancias.
Llegará, también, el momento de discutir todo lo relativo a las energías alternativas, los combustibles fósiles, el efecto invernadero y la tecnología nuclear. "Es muy probable que sea un año de estudio y debate acerca del papel de la Comisión Nacional de Energía Atómica -afirma Del Bello-, que perdió su misión cuando el plan nuclear quedó trunco. Hay allí un capital de know how cientifico-tecnológico que no puede vagar sin rumbo."
El Conicet incorporará a 150 nuevos investigadores y otorgará 700 nuevas becas -400 de posgrado, 200 posdoctorales y 100 becas externas-. Y, ya analizados los dos mil trescientos proyectos de investigación presentados este año, habrá un nuevo llamado a concurso.
Subsidios y estímulos
"Una cosa que no nos gusta es que los subsidios estén limitados a 25.000 pesos -sueña Mario Mariscotti, presidente de la Agencia de Promoción Científica-. Esperamos que en marzo podamos llegar a un arreglo con el BID para elevar la cifra a 50.000. Queremos que en ese subsidio estén incluidos todos los aspectos de la vida de un científico, por ejemplo, becarios, visitas al exterior, participación en congresos, invitación de especialistas extranjeros... Que todo el recurso humano argentino que tenga capacidad de hacer ciencia -pero sólo aquellos que tengan la capacidad, subraya-, cuente con los medios necesarios. Los mismos que yo tuve en un laboratorio extranjero, que recuerdo con tanta nostalgia, con todas las cosas a mi alcance y con tanta libertad".
Y agrega: "Los científicos tenemos una formación que nos permite enfrentar un problema, desmenuzarlo y encontrar una solución, y así quisiera yo que fuera el país: una nación de personas que resuelven problemas y hacen que la vida sea mejor para todos. También me gustaría que los argentinos nos pusiéramos a trabajar en pos de algo grande. Esto es muy difícil, pero, ... si dedicáramos 30 millones de pesos anuales a un proyecto, eso es menos del diez por ciento y tal vez el cinco por ciento del presupuesto de ciencia y técnica. ¿Cómo no vamos a poder hacerlo?".
Por supuesto, no todo es color de rosa. El Foro de Sociedades Científicas Argentinas discrepa con los mecanismos de discusión del plan, con la decisión de establecer prioridades y con el nombramiento de ciertos asesores. Y hasta los mismos funcionarios admiten que la tarea apenas ha comenzado.
Desterrar la burocracia
"En esa etapa todavía no hemos decidido líneas importantes sino identificado deficiencias", afirma Enrico Stefani, presidente del directorio del Conicet -. Para lograr una ciencia competitiva hay que tener dos elementos. El primero es el elemento humano, que no se sabe cómo en Argentina existe, a pesar de las condiciones adversas. El segundo es el dinero, que directamente no existe. La Argentina invierte muy poco en ciencia: sólo el 0,32 por ciento del PBI, cuando países como Chile invierten cerca del uno por ciento y otros, como los Estados Unidos, invierten el 3,5 por ciento.
"Pero vamos a suponer que todo esto funcione, que triplique el presupuesto del Conicet en los próximos tres años, que los investigadores dupliquen sus salarios, que tengan recursos competitivos para poder manejar sus laboratorios. ¿Vamos a poder hacer ciencia competitiva? No.
"Dentro de la actual administración del estado, no. Porque es un sistema totalmente engorroso, hiperburocrático. Aunque parezca mentira, es mucho más caro hacer ciencia en la Argentina que en el Primer Mundo. Los reactivos tienen gravámenes impositivos, se pudren en la aduana, la forma de rendir los subsidios es absurda, y el investigador pierde su tiempo en el infierno administrativo de la economía vinculada a la ciencia.
"Si hacer ciencia es tan engorroso que hay que pasarse el tiempo justificando cosas, no va a andar"
Por Nora Bär
(c)
La Nacion





