La modesta agenda internacional de la Argentina
La gira del presidente Alberto Fernández por Europa permite entrever los estrechos márgenes de su política exterior. En medio del actual tumulto global, la ingente deuda de la Argentina domina la modesta agenda internacional del país. Con el sombrero en la mano, el presidente argentino pasa a pedir clemencia a sus acreedores del Club de París y el Fondo Monetario Internacional, con poco para ofrecer a cambio.
Pero no tiene por qué ser así. La Argentina es la segunda entre las mayores economías de Sudamérica y puede ser un actor internacional relevante. En esa competencia de superpotencias que libran Estados Unidos y China, uno de los premios mayores en la región es la Argentina: el país juega un papel importante para la seguridad alimentaria mundial y la energía nuclear de uso civil, y su industria de litio es esencial para la transformación global de las energías renovables.
La comunidad internacional espera ansiosa que la Argentina ensanche sus horizontes. El presidente Biden, por ejemplo, envió a Buenos Aires a su principal asesor para América Latina, la máxima diplomática del Departamento de Estado para el hemisferio occidental, y al jefe del Comando Sur del Pentágono como una clara señal de la potencial importancia de la Argentina.
Lamentablemente, la Argentina es reacia a abordar los desafíos globales, o incluso regionales. De hecho, cuesta identificar algún otro objetivo de política exterior que no sea aliviar el peso de la deuda.
Es comprensible que el presidente Fernández esté enfocado en la pandemia y en la vapuleada economía argentina. Con la segunda ola de Covid-19, el país superó los 3 millones de casos, y todos los ojos están puestos en los aviones de Aerolíneas Argentinas que van y vienen de Pekín y Moscú en busca de vacunas. Las nuevas medidas de distanciamiento social están demorando la recuperación económica y se cree que la inflación de este año llegará al 47%, a pesar de los estrictos controles de precios y el límite para la compra de dólares.
De todos modos, ese enfoque interno es algo que la Argentina elige. En su discurso del 1 de marzo ante la Asamblea Legislativa, Fernández no desplegó ninguna visión del rol de la Argentina en el mundo. Lo más parecido a un lineamiento de política exterior fue su postura combativa en la disputa por las Islas Malvinas, que una vez más hace peligrar los vínculos con el Reino Unido.
Dentro de América Latina, la preferencia de Fernández por el ideológico Grupo de Puebla por encima de la Organización de Estados Americanos ha fragmentado aún más a la región. Su proteccionismo comercial lo ha enemistado con sus socios del Mercosur. Tampoco logró construir lazos con sus pares de Santiago de Chile o Montevideo, ni superar las tensiones con Jair Bolsonaro, presidente del mayor socio comercial de la Argentina. La apuesta de Fernández por México estaba condenada de entrada al fracaso: era inevitable que cualquier intento de intercambiar a Brasil por México se toparía con el total desinterés de Andrés Manuel López Obrador por la política internacional.
El canciller Felipe Solá, por su lado, parece compartir las modestas ambiciones de su presidente. En junio pasado, Solá me dijo que esperaba que el mundo pospandémico sea “más regionalizado”.
Podría ser peor. Durante las presidencias de Cristina Fernández de Kirchner, la Argentina hizo volar los puentes con sus aliados tradicionales y se acercó a las dictaduras de China, Irán y Rusia. Su guerra contra los bonistas en los tribunales de Estados Unidos contaminó innecesariamente las relaciones con el gobierno de Washington.
De vez en cuando, el gobierno de Alberto Fernández evidencia instintos similares. Su admiración por Evo Morales enfureció al anterior gobierno de Bolivia. Su lealtad hacia Luiz Inacio Lula da Silva irrita a Bolsonaro. Y sus duras críticas al presidente Iván Duque por su respuesta a las recientes protestas en Colombia generó un conflicto innecesario.
Los gestos de Fernández hacia Estados Unidos han sido ambiguos. Jorge Argüello, su embajador en Washington, es una figura muy reconocida y admirada, y hay otros miembros de la coalición de gobierno, como Sergio Massa, presidente de la Cámara de Diputados, que reconocen la importancia de la relación con Estados Unidos. Pero muchos otros altos funcionarios del gobierno argentino no están tan convencidos. El ministro de Defensa, Agustín Rossi, criticó el “alineamiento automático con Estados Unidos” cultivado por su predecesor, y rechazó la visita del buque USCG Cutter Stone de la Guardia Costera de Estados Unidos. El exembajador norteamericano Edward Prado, en funciones en Buenos Aires hasta enero de este año, me dijo que había detectado “mucha influencia de Cristina Kirchner” en el Palacio San Martín y la Casa Rosada, donde los funcionarios “buscan mostrar independencia” de Estados Unidos y usan la política exterior como arma de política interna.
En Washington y en las capitales europeas, sin embargo, Fernández sigue siendo considerado un pragmático y un importante aliado potencial. Los gobiernos de Occidente quieren ayudar, especialmente en el cuadro de la pandemia.
Es alentador que el gobierno de Alberto Fernández haya mostrado voluntad de asumir un rol de liderazgo en la cuestión del cambio climático. También podría ser útil para destrabar la crisis en Venezuela. Si utilizara sus contactos con el régimen de Maduro, la Argentina podría propiciar la liberación de los presos políticos en Venezuela, ayudar a poner fin a las violaciones de los derechos humanos, y encaminar conversaciones serias con la oposición venezolana. Mientras tanto, podría coordinar la respuesta regional a la crisis de refugiados venezolanos y concitar mayor apoyo de donantes extranjeros para el reasentamiento e integración social de esos migrantes en sus nuevas comunidades.
Por más que el gobierno de Alberto Fernández tenga poco interés en la política exterior, sí debería interesarse en mostrarle el valor que tiene la Argentina a la comunidad internacional. De ese modo le sería más fácil reunir apoyo para la reestructuración de la deuda pública y convencer a los asustadizos inversores de que la Argentina no está retrocediendo inadvertidamente una vez más hacia el aislamiento diplomático y económico.
(Traducción de Jaime Arrambide)









