
Los efectos musicales de la cocaína
Las canciones que relatan las andanzas de los barones de la droga hacen furor en las radios y en las discos mexicanas. El fenómeno se inscribe dentro de una narcocultura que cala hondo en México y hasta tiene su vertiente mística: el santuario de Jesús Malverde, legendario bandido de principios de siglo, convertido en el patrono de los narcotraficantes.
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México.- (El País)
"Tengo plantíos a la vista/ pa´ despistar al gobierno/ y cada vez que los queman/ los vuelvo a plantar de nuevo./ Ellos piensan que me arruinan,/ ¡no saben que hay cerros llenos...!" Lo último que necesitan las autoridades mexicanas en su guerra contra el narcotráfico son las ironías. Ver a sus renombrados "operativos de erradicación de cultivos ilícitos -marihuana y amapola-" convertidos en objeto de chanza no les hace ninguna gracia. Pero la sensibilidad popular va por otros derroteros y Los tucanes de Tijuana cosechan grandes éxitos con este y otros corridos que describen con desenfado el truculento mundo del tráfico de estupefacientes, verdadero azote de México.
No son los únicos. Las andanzas de los barones de la droga inspiran también célebres composiciones de Los tigres del Norte, La banda del Chante o Los invasores de Nuevo León... Poco a poco, los narcocorridos se han entronizado en las emisoras de radio, en las fiestas y en las salas de baile del país. Mientras el gobierno lucha a brazo partido contra los tres grandes carteles y sus filiales, que introducen en los Estados Unidos 970 toneladas de cocaína colombiana al año (alrededor del 60 por ciento de la droga que se consume en ese país), los grandes capos, como Amado Carrillo o los hermanos Arellano Félix, desbancan del panteón musical al general Pancho Villa y a otros legendarios héroes de la revolución.
Canallas que juegan duro
Es cierto que los grupos de música norteña empezaron a incluir el "contrabando" (como llaman en estos ambientes al tráfico de drogas) en sus repertorios ya hace unos diez años. Pero en este tiempo, la paulatina penetración del crimen organizado en el tejido social mexicano ha dado lugar a una narcocultura en toda regla, de la que los corridos son una de las manifestaciones más floridas. La otra es la devoción al "santo" Jesús Malverde, un ladrón de principios de siglo que se ha convertido en el patrón de los narcos, y que tiene su capilla en Culiacán, capital del estado de Sinaloa.
Según la agencia norteamericana contra el narcotráfico (DEA), el volumen de negocios de los carteles mexicanos alcanza los 30.000 millones de dólares (el equivalente al diez por ciento del producto interno bruto de este país y a un tercio de sus exportaciones legales). Las ganancias de la droga sostienen cerca de 350.000 empleos directos y un número incalculable de trabajos indirectos. Los tentáculos del narcotráfico han alcanzado las esferas del poder y su estela de atrocidades ocupa las primeras planas de los periódicos.
Pero frente a las estadísticas escalofriantes, los narcocorridos ofrecen la otra cara, la de la cotidianidad. En sus estrofas, el tráfico de drogas no es la principal amenaza para la seguridad nacional, sino el modo de vida de unos cuantos tipos aguerridos, más o menos canallas, que saben jugar duro. Es el mundo de las alianzas familiares, del escape de la pobreza, de los códigos de honor, del castigo a los traidores, de la exaltación de la hombría. No se juzga: se narra con humor.
Con sus trajes brillantes, sus botas de serpiente y sus bigotes recortados, los cuatro integrantes de Los tucanes de Tijuana, estampa rotunda del macho norteño, llenan los locales donde tocan, sea en Guanajuato, en el centro de México, o en el Sport Arena de Los Angeles. En los últimos dos años han vendido más de dos millones de discos. Su baza principal son las baladas románticas, pero su más reciente álbum está compuesto por catorce narcocorridos. Ahí le entran a todo: desde la divertida descripción de la salvaje fiesta de cumpleaños de "un jefe de alto poder", en la que los ilustres invitados se abalanzan en cuatro patas para atrapar las "bolsitas llenas de ambiente" que caen de una piñata, hasta los sobornos a las fuerzas de seguridad o los operativos policiales cosméticos, organizados "nada más pa´ que la prensa tenga algo que publicar".
"El cantante de corridos es como el juglar del siglo XX. En el éxito de los narcocorridos se combina la afición popular por esta clase de música con el interés por las historias de los narcos", asegura Rafael Gorostieta, director de marketing de EMI Music, productora de Los tucanes. "Es un fenómeno similar al que se da con la prensa. Los periódicos de mayor circulación son los sensacionalistas, que destacan este tipo de noticias en sus cabeceras. Con la música es lo mismo".
