
Los agentes salen de las sombras
Una de las cosas que mejor saben hacer los ingleses está perdiendo algunos de sus misterios por boca de la propia tropa.
1 minuto de lectura'
- La primera directora del célebre M15 amenaza con publicar sus memorias.
- El renegado David Shayler se radicó en París para evitar juicios por sus embarazosas denuncias.
LONDRES.- La controversia se ha desatado nuevamente en el seno del espionaje británico. Stella Rimington, la primera mujer directora de seguridad interna (MI5), ha anunciado el deseo de publicar sus memorias. Mientras tanto, un renegado del mismo organismo, David Shayler, se ha refugiado en París para publicar su versión como ex empleado, para evitar ser procesado por sus embarazosas denuncias. Debería haber sometido su texto para ser revisado y censurado por sus superiores.
Por un lado, está la cara pública de Rimington que marca el profundo cambio en el espionaje internacional. Por otro, Shayler, donde el mundo de las canalladas sigue igual. La pregunta es si Shayler y Rimington son realmente el antes y el después. Cuando comenzó su carrera, no se conocían fotos de Rimington. Ahora enfrenta conferencias de prensa.
La diferencia refleja que el espionaje trata de acomodarse a los tiempos. "La Guerra Fría fue cosa fácil para las agencias de inteligencia, porque tenían objetivos claros e identificables", en un contexto político acordado, según Stephen Dorril, experto británico en espiar a los espías. Pero eso ya no va. "Cuando al fallecido experto británico en terrorismo Richard Clutterbuck se le pidió que dictara una conferencia en 1994 sobre el terrorismo en Europa, dijo a los organizadores que Ôfrancamente, casi no queda terrorismo en Europa. Sugiero que cambien el tema del seminario al tráfico de drogas´. Así lo hicieron", según Dorril.
La historia del Servicio de Inteligencia Secreto (SIS) del Reino Unido, conocido como MI6 (Military Intelligence, su nombre al fundarse en 1915) y de su organización hermana, el MI5 (opera en el frente doméstico a diferencia del externo del MI6) ha sido un tema escurridizo para el público británico. Memorias de agentes retirados, o resentidos (como Shayler) que fugaron para evadir procesamiento bajo el Official Secrets Act (ley de Secreto Oficial) que calla a todo empleado público, son los textos existentes.
Stephen Dorril, editor de un periódico de circulación limitada, The Lobster (La Langosta), sobre espionaje, le ha dedicado más de 900 páginas enel libro MI6. Fifty years of special operations (MI6. Cincuenta años de operaciones especiales), que acaba de publicar Fourth Estate, Londres. El libro recorre los cambios en el espionaje que inspiró a los novelistas Ian Fleming y John Le Carré, desde la Primera Guerra Mundial.
Un paso importante fue pasar del conflicto en 1945 a la Guerra Fría. Michael Foot, jefe del Partido Laborista hasta 1983, recordó en un artículo reciente que la tranformación de posguerra del MI6 se debió en buena parte a Arthur Koestler (1905-83), escritor, ex comunista transformado en crítico acérrimo de Moscú. Su análisis del enemigo se apoyó en entender la ideología para poder combatirla.
El libro de Dorril explora el espionaje británico, sus fracasos, traiciones y deserciones, su impunidad dentro del servicio público y sus presupuestos abultados y exagerados, que van de unos 440 millones de dólares por año para el MI6, a más de 1100 millones para el conjunto del MI6, MI5 y el centro de monitoreo de comunicaciones internacionales (GCHQ). Algunos estiman que el presupuesto real triplica la última cifra.
El espionaje británico hoy incluye reunir "información comercial útil y elaborada" para ser transmitida a las principales empresas del Reino Unido, incluyendo bancos, exportadores de armas como British Aerospace, empresas petroleras como BP y Shell, y otras compañías globales como British Airways, cuyo código en el servicio es Bucks Fizz. El MI6 provee "análisis de situación para oficiales de enlace que reescriben el texto como memos de circulación interna en empresas", según Dorril.
El MI6 tiene como agenda hoy "funciones globales". Se combina la lucha contra el terrorismo, contra el tráfico de drogas y el lavado de dinero, y la prevención de la proliferación de armas de destrucción masiva como las químicas y nucleares. Hay colaboración entre agencias que antes competían. Por ejemplo, el MI6 espiaba a sus pares europeos mediante agentes instalados como gerentes en una cadena de librerías.
Comenzó a perderle el miedo a la luz, pero muy lentamente. El 14 de julio de 1994, la reina Isabel inauguró la nueva central de inteligencia en Londres. El arquitecto Terry Farrell diseñó el edificio sin saber su destino. No se conoce foto alguna del director actual del MI6 que, aparte de su ostentoso edificio, sigue siendo una de las organizaciones más secretas del mundo, y ha logrado tapar sus fracasos y sobrevivir a los cambios políticos.
La apertura parcial coincide con la política en Estados Unidos. El informe anual de la CIA, publicado en Washington el 1º de mayo, dedicó abundante espacio al terrorismo en Medio Oriente y en el sudeste asiático. Pero la CIA informó también que considera que la proliferación del SIDA tiene el potencial para desestabilizar a sociedades y gobiernos.
