
Los amores difíciles de Douglas Sirk
Por suerte, existen los fines de semana largos. Y las amistades cinéfilas. Si no, ¿cómo permitirse ese viejo vicio, la maratón, ya no de series, sino de algún director de cine más o menos olvidado? En eso anduve, hace unos días. Gracias a la generosidad de una amiga -y al sustancioso pack de DVD que me obsequió- cumplí con una cita largamente postergada. Douglas Sirk. Fin de los años 50, Rock Hudson, Lauren Bacall; las esfinges más doradas del Hollywood más rutilante; la textura casi táctil del Technicolor. Melodramas radiantes, lacerantes, espléndidos. Pero no sólo eso.
"Douglas Sirk era un cineasta que hacía películas «de mujeres» que miraban las señoras norteamericanas... y en esas mismas películas registraba la crisis de una sociedad", apunta, con intensidad fan, mi amiga. "Fue la gran influencia de Fassbinder", acota un colega. Y, sí. Las de Sirk eran películas de protagonistas increíblemente bellos, escenografías cuidadas hasta el mínimo detalle e historias de amores difíciles, odios entre hermanos, conflictos entre padres e hijos, flechazos imposibles o siempre orientados hacia la persona incorrecta. Films "para llorar", obra de un realizador que alguna vez dijo: "El cine es sangre, lágrimas, violencia, odio, muerte y amor".
Miro Imitación de la vida, su última película, filmada en 1959. Descubro a una rubísima Lana Turner que, en las primeras escenas, acude a un casting de una agencia publicitaria. Me descubro con ojos de este tiempo. Recuerdo a Betty Draper (sí, Mad Men) y pienso que ésta es una película que Betty habría podido ir a ver. Ella y miles de Bettys reales, cobijadas en la oscuridad de tanta sala de cine, siguiendo el derrotero de los personajes, llorando por sus desgracias. Y por las propias.
Imitación de la vida introduce un tema poco frecuente en el cine de la época: la segregación racial. Está Lora, el personaje de Lana Turner, su rostro de afiche publicitario, y su hija rubia y agraciada como ella. Y está el personaje de Juanita Moore, negra, pobre, madre de hija blanca. La punzada más cruel del melodrama no vendrá de los amores contrariados de Lora, sino del amor imposible -filial, pero imposible- entre Juanita y una hija que se ve blanca, pero se sabe negra. Y odia a su madre y a su ascendencia y cada gota de sangre que corre por sus venas, por ser la sangre de quienes, desde que asoman al mundo, tienen todo para perder.
Estremece la encrucijada de esas dos mujeres, la fuerza del lazo que las une, lo desgarrador de su desencuentro. Estremece y duele; otra que blandas "películas para llorar".
Poco tiempo antes, Douglas Sirk había filmado Escrito en el viento, otro melodrama mayúsculo: hay un padre que rechaza a sus hijos, dos hermanos que se detestan entre sí tanto como anhelan el reconocimiento que el patriarca nunca les dará, personajes complejos y un amor difícil, que desde el principio se sabe que terminará mal. Todo, en el marco del opulento universo del petróleo: los personajes viven en una mansión, disponen de avioneta, van y vienen en autos deslumbrantes, atravesando paisajes donde, metódicas y constantes, bombean las máquinas de extracción. Pero todo lo que tienen de poderosos lo tienen de atormentados. Y si en los dramas más "hogareños" (Lo que el cielo nos da, Sublime obsesión) de Douglas Sirk lo que primaba eran los personajes contenidos, aquí todos parecen al borde del estallido. Con un aditamento: los personajes "negativos" inspiran compasión y los "positivos", de tan correctos, desesperan. Desconfíen del exceso de prolijidad, pareciera querer decirnos el director. No se confundan; la soledad siempre acecha, quizás intentaba alertarnos, también.
Allá por los años 50, un maestro del melodrama volvía a confirmarlo: extraña especie, la nuestra. Capaces de sortear los desafíos más inauditos, pero tan vulnerables a la hora de eso que se llama encuentro.






