
Los imborrables años sesenta
Sergio Pujol examina en La década rebelde (Emecé) los tiempos de mayor efervescencia cultural en la Argentina
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Los años 60 no necesitan el aval de la nostalgia para mantenerse encendidos en el túnel de la Historia. Casi no hay país que no encuentre en su propio pasado algún motivo para que el tiempo transcurrido entre 1960 y 1970 sea algo más que una convención de historiadores perezosos. Luego, podrá discutirse si la década debe ser desgajada en etapas, o si desde el punto de vista de la significación histórica realmente empezó y terminó en años "redondos". (Todos sabemos qué arbitrario puede ser el ordenamiento pitagórico del pasado.) Pero de que la década del 60 existió no hay dudas: de ella se habla y se escribe abundantemente, con fruición, con esa mezcla de certidumbre y ensueño que suele reservarse para las grandes eras o edades.
Tiempo de notable conciencia histórica, la década no sólo presenta interés para historiadores y ensayistas: fue interpretada por muchos de sus protagonistas y testigos -¿cómo fundamentar la división entre unos y otros?- como un período dorado de la civilización, con logros tecnológicos y artísticos que modificaron para siempre las esferas privada y pública de la vida humana. Naturalmente, no todos hicieron una evaluación positiva. Algunos creyeron ver en los años 60 el comienzo de una decadencia: la caída de un orden sin una sucesión, sin un relevo claro, sin un Dios al cual dedicar tanta celebración. Daniel Bell, acaso el sociólogo neoconservador más lúcido, afirma que todo lo que había en los 60 no era más que "la patética celebración del yo, un yo que había sido vaciado de contenido y que se disfrazaba de ser vital mediante la representación teatral de la revolución". Desde el marxismo, Frederic Jameson consideró a los años 60 el momento de rotación de la cultura occidental; ese "giro cultural" que desembocó en el posmodernismo.
En su contradictoria mezcla de individualismo y utopía social, de hedonismo y compromiso, la época destruyó con violencia convenciones muy antiguas, poniendo en crisis los más diversos niveles de organización humana: el de los adultos y los jóvenes; el de los hombres y las mujeres; el de los maestros y los alumnos; el de los europeos y los no europeos; el de los ricos y los pobres... No había duda: un mundo estaba desapareciendo bruscamente, y aunque muchos soñaban con un futuro más justo y humano, ese futuro era difícil de imaginar. Y muchas veces la imaginación avalaba la peor de las hipótesis: ¿y si finalmente la bomba atómica adelantaba el Apocalipsis?
De izquierda a derecha (digamos: en favor o en contra), el juicio a los años 60 empezó temprano, y esto no es casual ni secundario. Con la década del 20 pasó algo similar, pero allí estuvo el Crack de 1929 y la gran depresión ulterior que alentaron las estampas más coloridas de los "alegres veinte". En cambio, no hubo un crack de 1969, ni una gran depresión de los años 70, aunque la economía mundial tuvo serios problemas hacia 1973. En realidad, los años 60 ingresaron en la Historia de un modo muy extraño, como si la sociedad mundial se hubiera puesto de acuerdo para sellar un período del que hacia 1968 ya había señales contrapuestas de culminación y agotamiento.
¿Qué elementos de análisis podían procesarse hacia finales de los sixties ? Por lo pronto, los actores sociales ya no parecían responder a las teorías clásicas. Las clases sociales estaban lejos de desaparecer, pero la fuerza de los movimientos juveniles, ahora organizados en subculturas, había convulsionado el panorama sociológico del mundo moderno, creando una noción de identidad transnacional muy difundida. Los jóvenes llenos de inquietudes, los niños del baby boom , aquellos nacidos durante o inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, presionaban en pos de un verdadero activismo generacional, ya fuera concentrándose en los campos de Woodstock durante tres días y tres noches de música, paz y amor, como poniendo a las instituciones del gobierno francés al borde del colapso.