Hay que entender la fascinación británica por el espionaje, tanto como función pública como con su historia, si bien ha perdido algo de su misterio.
Los mojones más célebres del espionaje moderno siguen vigentes en la historia y la leyenda. Margarete Gertrude Zelle (1876-1917), más conocida como Mata Hari, espía holandesa, bailarina francesa, amante de oficiales alemanes, fue fusilada en París por traición. Los ingleses se remontan a la historia de Robert Erskine Childers (1870-1922), activista político irlandés, combatiente en la guerra de los bóers, y funcionario en el Parlamento en Londres. Su novela El misterio de las arenas (Riddle of the Sands, 1903), sobre el descubrimiento de una supuesta invasión alemana a Inglaterra, fue premonitoria. Childers ocupa el lugar de la más pura conspiración y espionaje. Fue ejecutado por apoyar la causa irlandesa. Pero la paranoia inglesa, por ser isla y cabecera de imperio, tiene su raíz más ajustada en la novela de Joseph Conrad (Josef Teodor Konrad Korseniowski, 1857-1924), El agente secret o (1907). Luego vinieron Graham Greene (1904-91) con El tercer hombre (1950) y Nuestro hombre en La Habana (1958), las múltiples presentaciones de James Bond en las novelas de Ian Lancaster Fleming (1908-64), y toda la riqueza de John Le Carréâ (David John Moore Cornwell).
Todos explotaron la industria del espionaje, con su atractivo perverso y su destello intelectual. La realidad los superó a todos en la persona de Kim Philby (Harold Adrian Russell Philby, 1912-89), el más exitoso de los espías soviéticos infiltrados en el servicio británico, hasta su fuga en 1951. Su nombre se asocia al de Guy Burgess, George Blake y Donald Maclean, como el trío comunista que mayor daño causó a la inteligencia de Occidente durante la Guerra Fría.
La obsesión con el espionaje en el Reino Unido tiene su fiel informador, también obsesivo, en Stephen Dorril y su libro MI6 .
El autor recorre la burocracia y los fracasos, que incluyen no haber alertado al gobierno sobre la invasión de Malvinas en 1982. También anota los éxitos del servicio.
La primera ministra Margaret Thatcher hizo uso del MI6 en su política exterior, especialmente en Medio Oriente, tanto para concretar ventas de armas como para frustrar negocios ajenos.
Thatcher usó al MI5 para infiltrar el sindicato de mineros durante la huelga de doce meses, hasta el 5 de marzo de 1985. Luego de esa huelga contra el cierre de minas, el total de afiliados se redujo de 200.000 a 60.000, y luego cayó aún más. Durante toda la huelga, Thatcher tuvo instalado un dirigente que mantenía informada a la dirección del MI5, en la persona de Stella Rimington. Cuando en 1982 se descubrió que el ejército inglés en Belfast, Irlanda del Norte, implementaba una política de "tirar a matar" contra el IRA, el MI5 se encargó de tapar las pruebas.
El primer ministro John Major no vio tanta necesidad de los servicios. Desde 1998 y el acceso al poder de Tony Blair, los requerimientos han cambiado. La revolución deja atrás a esa sociedad de caballeros de las sombras, cuyas transacciones informales se realizaban en White´s Club, en el elegante barrio St. James´s de Londres. Ahora opera el ciberespionaje del mundo de las corporaciones.
Dorril describe ese submundo gris de disfraces y seudónimos y la aparente impunidad administrativa, que existió hasta hace muy poco.
Cuando fui director de la revista Index on Censorship (Indice de censura) en Londres, entre 1989 y 1993, me llamaba con frecuencia un funcionario de la embajada de Cuba para refutar informaciones sobre la censura en La Habana. Por lo general, las quejas las recibía en el curso de un almuerzo. Cada vez que me llamaba el cubano, sindicado como agente de inteligencia, seguía un segundo llamado, supuestamente del Foreign Office. Era del MI6 y habían interceptado cada llamada del cubano. Funcionarios jóvenes, usando nombres falsos, haciendo sus primeras prácticas, me convidaban a otro almuerzo. No había mucho que conversar, pero estaba presente la obsesión oficial británica por el espionaje cubano en Londres al finalizar la Guerra Fría. Mi último almuerzo fue con una inglesita, en el Soho. No le interesaba el cubano: la mujer dijo que quería consultarme, por mi edad, cómo conquistar a un hombre al que ella deseaba y por quien era ignorada. No recuerdo mis consejos. Cuando escribí sobre las llamadas interceptadas, los seudónimos y los almuerzos, una editorial incluyó el texto en una antología... de ficción ( So Very English _Tan inglés_, Editorial Serpent´s Tail, Londres 1992). Se cruzaba en la mentalidad inglesa la fascinación por el tema con la incredulidad de que en Londres se interceptaran llamadas a un periodista.
Era aún en tiempos de las tácticas de David Shayler. Habría que ver cómo se las arregla Stella Rimington con sus memorias, frente a la ventilación de la historia por Stephen Dorril.





