
Los argentinos, según los brasileños
Por Luis Esnal Corresponsal en Brasil
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SAN PABLO
¿Cómo nos ven los brasileños? Después de dos décadas embarcados juntos en un proceso de integración y con 30.000 de ellos que cada mes visitan la Argentina, aprovechando el cambio favorable, cómo ven los brasileños a los argentinos no es una curiosidad menor.
Estereotipos nunca faltaron. El brasileño promedio, cuando quiere criticar, ve al argentino como arrogante y fácilmente tendiente a los extremos. Cuando quiere elogiar, lo califica de culto y politizado.
No es diferente del otro lado: el argentino promedio considera al brasileño, a veces, un ser despolitizado y alienado, y otras veces un ser alegre y experto en el arte de vivir la vida sin preocupaciones.
No es fácil el conocimiento profundo del otro. Las imágenes del vecino se construyen sobre la base de los clásicos del fútbol, de las noticias esporádicas en las secciones de asuntos internacionales de los diarios o de las vacaciones breves del otro lado de la frontera.
Gente culta, con nivel de posgrado y que nunca había visitado Buenos Aires hasta hace algunos meses, en medio del boom turístico, vuelve a San Pablo con una constatación asombrada: “No sabía que la Argentina fuera tan mestiza”.
El brasileño suele tener en la cabeza la imagen de cierto personaje argentino de comienzos del siglo XX, un argentino elegante que toma café despreocupadamente en alguna esquina de la Recoleta mientras lee a algún escritor francés.
Un libro lanzado días atrás en Brasil intenta desmontar los estereotipos –positivos y negativos– construidos en torno de la mirada del brasileño sobre el argentino. Se llama “Argentinos. Mitos, manías y milongas” y fue escrito por dos periodistas brasileñas con casi diez años de experiencia cada una de cubrir la Argentina como corresponsales: Marcia Carmo y Mónica Yanakiew. Juntas se lanzaron a la caza de respuestas para explicar el “ser argentino”. Entrevistaron a más de un centenar de personas de la vida pública del país, desde Torcuato Di Tella y Rosendo Fraga hasta Maitena y Hebe de Bonafini, junto con amas de casa, taxistas y desempleados.
Recorrieron los recovecos que forman la idiosincrasia argentina: Gardel, Perón, Evita, Maradona, la madre como institución, la atracción por la muerte y los personajes que “siempre viven” o “cada día cantan mejor”, las dictaduras, los piqueteros, los políticos, las mujeres de personalidad fuerte, Mirtha, Moria, Susana, Cristina, Chiche, Lilita, Hebe, el tango, el pesimismo, la acidez de la crítica constante. Fueron, sin duda, más allá de los estereotipos.
Les llamó la atención la tendencia a los extremos, por ejemplo, de los políticos –algo que no es común en Brasil, porque los brasileños suelen rechazar a dirigentes con esas características–. La Argentina “se viene abajo”, “se desploma”, “se colombianiza”, “se libaniza”, y siempre está el riesgo de “un baño de sangre”.
“Lo que impresiona es que los argentinos son bien articulados. Póngale a cualquiera en la calle un micrófono en la boca y hablará mejor que un locutor”, dice en una parte del libro el ex embajador brasileño en la Argentina Marcos Azambuja. Otro diplomático brasileño, el ex canciller Antonio Azeredo da Silveira, complementó: en una negociación, “un argentino solo es temible”, pero si hay dos, lo mejor es esperar. “Son todos tan brillantes que uno destruye al otro”.
Para Carmo y Yanakiew, en la Argentina una de las mayores manías es extrañar lo que no se vivió o probó. “Por eso la obsesión en buscar alguna explicación para su eterno dilema: ¿por qué estamos como estamos? ¿Por qué somos como somos? ¿Y estamos como estamos porque somos como somos, o somos como somos porque estamos como estamos?” Para ellas, “ésa es la versión más psicoanalizada de la misma sinfonía”.
Según escriben, “eso de ser lo mejor o lo peor, pero, de alguna forma, lograr siempre estar en boca de los otros forma parte de la idiosincrasia argentina”. Y agregan: “Son capaces de dar vuelta la página de la historia, o reescribirla con la rapidez de quien parece vivir on line”. La rápida recuperación después de la crisis fue, justamente, uno de los motivos que les causó curiosidad y disparó la hechura del libro.
“Está naciendo en la Argentina una nueva sociedad. Pero ¿qué sociedad es esa? Ni los argentinos lo saben”, dicen, agudamente. “Este país de 37 millones de habitantes, raíces europeas, que fue tan orgulloso de su educación y politización maciza, mantiene hábitos como la lectura en los cafés de Buenos Aires y asientos numerados en los cines. Pero ese mismo país enfrenta hoy problemas que sus vecinos ya viven hace décadas. La evasión escolar, el desafío de las drogas y el alcoholismo entre los jóvenes, el trabajo infantil, el desempleo y la pérdida salarial. Resultados que muestran otra cara de la Argentina: un país latinoamericano.”
“¿Por qué escribieron ese libro?”, les preguntó este cronista a ambas autoras –que, vale el dato, son casadas con argentinos–. Para las dos, el objetivo fue desarmar clichés. “Durante la crisis, mucha gente nos preguntaba cómo los argentinos estaban logrando vivir sin dinero, o si eran tan arrogantes como se decía. O, si no, comentaban la admiración por gente tan politizada ante cada problema. Eran muchos mitos sobre un país que tenemos al lado y conocemos tan poco”, dijo Carmo, que actualmente es corresponsal de BBC Brasil para América latina.
Para Yanakiew, hoy colaboradora del diario O Globo en Marruecos, “así como los argentinos suelen tener una imagen prefabricada de los brasileños (nacionalistas, sexualmente liberados, optimistas, dispuestos a vivir la vida con buen humor aunque sea una tragedia), también existe en Brasil una imagen prefabricada de los argentinos: que son arrogantes, melancólicos, que se quejan de barrigas llenas. Y ninguna de las dos imágenes corresponde completamente a la realidad”.
El libro que escribieron las dos periodistas le permite a un brasileño desarmar los clichés, y aunque ellas no pasaron por alto los defectos de la idiosincrasia argentina, la visión final de las autoras termina siendo más benévola de la que quizá tendría un argentino. O talvez sea pura impresión.
Al fin y al cabo, como dice Carmo: “Los argentinos son los primeros en hablar mal de sí mismos. A veces parecen ignorar las buenas cosas que poseen. Otras veces parecen exagerar el tamaño de los problemas. Aunque perdieron mucho de lo que tenían, especialmente en lo social, todavía continúan teniendo el mayor patrimonio social de la región. Es una sociedad intrigante y fascinante”.
Yanakiew concuerda. “Indivi-dualmente, los argentinos preservan ciertos valores de antes, difíciles de encontrar en un mundo competitivo y globalizado, como la lealtad entre amigos o el respeto por la familia, con una fuerte conciencia política y social”. Pero admite, con humor: “Es muy difícil definir a un argentino, porque él mismo no se sabría definir”.





