
Lorenzo Miguel, un hombre del poder
Por María Sáenz Quesada Para LA NACION
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La enfermedad y los años se llevaron a Lorenzo Miguel, el líder histórico de los metalúrgicos que heredó la jefatura de Augusto "El Lobo" Vandor, pero que no tuvo, como éste, una muerte trágica. Lorenzo fue el jefe sindical más poderoso de la Argentina. El que en la crisis de junio-julio de 1975, cuando gobernaba Isabel Perón, se atrevió a torcerle el brazo a un gobierno de su mismo signo político.
Estaba convencido de que dominar el gremio más importante del movimiento obrero, inscripto en el frente votado por el 60 por ciento del electorado, le daba derecho a tener la última palabra en las complejas decisiones del Estado. Y que ser "la columna vertebral de la columna vertebral" lo autorizaba a definir cuáles eran las decisiones ortodoxas, acordes con la historia del peronismo. Logró en el plano laboral dominar la CGT, y en lo político, designar ministros clave -de Economía, de Trabajo-; hizo sentir el peso de los legisladores del bloque sindical en el Congreso; maniobró a fin de colocar vicegobernadores de origen gremial en el lugar de los gobernadores elegidos y, desde luego, doblegó, como pudo, a los rebeldes de su mismo palo.
En vida de Juan Perón, el poderío de Miguel se mantuvo a la sombra. Se vio forzado a aceptar el pacto social entre empresarios, sindicatos y gobierno, para frenar la inflación. Pero cuando Isabelita asumió la presidencia (en 1974), como jefe de la UOM y de las 62 Organizaciones gremiales peronistas, participó en las decisiones de gobierno en forma progresiva. Mientras José López Rega dominó el entorno presidencial, tuvo que aliarse con "El Brujo" para acciones tales como desplazar al titular de Economía, José Gelbard, responsable del pacto social; colaborar en la campaña electoral en Misiones, donde se jugaba el futuro partidario, y apoyar el descabezamiento de las seccionales combativas, como la de Villa Constitución, que reclamaba, entre otras cosas, un reparto equitativo de los recursos sindicales.
El plan económico del ministro Celestino Rodrigo, enunciado en junio de 1975, enfrentó definitivamente al sector gremial (62 y CGT) con López Rega y sus nuevos aliados de la derecha económica. El problema eran los topes impuestos a las paritarias en medio de una inflación que no cesaba. Los gremios desafiaron al gobierno y los aumentos de salarios se pactaron irresponsablemente. Luego los sindicatos pararon la economía nacional durante más de un mes, hasta conseguir el objetivo de anular el plan, y con la colaboración de las Fuerzas Armadas, López Rega fue sacado del país. Sin embargo, como suele ocurrir con los triunfos aplastantes, esta victoria contenía el germen de la derrota
En los días febriles del invierno de 1975, Miguel estaba en el cenit de su poderío: la lucha contra López Rega era un reclamo popular, no sólo gremial. Eliminado, aunque sólo parcialmente, el entorno, el Poder Ejecutivo nombró a alguien confiable para las 62 en el Ministerio de Economía (Antonio Cafiero) y en el de Trabajo (Carlos Ruckauf). Con el general Alberto Numa Laplane en la jefatura del Ejército, Miguel parecía haber cumplido su objetivo de peronizar al gobierno. Se lo veía con frecuencia participar de las reuniones de gabinete y su palabra, siempre esquiva por ser hombre de gestos más que de discursos, era esperada y escuchada.
Vísperas del golpe
Entretanto mantenía enfrentamientos de carácter sectorial, por ejemplo, la pretensión de intervenir la provincia de Santa Fe, gobernada por Carlos Sylvestre Begnis. La administración provincial era correcta, pero la UOM imaginaba que tendría más poder si asumía el vicegobernador, que era sindicalista. Por eso acusaron injustamente a Sylvestre Begnis de ineptitud y de complicidad en la lucha contra la subversión Sin embargo, el gobierno nacional no cedió, los ministros Alberto Rocamora primero y Angel Federico Robledo después se negaron a intervenir y demostraron la importancia de mantener un cierto equilibrio entre el peronismo político y el sindical.
Más grave fue el pleito con Victorio Calabró. El vicegobernador de Buenos Aires, también dirigente metalúrgico, con apoyo de Miguel había desplazado al gobernador elegido en 1973. Luego demostró tener aspiraciones presidenciales. Para colmo, conversaba separadamente con los militares acerca de la mejor fórmula para desprenderse de Isabel. Miguel reclamó la intervención a la provincia y estuvo empeñado en su reclamo en los meses previos al golpe del 24 de marzo.
Entretanto, la conducción del país pasaba en los hechos a manos de los militares, que aprovechaban las luchas internas en la cúpula para avanzar hacia sus objetivos de poder. Pero lo más peligroso para la salud de la democracia recuperada en 1973 era el cansancio de la población, el cambio de humor del argentino medio, que había apostado a la paz que le prometía la vuelta de Perón y que se encontraba, dos años después, inmerso en un proceso de violencia inaudita, por izquierda y por derecha. El desorden gremial, los paros, las querellas internas contribuían a acelerar el desgaste.
Las penosas escenas en el Senado, cuando grupos de choque sindicales ocupaban los palcos y presionaban con ostentación de armas a los legisladores, constituyen un triste ejemplo de la confusión respecto al juego de las instituciones que tenían los líderes del movimiento obrero peronista. Convencidos de que ser más implica ser todo, olvidaban que conformaban una parte sustancial de la sociedad, pero sólo una parte. Y además esa fuerza no les servía para retener el poder que se les escurría de las manos. En enero de 1976, Isabel, aprovechando una breve ausencia de Miguel, renovó el gabinete.
En los últimos días de ese gobierno, Miguel aconsejó a êtalo Luder que no fuera traidor a la señora de Perón e hizo lo posible por clausurar toda solución constitucional, aunque ésta fuera aceptable para un sector del Ejército y para la clase política. Y mientras en las palabras apoyaba a la presidenta y al verticalismo, en los hechos se negaba a obedecer las políticas que no le respondían enteramente, como fue el caso de la iniciada con apreciable realismo por el ministro Emilio Mondelli en vísperas del golpe. Así fue perdiendo consenso entre algunos de sus pares de las 62, que terminaron dialogando con los golpistas.
La resistencia
Pero, si bien se achicó su capital político, Lorenzo no perdió el olfato de dirigente. Supo en las horas adversas encarnar a la ortodoxia del peronismo, "aguantar parado", como en la época de la resistencia contra la Revolución Libertadora. De este modo preservaría las bases gremiales de su autoridad y, después de pasar años preso, pudo comenzar nuevamente, con dignidad, desde su reducto de Lugano.
Como tantos otros integrantes de la dirigencia nacional, y no sólo los sindicalistas, su visión fue corta, enfocada hacia la preservación y ampliación del poder recibido, más que en el largo plazo. El espacio de Lorenzo se iría achicando en la medida en que la Argentina se democratizaba en los años 80 y se desindustrializaba en los 90. Fue sin duda, con sus luces y sombras, referente ineludible de un largo período histórico escaso de estadistas aunque pródigo en hombres del poder. Y en el que los intereses corporativos prevalecen sobre la necesidad nacional de cambios.
María Sáenz Quesada es historiadora. Su último libro es La Argentina. Historia del país y de su gente.





