
Los cartógrafos exploran el poder
Por Edward Rothstein
1 minuto de lectura'
NUEVA YORK (The New York Times)
En otro tiempo, los mapas antiguos eran buscados sólo por coleccionistas e historiadores; para los demás, eran reliquias artísticas de la ignorancia, pasos tambaleantes hacia la geografía moderna. Ya no lo son.
Los mapas no son un mero registro progresivo de los intentos de conocer el mundo, sino un registro de los intentos de construirlo y dominarlo. Los mapas no son inocentes: seleccionan los datos que desean recalcar y pasan por alto los que no convienen. Son instrumentos de poder.
Veamos un ejemplo. En 1973, el cartógrafo Arno Peters sostuvo que la proyección de Mercator, en que el tamaño de un país aumenta en razón directa a su distancia del ecuador, enfatizaba indebidamente a Europa y empequeñecía los países del Tercer Mundo. Propuso reemplazarla por un mapa de "área pareja", ya adoptado por muchos organismos internacionales, que distorsiona las formas pero preserva los tamaños. Era un argumento problemático: el mapa de Mercator nunca pretendió asociar el tamaño con la importancia (Groenlandia nunca fue una potencia mundial) y tenía la ventaja de permitir la marcación de rumbos constantes para la navegación marina. Con todo, la controversia fue un síntoma de cambio.
Desde entonces, Matthew H. Edney analizó el papel que desempeñaron los mapas en la conquista imperial, Mark Monmonier estudió cómo se usan para falsear la verdad y Jeremy Black investigó sus presupuestos ideológicos y llegó a la conclusión de que política y mapas son inseparables.
Arraigado eurocentrismo
La impugnación de la objetividad (posición casi axiomática entre los investigadores contemporáneos) ha ido acompañada, en general, de afirmaciones sobre el eurocentrismo de la idea de que un mapa es un intento de representación exacta del espacio geográfico.
La obra History of Cartography (University of Chicago Press) aporta más señales de la evolución de esta disciplina. Concebida hace veintidós años, es el panorama más ambicioso de la cartografía que se haya emprendido jamás. Acaba de salir el cuarto volumen y se esperan los cuatro restantes para la próxima década.
Paul Wheatley, de la Universidad de Chicago, proclamó en una reseña: "A pocos investigadores les es dado extender los límites de su disciplina y redefinirla como tal. Eso es, precisamente, lo que está haciendo History ". En el primer tomo (1987), uno de los primeros editores, J. B. Harley, señaló: "Hacia 1980, la historia de la cartografía estaba en una encrucijada". El proyecto intenta iluminar el terreno más allá de esa encrucijada, combinando ensayos basados en investigaciones de autores reconocidos con ilustraciones de mapas insólitos.
Harley opinaba que la obra dejaría atrás "un eurocentrismo profundamente arraigado" para emprender "una historia técnica y sociocultural de la cartografía". Pero Harley, fallecido en 1991, y su coeditor, David Woodward, profesor de geografía en la Universidad de Wisconsin (Madison), subestimaron la magnitud de los cambios y la medida en que el proyecto mismo afectaría su campo de estudio.
El plan original preveía una obra en cuatro tomos: materiales no occidentales y premedievales, mapas europeos del Renacimiento, cartografía europea de la Ilustración y el período moderno. Los materiales no occidentales resultaron una tierra incógnita y el primer tomo se cuadruplicó. La obra ya ha inspirado nuevas interpretaciones de los mapamundis medievales, despertó el interés por la intrincada cartografía tradicional asiática y constituye "la primera tentativa seria y global" de describir y explicar los principios de la cartografía en las sociedades tradicionales africanas, americanas, árticas, australianas y del Pacífico.
"Vamos más allá de la idea de que los mapas son un espejo del mundo -explica Woodward-. Ponemos mucho más énfasis en los propósitos con que se trazan. Los tratamos como artificios retóricos más que como artificios representativos." Su colaborador William G. Gartner opina que los mapas no pueden concebirse como superficies planas que presentan espacios en forma geométrica. "Sólo reconoceremos los mapas andinos cuando tratemos de verlos con ojos andinos", dice.
Función política
Así, se consideran mapas una cerámica andina que incluya imágenes en relieve de montañas, caminos y canales; una pintura aborigen alusiva a los orígenes míticos de una tribu australiana (porque bosqueja el paisaje de su territorio) o una tabla recordatoria lukasa de Kabongo (Congo) utilizada en los ritos iniciáticos.
Ninguna de estas culturas, señalan, tenía siquiera una palabra para "mapa" antes de entrar en contacto con Occidente; una generación atrás, esos objetos no habrían sido considerados mapas por los cartógrafos occidentales. La nueva visión del mapa como "sistema cognitivo", como un medio de comprender el mundo según las costumbres de determinada cultura, fusiona la iconografía con la cartografía. "Comparar mapas -escribe Woodward- implica nada menos que comparar culturas." Este énfasis en la antropología cultural los llevará a retrazar territorios más familiares cuando, en los próximos tomos, examinen los mapas de Occidente en busca de sus contextos culturales.
Interesa saber en qué premisas se basaba el trazado de los mapas, qué conclusiones se extraían de ellos y qué funciones culturales y políticas cumplían. "Hoy podemos decir que la motivación religiosa de algunos de los grandes cartógrafos del siglo XVI, como Mercator, fue mucho mayor de lo que se suponía", dice Woodward.
Cuando la obra llegue a su fin con los estudios sobre la cartografía del siglo XX, estaremos bien adentrados en el siglo XXI y habremos reinterpretado por completo el gran proyecto cartográfico de Occidente.