A estas razones, algunos sociólogos añaden otra: los narcocorridos representan una muestra de rebeldía frente a un sistema político que no sólo no ofrece salidas, sino que ha hecho de la corrupción y de la impunidad los pilares de su supervivencia.
A los grandes capos, egocéntricos a más no poder, les encanta escuchar sus hazañas en rima asonante. Un compositor consagrado, Teodoro Bello, reconoce haber cantado para Amado Carrillo, jefe del cartel de Ciudad Juárez, cuya muerte el pasado julio, durante una operación de cirugía estética, le inspiró un corrido. Otros grupos, como Los huracanes del Norte, han recibido ofertas de narcotraficantes que desean pasar a la posteridad.
Según un miembro del cartel de Tijuana, sus jefes, los Arellano Félix, apoyaron a Los Tucanes y a otras bandas musicales de su territorio. "Todo eso es falso", afirma Polo López, vocero del cuarteto. "Ellos nunca han tenido contacto con los narcotraficantes. Es una situación muy peligrosa y lo saben. Mario Quintero, el compositor, se alimenta de lo que lee en los periódicos y de lo que oye. Ellos son la voz del pueblo."
Efecto limitado
La buena acogida de los narcocorridos pone los pelos de punta a las autoridades. "Es preocupante que estos elementos criminales queden convertidos, a través de la exaltación de sus figuras, en personalidades humanas y heroicas. Esto daña nuestro sistema de valores", afirma una fuente gubernamental. "Pero al mismo tiempo, no es algo que vayamos a prohibir o a legislar. Lo que hacemos son llamamientos a la sociedad, para que ubique estas expresiones artísticas en su justa dimensión, de forma que tengan un efecto limitado."
Bien por atender a las "sugerencias" del gobierno -que, después de todo, es el que da las concesiones-, bien por convencimiento propio, numerosas cadenas locales y nacionales de radio y televisión han optado por silenciar esta clase de canciones. "Somos enemigos de la censura. De lo que se trata es de que los propios medios frenen su difusión", afirma Arturo Herrera, presidente de la Cámara de la Industria de Radio y Televisión del Estado de Michoacán, que promueve un acuerdo como el ya suscrito en Sinaloa y Baja California, dos de las principales bases operativas de los carteles mexicanos, donde los narcocorridos están vetados. "Al difundir esta clase de música -añade-, estamos contribuyendo a que el crimen y la delincuencia resulten algo normal."
La necesidad de un control en la difusión de estas piezas es compartida incluso por las propias casas discográficas. "Algunos narcocorridos no son radiables, desde luego -dice Rafael Gorostieta-. Pero esto sucede también con composiciones de música alternativa. Dentro de la radio hay unas franjas horarias más adecuadas que otras." Con todo, los narcocorridos se propagan solos. "Pasan de boca en boca. Nosotros no tenemos necesidad de hacer promoción."
Por Maite Rico
(c)
La Nacion
Los narcocorridos son algo más que una descripción folklórica del fenómeno del tráfico de drogas y de sus personajes. También encierran moralejas.
Tal y como lo pintan Los tucanes de Tijuana, el narcotraficante es, desde luego, todo un modelo de hombría (mal entendida). Es macho y vividor: "Para cuando llego al baile/ ya está mi mesa servida:/ cerveza, vino y mujeres/ y un papelito en la esquina./ para escuchar mis corridos/ ésas son mis vitaminas".
Es generoso con sus amigos: "Todos levanten la copa:/ hay que brindar por la vida/ y si alguien siente sueño/ por favor que me lo diga./ en un suspiro lo arreglo:/ aquí traigo de "la fina"".
E implacable con los traidores: "Yo tengo la mano dura/ con los que me juegan chueco;/ no me gusta que me miren/ con carita de conejo:/ yo pongo mis propias leyes/ pa´ que me tengan respeto".
Ahora bien, no todo es ganancia. Los capos han logrado escapar de la pobreza, pero para quedar atrapados en una trágica partida con la muerte: "Ya pólvora trae mi sangre,/ no puedo vivir sin armas./ ya no me puedo salir/ aunque a veces me dan ganas/ ni modo, éste es mi ramo,/ adónde voy que más valga".
Las enseñanzas no sólo están destinadas a los profanos. También los que están dentro del mundo de la droga pueden sacar provecho de ellas. "En los corridos viene la filosofía, cómo se tienen que portar todos los integrantes del cartel", explicaba un narco de Tijuana en un interrogatorio recogido por el semanario Proceso. "Ahí dicen lo que hicieron mal, por qué los mataron. Entonces uno ya sabe lo que no tiene que hacer para que no lo maten, lo que tiene que hacer para hacer puntos, oyendo la música".
(c)
La Nación




