
Los beneficios de una educación cosmopolita
En Los límites del patriotismo (Paidós), la socióloga norteamericana Martha C. Nussbaum y otros pensadores exponen la necesidad de que las fronteras territoriales dejen de ser un dato moralmente relevante en beneficio de un internacionalismo más acorde con esta época, en que los destinos de las naciones están relacionados entre sí.
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UNA de las mayores barreras a las que se enfrenta la deliberación racional en política es la poco analizada sensación de que las propias preferencias y estilos son neutrales y naturales. Una educación que considera que las fronteras nacionales son algo moralmente relevante refuerza, demasiado a menudo, este tipo de irracionalidad, confiriendo a lo que es un accidente histórico un falso aire de gloria y peso moral. Si nos contemplamos a nosotros mismos con la mirada del otro, veremos lo que en nuestras prácticas hay de local y no esencial, así como lo que es más amplia y profundamente compartido. La ignorancia de nuestra nación en cuanto se refiere a la mayor parte del resto del mundo es apabullante. En mi opinión esto significa también que, en muchos e importantes aspectos, es ignorante respecto de sí misma.
Por dar sólo un ejemplo de ello: si queremos comprender nuestra propia historia y nuestras elecciones sobre la crianza de los hijos y la estructura de la familia, nos sería de gran ayuda mirar qué sucede en el resto del mundo y ver qué formas adoptan las familias, y cuáles son las estrategias de las que se sirven para cuidar de su progenie. (Ello incluiría un estudio de la historia de la familia, tanto en nuestra tradición como en otras.) Este estudio nos mostraría, por ejemplo, que la familia nuclear biparental, en la que la madre se ocupa básicamente del cuidado del hogar y el padre de ganar el sustento, no es en modo alguno un estilo omnipresente en el mundo actual. La familia extensa, los grupos de familias, el pueblo, las asociaciones de mujeres; todos estos grupos, y otros, en diversos lugares del mundo tienen grandes responsabilidades en la crianza de los niños. Una vez visto esto, podemos empezar a plantearnos diversas preguntas: por ejemplo, sobre cuántos abusos contra la infancia se cometen en las familias que cuentan con los abuelos y otros parientes para la crianza de los niños, si las comparamos con las familias nucleares relativamente aisladas característicamente occidentales; o sobre cómo las diferentes estructuras de atención a la infancia apoyan el trabajo de las mujeres. Si no emprendemos este tipo de proyecto educativo, corremos el riesgo de dar por supuesto que las opciones que conocemos son las únicas existentes, y que, en cierto modo, son "normales" y "naturales" para todos los seres humanos. Lo mismo se puede decir prácticamente sobre las ideas de género y sexualidad; del trabajo y su división, de la de posesión de propiedades o de las que tienen que ver con los cuidados que se prestan a los niños y a las personas mayores.
(...) Al aire le traen sin cuidado las fronteras nacionales. Este hecho tan simple puede servir para que los niños aprendan a reconocer que, nos guste o no, vivimos en un mundo en el que los destinos de las naciones están estrechamente relacionados entre sí en cuanto se refiere a las materias primas básicas y a la supervivencia misma. La contaminación de las naciones del tercer mundo que intentan alcanzar nuestro elevado nivel de vida acabará, en algunos casos, depositándose en nuestro aire. Sea cual fuere la explicación que finalmente adoptemos sobre estas cuestiones, cualquier deliberación que se precie de inteligente sobre la ecología (como, también, sobre el abastecimiento de alimentos y la población) requiere una planificación global, un conocimiento global y el reconocimiento de un futuro compartido.
Para guiar esta especie de diálogo global, no sólo debemos conocer la geografía y la ecología de otras naciones (algo que requeriría un profundo trabajo de revisión de nuestros currícula ) sino también un gran conocimiento acerca de sus gentes, de manera que al hablar con ellos fuéramos capaces de respetar sus tradiciones y sus compromisos. La educación cosmopolita proporcionaría las bases necesarias para este tipo de deliberaciones.
(...) ¿Cómo afrontaremos los estadounidenses el hecho de que es harto improbable que el alto nivel de vida del que disfrutamos se pueda universalizar, teniendo en cuenta los actuales costes del control de la contaminación y la situación actual de las naciones en vías de desarrollo, sin causar un desastre ecológico? Si, como creo deberíamos hacer, adoptamos la moral kantiana con todas sus consecuencias, es preciso que eduquemos a nuestros hijos para que se preocupen por ello. De otro modo, no hacemos sino educar una nación de hipócritas morales que hablan el lenguaje del universalismo pero cuyo universo, por el contrario, tiene un alcance restringido e interesado.
Quizá parezca que este punto, en lugar de ser un argumento en favor del universalismo, lo da por supuesto. Pero aquí cabe señalar que los valores de los cuales los estadounidenses pueden sentirse justamente orgullosos son, sustancialmente, valores estoicos: el respeto a la dignidad humana y la posibilidad de que cada persona persiga su propia felicidad. Si de veras creemos que todos los seres humanos son creados iguales y que poseen determinados derechos inalienables, tenemos la obligación moral de pensar qué es lo que esta idea nos exige que hagamos con y para el resto del mundo.
Una vez más, esto no significa que sea ilegítimo sentir una preocupación especial por nuestro propio ámbito. No haríamos gran cosa en política, ni a la hora de cuidar de nuestros hijos, si cada una se sintiese igualmente responsable de todos, en lugar de prestar un cuidado y una atención especial a su ámbito más inmediato. Esto es justificable en términos universalistas, y creo que ésta es la más convincente de sus justificaciones. Por poner un ejemplo, nosotros no pensamos realmente que nuestros propios hijos e hijas sean moralmente más importantes que los de otras personas, aun cuando casi todas las personas que tenemos hijos les daríamos bastante más amor y atención a los nuestros que a los de los demás. Es bueno para las criaturas, en su conjunto, que las cosas funcionen así, porque nuestro especial cuidado es bueno, no egoísta. La educación puede y debe reflejar estas preocupaciones especiales: por ejemplo, en el caso de una nación determinada, empleando más tiempo en la historia y la política de esa nación. Pero mi argumento lleva implícita la idea de que no deberíamos confinar nuestro pensamiento a nuestra propia esfera, que al tomar decisiones en asuntos políticos y económicos deberíamos tener en cuenta con mayor seriedad el derecho de otros seres humanos a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad, y que deberíamos trabajar para adquirir el conocimiento que nos permitirá establecer un diálogo provechoso acerca de estos derechos. Creo que esta forma de pensar tendrá consecuencias económicas y políticas de largo alcance.






