
Los demonios de la Casa Blanca
Por Julio Crespo
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En el siglo XVII, en la ciudad de Loudun, en Francia, la superiora de un convento de ursulinas, arrasada por la pasión no correspondida hacia el sacerdote Urban Grandier, entró en una suerte de trance histérico que sus contemporáneos interpretaron como posesión diabólica. En su delirio, acusó al cura de haber hecho un pacto con Satanás para sumergirla en la lujuria. El cargo fue repetido por otras religiosas en el mismo estado de aparente posesión. Lo que hubiera sido un oscuro caso de provincia cobró dimensión política por la intervención de un enviado de Richelieu, que era también pariente de la superiora y porque las denuncias favorecían los designios del cardenal para someter la autonomía de las ciudades. El proceso contra Grandier se convirtió en un desfile de alucinadas que describían las situaciones más obscenas. El infortunado sacerdote terminó en la hoguera y su memoria fue preservada por los historiadores fascinados por su tragedia. Michelet le dedicó páginas breves pero penetrantes y Aldous Huxley, en Los demonios de Loudun, un monumental estudio histórico, psicológico, social y religioso.
Bola de fuego
Por arbitraria que resulte la asociación, esta historia viene a la mente ante las nuevas acusaciones de acoso sexual contra el presidente Clinton. No hay alucinaciones y nadie menciona al diablo, pero los testimonios parecen contagiosos, y del oscuro pasado surgen nuevas declaraciones sobre la presunta disposición del presidente a ofrecer posiciones de trabajo a cambio de favores sexuales. La cuestión se ha convertido en una bola de fuego peligrosa para Clinton _que ve derrumbarse su credibilidad aunque no la aprobación a su labor como presidente_ y para la oposición republicana, que aparece asociada a una indagatoria casi repulsiva en la que las víctimas _salvo, tal vez, en el caso de Monica Lewinsky_ parecen movidas menos por la búsqueda de justicia que por un afán de notoriedad y de los beneficios económicos que pueda depararles el escándalo político.
Seis años después de que Gennifer Flowers _la primera de la serie_ denunció una larga asociación sentimental negada por Clinton, nada está claro con respecto a la conducta del titular de lo que según un periodista "será recordada seguramente como una de las presidencias modernas más peculiares".
Lo que llama la atención, y lo que puede ser más destructivo para Clinton, es hasta qué punto los rasgos de su carácter denunciados por las presuntas víctimas parecen contradecir valores esenciales que aspiró a representar en el ejercicio de su mandato. Apoyado por el voto femenino _todavía hoy, la presidenta de NOW, la Organización Nacional de Mujeres, sigue defendiéndolo con bríos_ aparece acusado de una de las felonías más abominadas por las feministas: ejercer presiones sexuales en el lugar de trabajo aprovechando su posición de poder. Sólo la denuncia de una supuesta confabulación de derecha, inteligentemente esgrimida por Hillary, su mujer, puede contrarrestar el peso de estos cargos. Fuera de los Estados Unidos, las denuncias sobre la indomable naturaleza del presidente provocaron en un principio risas y sorpresa frente a lo que se consideraba puritanismo y excesivo rigor de los norteamericanos. Pero, sorpresivamente, ese rigor no llega tan lejos como para aniquilar la popularidad del presidente, a pesar de las dudas sobre su carácter. Un libro publicado recientemente explica, en parte, por qué los norteamericanos no reaccionaron de manera más desfavorable con respecto a su presidente.
En One Nation After All (Una nación después de todo), publicado por la editorial Viking, su autor Alan Wolfe, sobre la base de entrevistas a representantes de la clase media de distintas regiones del país y de diferente orientación política, sostiene que en las elecciones que llevaron al triunfo de Clinton, los norteamericanos rechazaron el fundamentalismo religioso disfrazado de política.
El candidato irregular
En 1992, a pesar de la agresiva campaña de la extrema derecha, antes que reelegir a George Bush, prefirieron votar a un demócrata, que había fumado marihuana, había sido infiel a su mujer y había eludido el servicio militar, y cuyas respuestas sobre estos temas parecían un insolente alarde de casuística (con respecto a la marihuana alegó que había fumado sin inhalar el humo). El error de la derecha fue insistir en estos temas que evidentemente no figuraban entre las prioridades de los votantes.
De acuerdo con Wolfe, los norteamericanos se muestran más solidarios con los pobres, más partidarios de los derechos civiles, de las reivindicaciones de la mujer y de la diversidad religiosa de lo que sugiere la mayoría de los comentaristas de los periódicos.
Estos testimonios parecen coherentes con la reacción que hasta ahora ha acompañado a las acusaciones contra el presidente. El exacerbado tono inquisidor del fiscal Starr, la posición estelar de Paula Jones en los medios de derecha, la forma en que las confidencias de Monica Lewinsky fueron subrepticiamente grabadas por su supuesta amiga, la sordidez de las declaraciones de Kathleen Weeley en un programa de televisión _luego desmentidas por sus amigos_ provocan rechazo.
Pero la cuestión del carácter del presidente sigue en pie. Esta semana, un editorial de The New York Times señaló que, si bien es probable que nunca se sepa con certeza si Clinton se condujo de manera indebida, es posible anticipar cómo su presidencia está marcando las expectativas para el futuro. "Podría haber una resurgencia de la vieja convicción de que el carácter cuenta, y que la rigurosa indagación del carácter de un candidato presidencial no es una intrusión, sino una obligación cívica".