Hacia fines de aquel período, un veloz inventario de revueltas le facilitaba al argentino informado un verdadero plano de las erupciones juveniles a nivel planetario. Estas hablaban en más de una lengua, pero las articulaban un deseo y una sintonía claramente grupales. La idea de revolución había cobrado forma concreta en el caso cubano y la más factible idea de rebelión contra el mundo de los adultos se imponía aquí y allá: "Desconfía de todo aquel que tenga más de 30 años". La revolución era excepcional; la rebelión, algo cotidiano. La revolución pertenecía al campo de los hechos "duros" (los hard facts de los que hablan los historiadores ingleses), mientras que la rebelión era algo menos visible, menos "material". Finalmente, la revolución era la meta a la que muchos aspiraban llegar y la rebelión, con su doble rostro de cultura y política, uno de los itinerarios posibles.(...) Con sus contradicciones y claroscuros, la rebelión de los años 60 fue más un fenómeno de valores cotidianos y de "estilo de vida" que un gran quiebre en las formas del poder. Hoy puede hablarse de una derrota política -¿hace falta insistir en que la imaginación no se adueñó del poder?-, pero difícilmente de un fracaso total de aquello que en términos muy generales podríamos denominar "el proyecto de los años 60". (...) El tema de este libro no son los años 60 en el mundo, ni la historia de las culturas de la rebelión, aunque ningún otro momento de la vida argentina estuvo tan estrechamente asociado a procesos internacionales como lo estuvo la década del 60. En verdad, el tema de este libro es la modernización operada en la cultura argentina durante el período que va del ascenso de Frondizi al Cordobazo y la caída de Onganía. Sobre el eje de una "sociedad joven", capaz de ser definida por sus hábitos de consumo cultural, la investigación partió del concepto de rebeldía como auténtico ethos de los 60. Pero entiendo aquí que el carácter rebelde no se limitó a ser el rasgo de una minoría ilustrada, sino un elemento de gran expansión social, presente en infinidad de personas, lugares y situaciones. O para decirlo gráficamente: me interesó tanto la agenda del Instituto Di Tella como la grilla de programas de la televisión; tanto el teatro de vanguardia como la música pop; tanto los debates de las revistas literarías como las tapas de Primera Plana . Sospechaba -y finalmente lo corroboré- que la rebeldía como marca epocal se manifestó en todos los campos, atravesándolos de modos muchas veces insólitos. Y en cada campo la rebeldía despertó reacciones; los anticuerpos de la tradición y la autoridad. Así se desataron polémicas que tardaron muchos años en apagarse. (Quizás algún fueguito esté aún prendido.)
Desde luego, no toda la cultura argentina queda analizada en este libro, que por otra parte es más un libro sobre consumo que sobre producción. Quiero decir que el lector que pretenda usar mi trabajo como si fuese un directorio de creadores argentinos de los 60 seguramente se llevará una desilusión. Tampoco se encontrará en las páginas que siguen un análisis cuantitativo o estadístico de películas más vistas, libros más leídos y cosas por el estilo, aunque no faltarán guarismos y datos de magnitud. En realidad, más allá de las ambiciones teóricas o académicas con las que los historiadores solemos llenarnos la boca, este texto es, creo, un fresco de la vida cultural del país a lo largo de la que seguramente fue su última gran década del siglo XX. Y un fresco siempre es una aproximación con gran angular.
Sin embargo, sobre el fresco se visualizan nudos o puntos de mayor densidad. Nuestra mirada vuelve a ellos una y otra vez. En este caso, uno de esos nudos repetidos a lo largo de los 60 es el de las grandes rivalidades: Borges-Sabato, Jauretche-Guido, Ginastera-Juan Carlos Paz, Piazzolla, Rovira, realismo-vanguardia, tradición-modernidad, nacional-universal, libro-televisión... Las polémicas imperaron en los años 60 porque el valor máximo de la época fue la negación crítica. Todo impulso creador se hizo a partir de la negación de lo inmediatamente anterior o de lo contemporáneo diferente. Pero esta actitud no necesariamente significó desconocer el pasado. Una parte sustancial de los proyectos culturales de la década miró al pasado con otros ojos, con ojos jóvenes y justicieros que salieron a reivindicar a los malditos y silenciados. No es contradictorio entonces que un tiempo pautado por el imperativo de lo nuevo haya sido, a la vez, una época de revisiones y rescates de vivos y muertos: Leopoldo Marechal, Witold Gombrowicz, Macedonio Fernández, Antonio Berni, Juan Carlos Paz, Enrique Santos Discépolo, Héctor Oesterheld...
Años de desbordes, los 60 presenciaron grandes operaciones de síntesis. Pero aquí la síntesis debe entenderse no como negociación, sino como gesto irreverente, como deseo libertario de borrar fronteras para inventar un mundo nuevo. El llamado boom latinoamericano, en el que tanto tuvo que ver el periodismo porteño, acentuó aquellas temáticas y rasgos de estilo supuestamente continentales. La música pop aspiró a borrar los límites de las culturas nacionales, en pos de una lingua franca que expresara el universo transnacional de los jóvenes, mientras la poesía escrita soñaba con ser cantada y leída en voz alta, como si de trovadores viniese. Cierto cine "arte" mezcló géneros, yendo de la ficción al documental y viceversa. El arte pop quiso desentenderse de siglos de arte pictórico, y ensayó una mirada sobre la sociedad de consumo y la cultura de masas, borrando así la frontera que separaba al arte de aquello que no lo era. El teatro de vanguardia se planteó borrar los límites espaciales y psicológicos que siempre habían separado al público de la escena. Otro tanto hicieron los happenings , esos itinerarios plásticos que incitaban a la participación del espectador, ahora convertido en sujeto de una experiencia intensa. Y podríamos continuar así un buen rato (...)




