Los desafíos económicos de Alberto Fernández

Ricardo Esteves
Ricardo Esteves PARA LA NACION
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16 de diciembre de 2019  • 15:45

Un auténtico profesional de la política está instalado ahora en la Casa Rosada. Primer dato auspicioso. ¡Enhorabuena! Ojalá Alberto Fernández logre lo que se ha propuesto en materia económica. Hay mucha gente sufriendo en el país que necesita que tenga éxito. Sin embargo, eso no lo exime de tener que enfrentar los duros escollos que impone la realidad.

Más allá de sus pensamientos en economía, al igual que Macri cuando asumió, Fernández arranca condicionado por las proclamas de campaña. Mauricio Macri en el 2015 quedó atrapado en las advertencias de la oposición ("va a devaluar", "los va a ajustar".) que le impidieron en el comienzo aplicar las medidas correctivas que exigían las circunstancias y que lo llevaron a pronosticar temerariamente que "el semestre que viene entramos en el ciclo expansivo". Alberto Fernández quedó prisionero de sus propias diatribas electorales en contra del ajuste: "llegó el tiempo del consumo" (no podía proponer otra cosa si quería ganar, en contraposición a Macri que manifestaba "que hay que seguir por el mismo camino". En política lo que cuenta es hacerse del poder, como sea, para luego aplicar la verdad de uno). Es cierto también que la realidad social se volvió desesperante, sobre todo a partir de las condiciones que se generaron luego del 11 de agosto, tras el resultado de las PASO (en verdad, hubo dos realidades económicas del final de la administración del Pro, una, hasta el 10 de agosto, y otra, a partir del 10 de diciembre).

Aunque la Argentina tiene ya un elevadísimo nivel de gasto social, la emergencia manda. Ese gasto se vino financiando con crédito externo (del FMI el último año y medio). La primer gran pregunta que surge es si podrá Alberto Fernández sostener ese nivel de gasto -o más aun, ampliarlo como prometió- prescindiendo de ese flujo de capital externo, financiándolo con emisión monetaria y subiendo la ya altísima presión impositiva para transferir ese plus de recaudación a consumo. Si atrasa las tarifas respecto de la inflación -prometió congelarlas- eso impactará en el déficit fiscal, que deberá cubrirse con más emisión. ¡Ojalá se logre sin potenciar la ya elevada inflación!

Otro tema acuciante a resolver -quizás el más acuciante- es la deuda, que en las actuales circunstancias -máxime si se pretende estimular el consumo- es imposible de enfrentar. La propuesta que circula de solicitar un paréntesis de dos años en el pago de capital e intereses requerirá la venia del FMI. Seguramente se apelará a la alarmante situación social y a las crisis en los países vecinos para tratar de "ablandarle el corazón" al organismo. Es verdad que para el Fondo sería un fracaso estrepitoso un impago argentino. De buena gana éste podría dar el "visto bueno" si tuviera la convicción que el programa en ciernes culminará al cabo del paréntesis generando las condiciones para comenzar el proceso de repago, es decir, si ese plan tiene como objetivos promover que el país tenga superávit de balanza comercial (para obtener los dólares con que pagar) y el Tesoro logre superávit fiscal (es decir, que genere los pesos para poder comprar esos dólares). Puede que en las circunstancias actuales el FMI acepte la gracia, pero reservándose seguramente como mínimo una revisión al año y a la espera de que se atemperen las convulsiones regionales. Pero es poco probable que abjure totalmente de sus dogmas en materia económica a instancias de un discípulo de Joseph Stiglitz.

Si el superávit comercial se obtiene aumentando las exportaciones, ¿cómo se conjuga ese objetivo con una suba en las retenciones al agro, uno de los pocos sectores rentables (junto a los combustibles y la minería) que conservan capacidad exportadora mientras tienen que desenvolverse en un contexto de alta inflación? Parecería que hay una contradicción en los propósitos. Es una verdad irrefutable que el país precisa crecer para poder afrontar sus compromisos. Tan irrefutable como que para crecer la única fórmula que existe en cualquier lugar del mundo es a través de la inversión. ¿Cómo se compagina ese vital objetivo con una suba a la ya terrorífica presión tributaria que ahoga cualquier iniciativa empresaria en la Argentina? Impuestos abrumadores, altísima inflación,.¿qué país crece en el mundo en un contexto de esa naturaleza?

Es cierto que la demanda interna -el consumo- puede motorizar al sector del aparato productivo orientado al mercado local con capacidad instalada ociosa en estos tiempos de recesión, pero en ese caso, también estimulará las importaciones, lo que tenderá a reducir el superávit de comercio exterior. Si se implementa bien, por un tiempo puede recrear un espejismo de reactivación. Pero eso no es crecimiento. Crecimiento son fábricas y empresas nuevas que pululan por doquier.

Tras estos análisis subyace una gran duda de fondo (y esto vale para quien sea que le toque en el futuro gobernar): ¿podrá algún día la Argentina -por de pronto, luego del paréntesis de los dos años de gracia si se consiguieran- comenzar a devolver su deuda, o menos pretencioso aun, a pagar aunque más no sea algo de intereses? Una vez creado este "bolo" de gasto público estructural (engendrado durante el kirchnerismo y consolidado y agrandado en la gestión de Pro) la Argentina solo pudo sostenerlo en base a ingresos netos de capital externo. ¿Cómo hará para sostenerlo -o ampliarlo como se pretende- sin la ayuda de capital foráneo? ¿Y en base a qué surge la ilusión de algún día vivir el proceso inverso, es decir, devolver algo de la deuda?

Ante estos megadesafíos (financiar el gasto social, crecer, pagar la deuda) los demás aspectos económicos adquieren el mero carácter instrumental en función de estas urgencias.

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