Lo difícil que es volver a querer
Después de una separación es difícil creer que uno pueda volver a querer a otra persona, porque, al duelo natural por la ruptura se suman los temores a volver a desencantarse y la tendencia a tratar de evitar nuevos episodios de dolor.
Por eso, cuando volví a estar solo traté de eludir cualquier tipo de compromiso para “preservarme”.

Hasta que conocí a Andrea. Un día una compañera del trabajo me dijo que tenía una amiga para presentarme y que la única condición que Andrea ponía, justamente, era que no quería saber nada de engancharse en serio o de proyectar algo por su propio fracaso matrimonial.
No dudé en decirle que sí y la llamé; me pareció simpática, algo tímida y nos encontramos a la semana siguiente en un restaurante por la zona de Devoto.
Tras 10 años de matrimonio más otros tres de noviazgo con mi ex, yo había perdido la gimnasia de salir, divertirme e intentar seducir a otra persona.
Pero todo con Andrea resultó muy natural: el primer beso, el deseo, las charlas en la intimidad.
No tardamos en asustarnos por la velocidad que había tomado la relación. No buscábamos una relación seria y sin embargo la pasábamos cada vez mejor juntos.
Ese verano ya armamos un encuentro “casual” para que nuestros respectivos hijos se conocieran, al pasar.
Los meses pasaban y las sensaciones cruzadas eran cada vez mayores: se nos escapaban palabras como “amor”, pero las fobias tampoco nos abandonaban.
Así, dimos algunos pasos más con algunas salidas con nuestros respectivos hijos y empezamos a planear nuestro primer viaje como pareja.
Creo que me dí cuenta de que realmente la quería cuando un día tuve un accidente en la calle y a la primera persona que llamé cuando salí de la guardia médica fue a ella.

Pero un día, Andrea, que ya me había advertido de su carácter pasional, me planteó que nos faltaba la sensación de estar perdidamente enamorados, un plan de vuelo; eran todas las ideas que habíamos tratado de evitar durante los 10 meses de la relación.
Me quedé sin poder de reacción, me sentí desarmado y con bronca por quedar tan expuesto, otra vez.
Me invadió nuevamente el dolor, la sensación de vacío y confusión, la culpa por no haberme jugado en forma plena.
Pero también, muy lentamente, sentí felicidad por haber podido volver a querer, gracias a Andrea.









