
Los filósofos mundanos
Por Ralf Dahrendorf Para LA NACION
1 minuto de lectura'
LONDRES
John Maynard Keynes, quizás el más grande economista político del siglo XX, dijo que, a la larga, el curso de la historia lo determinan tanto las ideas y los intelectuales como los políticos. No aludía a los asesores especiales, ni a los redactores de discursos para presidentes y primeros ministros. Tampoco a los comentaristas y expertos cuyos escritos sirven de música de fondo a la política. Se refería a los autores de ideas verdaderamente seminales, como su propia noción de que, de vez en cuando, el Estado debe intervenir y manejar la demanda agregada para salvar al capitalismo.
Desde luego, Keynes también nos recordó que, a la larga, todos habremos muerto. De hecho, cuando el keynesianismo alcanzó su cenit, en los años 50 y, sobre todo, en los 60, él ya había fallecido. Varios inspiradores de las amenazas totalitarias del siglo XX murieron mucho antes de que sus ideas fructificaran. Por consiguiente, el efecto político de los intelectuales rara vez es inmediato. Debe tomarse su tiempo.
Esto guarda relación con otra característica de las grandes ideas que definen períodos históricos: su marginalidad respecto de las ortodoxias predominantes. Al presentarlas y publicarlas por vez primera, estas ideas casi parecen irrelevantes y discordes con las tendencias contemporáneas.
Así ocurrió, por cierto, con Camino de servidumbre , de Friedrich von Hayek, y La sociedad abierta y sus enemigos , de Karl Popper, ambos publicados al final de la Segunda Guerra Mundial. Su verdadero triunfo llegó en 1989, cuando el comunismo colapsó y las nuevas sociedades emergentes necesitaron un lenguaje para expresar sus objetivos.
De manera similar, los panegíricos del capitalismo puro de Milton Friedman parecieron curiosamente fuera de lugar en los 60, en el apogeo de la era socialdemócrata. Luego, a fines de los 70, sobrevino la stagflation , o sea, la inflación combinada con un crecimiento económico débil. Mientras economistas más sombríos, como Mancur Olson, presumían que sólo una revolución o una guerra podrían disolver las rigideces del statu quo, Ronald Reagan y Margaret Thatcher recordaban la cosmovisión de Friedman. Una vez más, había que dotar de sustancia y de un lenguaje a intenciones vagamente percibidas, apenas más avanzadas que el talante popular, pero acordes con su impulso.
Personalmente, nunca creí que la política de la tercera vía , tan preponderante en años recientes, haya tenido la misma importancia o linaje intelectual. Cuadrar el círculo de la justicia y el crecimiento fue una idea necesaria, pero no de ésas capaces de suscitar un entusiasmo masivo y un apoyo popular. Hasta la obra de John Rawls, Teoría de la Justicia , siguió siendo un pasatiempo para una minoría, más que un precepto para las mayorías.
No obstante, mientras duró la tercera vía , fue ganando terreno otro conjunto de ideas que, al principio, parecieron marginales e incluso absurdas. Se basaban en la propuesta, compartida por Friedman y Hayek, de suprimir el Estado benefactor socialdemócrata, pero añadía un nuevo conjunto de ideas al rudimentario Estado residual: un Estado imbuido únicamente de lo que Joseph Nye denominó "poder duro". Tal poder significa "ley y orden" internos y poderío militar externo. Es un Estado para un mundo hobbesiano que valore la seguridad por sobre todas las cosas.
Semejantes nociones se remontan a un pasado lejano. En el siglo XX, algunos las rastrean hasta Leo Strauss, un alemán emigrado a Estados Unidos, y aun hasta Carl Schmitt, el jurista de Hitler. En fecha más reciente, han sido adoptadas por los autores congregados en torno de la revista norteamericana Commentary. Los grupos de asesores de Washington ayudaron a convertirlas en un poderoso arsenal intelectual para los neoconservadores que medran dentro del gobierno de Bush, si bien el presidente no se cuenta entre ellos.
Así pues, una vez más, encontramos ideas que tardan largo tiempo en sobresalir. Fueron creadas al margen de una época y escogidas, en el momento oportuno, por políticos que descubrieron en ellas un principio organizativo útil. Proporcionan a la vez máximas para la acción y un lenguaje para "vender" dicha acción al público en general. Su dominio del escenario intelectual es tal que, se diría, han quitado toda posibilidad a las alternativas. Hasta han eclipsado un poco a los liberales.
¿O acaso hay otro Keynes entre bambalinas?






