
Lo más temible no es la anarquía sino el Leviatán
Uno de los damnificados más recientes de la ola de "escraches" que crece día por día, con quien he tenido una relación casi tan larga como la vida, me dijo cuando lo llamé: "Lo que más temo no es la anarquía sino la tiranía".
Basta recorrer las imágenes de las explosiones de ira incontrolada que sacuden cada día a la Argentina para advertir que nos hallamos al borde de la anarquía. Pero la frase de mi interlocutor va más allá. Si cayéramos finalmente en la anarquía, sería terrible. Sin embargo, ¿cuánto duraría? Una sociedad no puede vivir por mucho tiempo en el caos. Pasado un tiempo relativamente breve, alguien respondería al reclamo general del orden.
Acto seguido, ¿qué haría ese poderoso personaje? Si tuviere que reponer el orden frente a la violencia generalizada de la anarquía, ¿acudiría a remedios tales como el estado de sitio, el toque de queda y hasta la ley marcial? ¿Impondría una disciplina más feroz todavía que la indisciplina que la precedió? Una vez en posesión de su ilimitado poder, ¿lo acortaría en el tiempo? ¿O reemplazaría la breve anarquía por una larga tiranía? Tenía sus razones el temor de mi interlocutor: si en la inmediatez de lo cotidiano nada es más temible que la anarquía, en dirección del largo plazo nada es más temible que la tiranía porque, a la inversa de la anarquía, su tiempo no se mide en días sino en años.
La comparación entre anarquía y tiranía tuvo su expresión clásica en las ideas de Thomas Hobbes, quien escribió en medio de la guerra civil inglesa del siglo XVII. Hobbes, uno de esos pensadores llamados "malditos" porque, al igual que Maquiavelo, exploró los rincones más oscuros del alma humana, sostuvo que la tiranía es preferible a la anarquía porque, en tanto en la tiranía la sociedad debe ajustar su conducta a los dictados de un solo individuo, la anarquía consiste en la presencia tumultuosa de miles de tiranuelos en las calles. Si es fácil aunque humillante sobrevivir sujetándose a la omnímoda voluntad de un único tirano, ¿cómo hacerlo ante una masa multiforme de ellos, cada uno con su propio código de violencias?
No por eso Hobbes elogió al tirano. Por algo le dio el nombre de Leviatán, un monstruo bíblico cuyos rasgos demoníacos describe el Libro de Job. Pese a aplicarle uno de los peores nombres de la Biblia, Hobbes extrajo a propósito de él la más negra de sus conclusiones: cuando cunde el espanto ante la difusión anárquica de la violencia, la gente se entrega resignadamente al Leviatán.
Violencia y democracia
En situaciones preanárquicas como la que hoy vivimos, el Gobierno, por definición, es débil. Al comentar por La Red el cobarde ataque del que fue objeto Roberto Alemann, el presidente Duhalde, después de sostener que en el clima perturbado que vivimos el Estado debe ser más tolerante que de costumbre, agregó: "Afortunadamente, el doctor Alemann no sufrió un daño tan grave". Pero, al día siguiente, Jorge Asís recibió una golpiza mayor. ¿Diremos que tampoco fue tan grave? Un día después, desactivaron un artefacto explosivo frente a un banco. Como no estalló, ¿tampoco fue tan grave? ¿Quién no tiene ojos para ver que nos hallamos frente a una escalada de violencia?
El análisis del precario poder en la Argentina actual debería comenzar con una drástica distinción entre la masa pacífica de los caceroleros y los violentos que, ya sea desde la extrema izquierda o la extrema derecha, procuran infiltrarla. Frente a estos últimos, tarde o temprano habrá que restaurar el orden. Frente a aquéllos, no le cabe a la clase política sino un profundo acto de humildad.
La representatividad de los gobernantes y los legisladores responde a un doble fundamento. De un lado está la representatividad de origen : el hecho de que los representantes hayan sido elegidos en comicios democráticos. Esta representatividad, nuestros gobernantes y legisladores todavía la ostentan. Pero de otro lado está la representatividad de ejercicio : el hecho de que los que fueron electos sigan gozando del respaldo popular. Esta representatividad, nuestros gobernantes y legisladores la han perdido. El pueblo que los eligió les da la espalda.
A nuestra clase política, que se sigue aferrando a su representatividad de origen, le falta reconocer con humildad que ha perdido la representatividad de ejercicio. La única vía que tiene por delante, si quiere salvar a la democracia, es promover el regreso a una nueva representatividad de origen que reemplace a la que ya no sirve más.
Por eso no es tan importante como se supone que el Gobierno decida adelantar las elecciones presidenciales. Si, por ver cerrados sus caminos, el doctor Duhalde resuelve llamar a elecciones, nada se ganaría con que éstas fueran sólo presidenciales. Supongamos que hay elecciones sólo presidenciales de aquí a unos meses y que, llevados por sus ansias de renovación, los argentinos consagran a una nueva figura. ¿Qué podría hacer el nuevo presidente si lo siguieran acompañando el Congreso y los gobernadores actuales? ¿No sería un prisionero político del mismo sistema que el pueblo rechaza? ¿No inauguraría en tal caso una nueva frustración?
Lo que importa entonces no es la fecha sino el alcance de la próxima elección. Si ella sólo alcanza a la presidencia, la frustración volverá. Pero si ella abarca a todo nuestro sistema representativo, incluyendo no sólo al Presidente sino también a los gobernadores y los legisladores, y abriendo el paso a todos los candidatos independientes que quieran presentarse, la democracia se salvará.
Nuestra clase política debe admitirlo: ella ya no es la democracia. La democracia, hoy, es solamente el pueblo. Si, en elecciones generales totalmente abiertas, el pueblo decide respaldar pese a todo a los políticos actuales, éstos recobrarán su representatividad. En la medida en que esto no ocurra, el país contará con nuevas figuras y con nuevas propuestas. Un Congreso que debe protegerse detrás de vallas de la ira de sus votantes de ayer, un conjunto de políticos que ya no puede salir a la calle por temor a la gente, ¿cómo pueden asirse todavía a la ilusión de que la siguen representando?
Es volviendo a las fuentes de la democracia, al poder del demos popular que la define, como salvaremos entre todos el sistema en el cual la inmensa mayoría de los argentinos continúa creyendo. Hace diez años, Italia renovó de cuajo su clase política por vía judicial a través de las mani pulite. Una nueva mani pulite salvaría a la Argentina. Sólo que esta vez, en lugar de los jueces, debería promoverla el pueblo en la única instancia democrática que nos queda: la apelación a las urnas.
El indio Singh
Durante los diez días que vivió en la Argentina, el indio Anoop Singh cambió drásticamente su visión. Vino como un funcionario técnico del Fondo Monetario Internacional. Se fue como un analista político. El problema, advirtió, no es Remes Lenicov, con quien se lleva bien. El problema es que a Remes lo rodea una clase política que aún se aferra a sus anacrónicos privilegios. Sin una nueva política, ahora piensa Singh, no habrá fundamentos sólidos para una nueva economía. Según el enigmático técnico del FMI, la crisis argentina no es económica sino política. En última instancia, institucional.





