
Los idiomas perdidos
Por Rodolfo Rabanal
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Sé de algunos turistas argentinos que se sienten molestos cuando visitan Barcelona y oyen hablar en catalán. Lo mismo les ocurre en Galicia, donde casi dos millones y medio de personas hablan, por supuesto, el gallego. Esta sorprendente aversión lingüística parte, muy probablemente, del supuesto que en España se debe hablar sólo español y, de hecho, tanto los gallegos como los catalanes son perfectamente bilingües porque el español es la lengua oficial, aunque no para todos la lengua “natural”. La tendencia a proclamar la universalidad de un idioma por encima de las raíces culturales que dieron origen a otros obedece, seguramente, a un viejo esquema de corte platónico sobre la mejor manera de comprendernos merced a una lengua que a todos nos englobe.
Pero esa utopía, cuyo fracasado epítome es el esperanto, no encontró nunca un terreno fértil donde prosperar. Todo lo que sabemos hasta hoy es que los idiomas luchan entre ellos y evolucionan por medio de quitas y agregados, de préstamos y usurpaciones, de oleadas modales y cataclismos históricos. Ni siquiera el inglés, la “lingua franca” del mundo de hoy, puede, o pretende, transformarse en el idioma que se hable en todo el planeta, aunque una buena parte de los habitantes de la Tierra lo compartan con mayor o menor fluidez y necesidad.
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Mucho más preocupante que los catalanes hablen en catalán o que los gallegos lo hagan en gallego es enterarnos de que la mitad de las lenguas del mundo se extinguirá en los próximos cien años, según un informe del Instituto World Watch, difundido por LA NACION el mes último. De acuerdo con esos pronósticos, unos tres mil quinientos idiomas todavía vigentes en diversas partes del mundo desaparecerán cuando culmine este siglo. En otros términos, un número igual de culturas se borrarán del mapa o serán absorbidas por otras de mayor impacto y alcance sin que de ellas quede trazo alguno. Con esa dispersión se evaporará también la riqueza que cada una de esas culturas ha de llevar consigo, aun siendo ellas apartadas y minoritarias y poco o nada traducibles.
Cuando en el siglo XVI los jesuitas descubrieron que en regiones enteras de lo que es hoy Brasil, Paraguay y las provincias argentinas de Misiones y Corrientes, se hablaba un mismo idioma –el guaraní– resolvieron aprenderlo de inmediato y sistematizarlo mediante el alfabeto latino. Más allá de que quisieran convertir a los guaraníes al cristianismo, los jesuitas estaban ponderando el valor de una cultura que sabían en peligro.
Como el guaraní, miles de otros idiomas americanos, asiáticos, africanos y hasta europeos, rozan hoy la línea del ocaso. Se dice que los esquimales poseen no menos de treinta palabras para designar la cualidad del blanco, una diversidad de tonos para nosotros sencillamente inimaginable. Cuando esa lengua esquimal se pierda, es presumible pensar que todas esas variantes del blanco dejarán de existir sólo porque no habrá nadie capaz de nombrarlas.





