
Lo simple es cada vez más complicado
Por Lucila Castro De la Redacción de LA NACION
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"En su respuesta sobre el punto en los números, me llamó la atención que cuando escribe «El punto no solo es innecesario...» omita el acento en la palabra «sólo», pues se entiende que cuando sólo quiere decir ´solamente , lleva acento, contrariamente al término solo , cuando éste tiene una cualidad de soledad, como por ejemplo «Una vez que el gigantesco avión alzó vuelo, el hombre quedó solo, tan solo como siempre lo había estado»", escribe desde La Paz, Bolivia, el doctor Pablo Mendieta Paz.
Esta duda ya fue aclarada en la columna, pero constantemente llegan consultas de los lectores, que no conocen la regla ortográfica actual porque en las escuelas no suele enseñarse y muchos medios de comunicación tampoco se han dado por enterados.
De acuerdo con las reglas generales de tildación, la palabra solo no debería llevar tilde por ser grave terminada en vocal, pero, como puede ser adjetivo o adverbio, en algunos casos lleva tilde diacrítica para distinguir su categoría gramatical.
En otro tiempo, el adjetivo se escribía sin tilde, y el adverbio (en el sentido de ´solamente ), siempre con tilde. Actualmente, la tilde del adverbio es obligatoria solo para evitar ambigüedad. Por ejemplo, en "El hombre quedó solo", solo es adjetivo y no lleva tilde. En "La tilde es obligatoria solo para evitar ambigüedad", es adverbio, pero como no puede entenderse más que como adverbio, la tilde no es obligatoria. En cambio, una oración como "Un hombre solo puede vivir bien con ingresos modestos" es ambigua. Si hablamos de un hombre sin compañía, en este caso sin familia, solo es adjetivo y no lleva tilde. Pero también podemos entender que un hombre no vive bien si sus ingresos son excesivos, que solamente puede vivir bien con ingresos modestos. En ese caso, debe escribirse: "Un hombre sólo puede vivir bien con ingresos modestos".
La regla antigua era más fácil de aplicar porque el uso de la tilde dependía de circunstancias objetivas (la categoría gramatical de la palabra). Con la regla actual, el que escribe debe juzgar en cada caso si hay posibilidad de ambigüedad. Algunos casos son muy claros, pero el lenguaje está lleno de ambigüedades que el receptor no percibe como tales gracias al contexto lingüístico y no lingüístico. A veces, el que escribe tampoco se da cuenta de que sus palabras pueden ser ambiguas, y omite una tilde necesaria. O, al contrario, vacila, temiendo ser mal interpretado, y prefiere poner la tilde, por las dudas. A esto se agrega el hecho de que mucha gente ignora la regla actual, y el que escribe, aunque la conozca, prefiere seguir tildando siempre el adverbio para que sus lectores no vayan a pensar que tiene faltas de ortografía. Eso sigue siendo correcto, porque la tilde para el adverbio es obligatoria en casos de ambigüedad, pero no está prohibida en los otros casos. Todo esto ha hecho que una regla que tiene casi medio siglo todavía no se haya impuesto, y es difícil que llegue a imponerse. Las buenas editoriales de libros la cumplen, pero los medios de comunicación y la mayoría de los hablantes no solo no la cumplen, sino que ni siquiera la conocen.
Una regla similar, que tampoco se cumple, existe para los demostrativos este , ese y aquel , y sus femeninos y plurales. Antiguamente no llevaban tilde cuando eran adjetivos y la llevaban obligatoriamente cuando funcionaban como sustantivos. En la actualidad, la tilde solo es obligatoria para los sustantivos en casos de ambigüedad, que en los demostrativos es todavía más rara que con la palabra solo .
La regla de oro cuando se introducen cambios ortográficos es la normalización y la simplificación. Estas normas aparentemente simplifican, porque eliminan tildes innecesarias, pero en realidad complican, porque hacen más difícil su aplicación.
¿Un día de sobra?
Escribe Arnol Kremer:
"Quisiera consultarle si es correcto (en caso de que lo sea, evidentemente es de mal gusto) decir, como lo hacen varios noticieros de TV, «el día lunes», «el día miércoles», «para el día sábado», etcétera, en lugar de «el lunes», «para el miércoles», etcétera. Al menos yo no conozco otra cosa que se llame con el nombre de los días de la semana y que pueda confundir en el informativo del tiempo.
"Si es así, si es incorrecto, ¿no podría un diario del prestigio cultural de LA NACION recomendar a las personas responsables de los programas que usen las formas correctas? Digo esto porque ni la Academia se ocupa de esas cosas y dejamos nuestro idioma en manos de probadamente muy incultos técnicos con impunidad total en el uso del micrófono público."
Yo, en cambio, conozco a un señor que se llama Domingo y, como es de un área hispanohablante donde es normal el artículo con nombre de persona, en su tierra lo conocen como "el Domingo". Pero si hablamos de "el nombre de los días de la semana", ¿de qué otra cosa pueden ser esos días sino de la semana? Los del mes no tienen nombre, sino número. Esta expresión es tan redundante como la otra. No nos molesta porque es habitual y así la decimos. Para hablar bien, el primer órgano que hay que poner en funcionamiento es el oído; después, el cerebro, y solo en último término el aparato fonatorio.
Sobre gustos y colores no hay nada escrito, y si a uno no le gusta una expresión, no tiene obligación de usarla. Pero el rechazo de expresiones como el día lunes nace del temor enfermizo a la redundancia que sienten esos pomposos seudomaestros inventores de reglas, que tanto mal hacen y de los que más de una vez hemos hablado. Y nace de una interpretación errónea, como es habitual en esos señores. Si dijéramos "el lunes, el día", la explicación "el día" sería innecesaria porque se entiende que el lunes es un día (si hubiera alguna otra cosa llamada lunes , seguramente el contexto diría que estamos hablando del día). Pero cuando decimos "el día lunes", no estamos aclarando "lunes" con "día", sino especificando "día" con "lunes". Entonces, "día" no es redundante, porque cuando decimos "día" todavía no hemos dicho "lunes", y "lunes" es necesario para especificar "día".
Decir "el día lunes" es como decir "el río Paraná" o "la calle Corrientes" o "el jugador Fernández" en la crónica de un partido de fútbol. Claro que Paraná también es una ciudad, un estado del Brasil, una calle y quién sabe cuántas cosas más, y Corrientes es una ciudad, una provincia y un cabo, y Fernández hay muchos en la guía y en otros lugares, pero seguramente el contexto dirá que estamos hablando de un río, de una calle o de un jugador de fútbol, y, sin embargo, aunque esas palabras pueden ser innecesarias, de ningún modo pueden considerarse incorrectamente empleadas.





