
Lo que recordé en el cumple de Mickey Mouse
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Yo ya estuve acá. Es la fiesta de cumpleaños por los primeros 90 años del ratón Mickey Mouse, el dibujo animado creado en 1928 por Walt Disney, y sin embargo yo ya estuve acá. Hay globos, música, carrozas. Hay bonetes. Estoy sola pero algo me es familiar. No, no es el hotel que pretende ser las islas del Caribe, el mismo en el que me hospedé veinticinco años atrás, cuando con mi familia vinimos a pasar la Navidad y mis padres debieron comprarnos un buzo a mi hermano y a mí porque en Orlando hacía frío y en la valija habíamos empacado solo ropa de verano. Lo usamos a diario (el mío era del Pato Donald, todavía lo tengo). Lo lucimos en cada foto. Pero no, no es eso. Es otra cosa.
Esto ya lo viví y no, no son los parques, con sus montañas rusas que tiran agua, que simulan ser la galaxia, que te convierten en estrella de rock, en enanito de Blancanieves, que te suben bien alto para después bajarte sin aviso y te desordenan por dentro. Con sus tarros enormes de pochoclo amarillo sol, con esos helados que tienen la forma de la cabeza de Mickey: son tres círculos, uno mayor que se dispone en el centro y otros dos más chicos que van pegados un poco a los costados, un poco arriba. Con sus potes de dulces que simulan ser la falda de Minnie, la novia de Mickey (¿están casados? Leí por ahí que Disney había asegurado que sí), y que pueden tener cremas y chocolates y golosinas, todo ahí, junto, a cucharadas. Con sus empleados siempre tan bien dispuestos, siempre tan risueños (¿será parte del trabajo sonreír?), con los personajes de las películas animadas paseando de un lado a otro dentro de trajes perfectos que pesan kilos, que no dejan siquiera adivinar quién está debajo, que lucen con gracia haga frío o calor (¿les bajará la presión ahí dentro?) y con esos fuegos artificiales de cada noche que, minutos antes de que Magic Kingdom cierre, iluminan el castillo de la Bella Durmiente y cuentan la historia de cómo el bien venció al mal y consiguen que hasta el más escéptico se sienta devorado por esa luz que sube, estalla en el punto justo del cielo, abre sus garras y envuelve al público con la soberbia de quien sabe que no falla. Todos se emocionan. Miran hacia arriba esta coreografía de brillo y música que en cualquier otro lugar podría ser repudiada por vulgar y por lastimar a los animales pero que aquí es la piedra que le falta a la corona del rey y se emocionan.

Pero tampoco. Yo ya estuve acá. Estoy sola, no conozco a nadie y esto lo viví. Así. Y no, no, no es este universo que se arma en Disney lo que me hace sentir el déjà vu. No es este nuevo código que rige aquí, solo aquí, donde cada quien sin importar la edad puede gastar sus dólares para vestir lo que desee y no será señalado. La señora en silla de ruedas con un gorro que simula el pico de Daisy. El hombre gordo que camina con una remera de Goofy. El joven que canta alto, bien alto, la canción de la película Frozen. Las chicas que lucen faldas largas de tul rosa. No. No es eso.
Es otra cosa. Es esa mujer. Sí, ella. La de piel algo rosada, cabello claro y ojos celestes. La que llora con disimulo aferrada al brazo de su pareja. La que vio a Mickey y se quiebra porque para ella debajo del atuendo no hay nadie, no hay nada, o sí, mucho mejor, hay magia. Yo ya estuve acá, yo ya vi a esta mujer. Seguro es abogada o administradora de empresas. Quizá sea profesora de matemática, física y astronomía. Seguro no le gustan tanto los juegos, seguro a veces sube a esos que son unos carritos inofensivos que cuentan fábulas o muestran tradiciones. Seguro viene para caminar, para mirar, para sentirse parte, para disfrutar el aire. Seguro no comparte aquello que pasa por su cabeza cada vez que cruza el arco de entrada que funciona como telón para que comience el show en el mundo de Disney y que promete: "Donde los sueños se hacen realidad".
Yo ya estuve acá, yo ya vi a esta mujer, yo fui criada por alguien como ella.





