
Lo que aprendí una lluviosa noche en una iglesia de Kuala Lumpur
Oscuridad, silencio... y el dolor compartido por la muerte del papa Francisco
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Era lunes. La humedad abrumaba la ciudad y el cielo, cargado de lluvia, parecía acompañar la noticia que acababa de llegar pasado el mediodía: el papa Francisco había muerto. Era lunes de Pascua.
Atormentada por la noticia veía cómo mi teléfono se llenaba de mensajes de todo el mundo. Muerto, gestorben, dead. No pude hablar. Todo sonaba igual e irreal. Necesitaba escapar. Conduje sin rumbo mientras Kuala Lumpur se cubría de un cielo negro, como si la ciudad y el mundo también estuvieran de luto. Desde este rincón del sudeste asiático la muerte adquirió otra textura: más silenciosa, más ajena y al mismo tiempo, más íntima.
Ser argentina lo tornaba personal. También mi formación jesuita. El suelo se abría bajo mis pies ante un abismo. ¿A dónde ir en una ciudad donde las mezquitas dominan y las iglesias escasean? ¿Con quién compartir una tristeza imposible de traducir? En Malasia, solo el 4% de los 32 millones de habitantes son católicos. Un millón de personas en shock, como yo.
Navegué por las calles inundadas, entre truenos y relámpagos de aquella tarde fúnebre y negra. Noté que me había desviado del camino hacia la catedral de Kuala Lumpur. La lluvia no me dejaba ver con claridad pero la decoración de las calles pronto reveló lo que temía: estaba perdida. Cuando estuve a punto de darme por vencida, la reconocí. Una ermita en medio de un barrio hindú. Era la parroquia Nuestra Señora de Fátima. ¿Francisco me mandaba una señal?
Me acerqué, sin saber por qué. El Papa era devoto de la Virgen de Fátima, había peregrinado al santuario portugués conmemorando el centenario de las apariciones en 2017, beatificando a los pastorcitos Jacinta y Francisco. Portugal, tierra que también forma parte de mi propia historia, de repente se sentía más cerca que nunca.
La parroquia no estaba iluminada, apenas unas velas bailaban al son del viento, improvisadas sobre el altar. Miré a través de unas rejas y noté cuerpos sentados en los bancos, cabizbajos, en silencio. Me acerqué a la puerta y casi tropecé entre sandalias y zapatos mojados: era una iglesia católica en medio de un barrio hindú, donde la tradición de entrar descalzo a un lugar sagrado se respeta, sin que nadie te lo pida.
La imagen reciente de Francisco en Asia aún decoraba una de las paredes. En su último viaje no había llegado a Malasia, pero estuvo cerca: Indonesia, Papúa Nueva Guinea, Timor Oriental y Singapur. 33 mil kilómetros de avión, en silla de ruedas, con 88 años.
Y así, sin darme cuenta, encontré consuelo en el olor a incienso y la oscuridad.
No hubo misa esa noche. Solo un silencio que duró horas interrumpido por lágrimas de desconocidos. Entendí que la fe y el duelo encuentran formas inesperadas de expresarse. Que incluso en la oscuridad de una parroquia en la periferia una se puede sentir acompañada. Y que, a veces, pertenecer no tiene que ver con un país o su idioma. Fui testigo del verdadero sentido de la palabra katholikos: universal.
Periodista y comunicadora




