Lo único importante es aquello que recordamos
Toda experiencia que nos marca crece en el recuerdo. Por eso no hay que volver al sitio desde el que contemplamos un atardecer inolvidable. Para evitar desilusiones, es mejor dejarlo atrás y seguir al sol, que no sabe de retrocesos. A cierta altura, uno debería haber aprendido que cuando buscamos algo, terminamos perdiéndolo. Lo que encontramos es siempre otra cosa. Esto que se verifica en la vida ordinaria incluye los libros, y creo que allí reside mi resistencia a releer novelas que me deslumbraron.
Sin embargo, hay una que leí hace casi quince años y suelo tener a mano. Cada tanto recorro al azar algunas de sus páginas. Las vueltas de la trama se han ido desdibujando en mi memoria y de las escenas desplegadas en el libro apenas retengo un tono, una luz o una música que no se dejan atrapar del todo, tal como no podemos asir una melodía que Bill Evans improvisa en el piano después de haberla escuchado, aunque sigamos bajo su efecto. Pero leyendo así, al voleo, de algún modo recupero aquello que el libro me dio hace quince años, en la primera lectura. Que no tiene nada que ver con un argumento, sino más bien con algo que yo llamaría, sin muchas vueltas, una percepción más intensa de la vida.
Ahora, mientras escribo, tengo la novela sobre la mesa. Se llama Años luz y la escribió James Salter, un autor norteamericano que siguió esa tradición tan de los suyos de escribir toda la vida al margen del mundo literario. A él le hubiera gustado ser leído por un público amplio, pero fue un escritor de escritores admirado por colegas ilustres como John Irving y Susan Sontag. Murió hace una semana, a los 90 años. Una muerte sorpresiva, han dicho las crónicas, porque el hombre se había recuperado de una intervención quirúrgica menor y gozaba de buena salud.
Al dar la noticia, algunos medios rescataron el valor de su obra y recordé que yo había escrito sobre algunos de sus libros. Se me ocurrió buscar en Internet la reseña de Años luz, que en su momento escribí para este diario. ¿Había logrado yo conjurar esa melodía tan nítida pero tan elusiva mientras estaba todavía bajo su efecto?
Por de pronto allí, en esa reseña, recuperé un dato que había olvidado. Para escribir esta novela, Salter se inspiró en una frase del cineasta Jean Renoir: "Las únicas cosas importantes en la vida son aquellas que recordamos".
Tiene sentido que Salter haya apelado a Renoir, quien además de hacer películas inolvidables escribió un maravilloso libro sobre su padre, el pintor impresionista. A veces da la sensación de que Salter pinta con su prosa: "La vida es el tiempo que hace. Son las comidas. Los almuerzos en un mantel azul a cuadros sobre el cual hay sal vertida. El olor de tabaco. Queso brie, manzanas amarillas, cuchillos con mangos de madera". Detrás de esa naturaleza muerta está la familia que protagoniza Años luz, pero también el paso de los días, las estaciones, los años. Un arco de tiempo hecho de pequeños momentos en el que caben la alegría, la desilusión, la plenitud, el vacío.
Como Alice Munro, Salter es un escritor de superficies. Más que la psicología o su pasado, a sus personajes los mueve el deseo. Se debaten en la tensión insalvable entre la vida que están viviendo y la que, imaginan, podrían llegar a vivir. Y, claro, se equivocan. A veces el deseo o la imaginación los engañan. Entonces salen a buscar lo que ya tenían y es así como lo pierden. "Sentí el estúpido impulso de probar algo diferente. No sabía que la verdadera felicidad consiste en tener lo mismo todo el tiempo", dice un personaje de "Bangkok", uno de los cuentos de La última noche. A veces el precio de sentirse vivo es perder lo que uno tiene.
"Salter era un hombre modesto, que prefería hacer preguntas a hablar de sí mismo, lo que tal vez fuera un rasgo que hizo más difícil su reconocimiento en un mundo donde cada vez hay que hacer más ruido para ser valorado", escribió en estos días Sigrid Kraus, directora de la editorial Salamandra. Pero el reconocimiento llegó. Después de 35 años de silencio, en 2013, a los 87 años, Salter publicó otra novela, Todo lo que hay. Según cuenta Kraus, una de sus mayores alegrías de los últimos años fue estar rodeado de jóvenes admiradores cuando presentó el libro en Estados Unidos.
Aquí, junto a Años luz, tengo esta novela tardía. Aún no la leí, y eso hace que la despedida al gran escritor resulte menos amarga. Puedo regresar a Salter sin necesidad de volver atrás.






