
Los límites de la soberanía
Por Tomás Eloy Martínez Para LA NACION
1 minuto de lectura'
HIGHLAND PARK, N. Jersey
En América Latina siempre se ha creído que las desdichas vienen de afuera, o de la fatalidad. Suponer que el atraso y los sobresaltos de las democracias eran obra del destino o de la CIA impidió que el continente se defendiera del despojo económico y de los asaltos militares. Para la imaginación latinoamericana de este siglo, la historia fue siempre algo que se decidía en otro lado.
Si las naciones aceptaban su destino de desgracia, ¿por qué no iban a aceptarlo también los individuos? En julio de 1999 encontré en una tienda de Tucumán a una mujer que había sido mi compañera en la escuela secundaria. Estaba con un pañuelo atado a la cabeza, lavando los pisos, y si la identifiqué enseguida fue porque se parecía a la abuela desdentada de la muchacha que yo había conocido. Oí sus incesantes infortunios, y todos parecían inevitables: la familia había ido cayendo desde la modestia de la clase media, con empleos en los ingenios azucareros o en las escuelas provinciales, a una vida de inestabilidad y de miseria. A mi ex compañera de escuela, que había sido reina de belleza del bachillerato y que en 1952 soñaba con descubrir una vacuna contra el cáncer, recibir tres pesos por hora por lavar los pisos de una tienda le parecía en 1999 el colmo de la buena suerte. "¿Qué ganaría con quejarme? -me dijo-. Ya nunca voy a ser lo que quise. Sólo soy lo que tantos gobiernos de desastre han permitido que sea."
Hace siete décadas, Erdosain, quizás el personaje más desesperado de la literatura argentina, se preguntaba en las primeras páginas de Los siete locos : "¿Qué he hecho de mi vida?" La pregunta de mi ex compañera era más patética: "¿Qué están haciendo con nuestras vidas?" Entre una y otra puede leerse la diferencia que va de la Era de la Depresión a la Era de la Globalidad.
Patrimonio compartido
Aunque es elemental suponer que los seres humanos y los Estados son responsables de todo lo que les pasa, las consecuencias de la globalización están obligando a pensar de nuevo el concepto de soberanía. ¿Todas las personas son soberanas de sí mismas? ¿Un Estado soberano es gobernado como quieren sus electores? ¿Puede el gobierno de un Estado soberano hacer todo lo que se propone o sólo aquello que le permiten hacer ciertos factores que están más allá de la nación misma: el Fondo Monetario Internacional, las grandes corporaciones económicas?
Esas preguntas han dejado de ser retóricas. Las soberanías nacionales son ahora, en América Latina, un patrimonio a medias o un patrimonio compartido. Un claro ejemplo es el doloroso ajuste que el gobierno argentino acaba de imponer a la comunidad. La decisión era quizás imprescindible, pero no es soberana, porque no puede ser soberana una automutilación que a nadie le gusta -la feroz rebaja de salarios-, y por otro lado no hay más remedio que ordenar esa mutilación para cumplir con las exigencias del fiscal que pone límites a la soberanía: el Fondo Monetario Internacional.
Con todo, ciertos márgenes de maniobra quedan aún en pie: ya que no se puede evitar la medida, se puede al menos acentuar su justicia. Cuando la rama ejecutiva del Gobierno adoptó la decisión, tal vez tenía la esperanza de que otros poderes la imitaran. Sucedió con algunas cámaras legislativas y con media docena de jueces, pero eso es demasiado poco. ¿Qué impidió a los ministros de la Corte Suprema recortarse los sueldos en el momento en que sancionaron la legalidad de la medida? ¿Qué significa rebajar las dietas legislativas diez, quince o aun cincuenta por ciento en una provincia como Formosa, donde los diputados ganan más de 13.000 pesos y la mitad de la población vive bajo el umbral de la miseria?
Otro punto de injusticia son las jubilaciones de privilegio, cuyo mero nombre es ya signo de desigualdad. El Gobierno ha reducido entre un 50 y un 33 por ciento de esos beneficios a ex funcionarios que tienen entre dieciocho y sesenta años, algunos de los cuales sirvieron unas pocas semanas o sólo unos días, lo que significará un ahorro de 140 millones de pesos hasta fin de año. Siguen intactos los privilegios de las Fuerzas Armadas y las de seguridad, que se retiran con un sueldo completo, y los de todo ex funcionario mayor de sesenta años. Si bien la situación es compleja y tal vez haya algunos servidores del Estado que merezcan ese reconocimiento, no hay por qué mantener privilegios odiosos en un momento de crisis. Toda ley que no es pareja pierde su fuerza de disuasión.
Una democracia fuerte y estable se basa sobre instituciones estables y decentes. Sobre todo, cuando las soberanías son precarias. Las extremas desigualdades sociales del continente y la erosión de los orgullos nacionales están alimentando en América Latina una oleada cada vez más fuerte de caudillismos populistas, como los que ahora se cuestionan en Perú, en Venezuela, en Ecuador, en Paraguay, y como los que tal vez surjan un día en México y en Colombia. La Argentina, como Brasil, Uruguay y Chile, parece a salvo de esas exageraciones del poder, pero la grave dependencia económica a que están sometidos todos los países del continente latinoamericano es caldo de cultivo para demagogos y aventureros. Cuando ordena que las naciones se aprieten el cinturón, el Fondo Monetario Internacional debería pensar en que la alternativa para el futuro son esos socios indeseables.
Llamamiento oportunista
Rara vez los argentinos hemos estado contentos con los gobiernos que tenemos, porque rara vez los gobiernos han hecho lo que prometieron hacer antes de ser elegidos. Si ahora hay una crisis de confianza, no es porque esas promesas hayan sido traicionadas, como sucedió en el primer año del mandato de Carlos Menem, sino porque las instituciones se están volviendo imprevisibles. Todos los días hay rumores sobre la dolarización del peso (lo que sería una concesión de la soberanía nacional tanto o más grave que una entrega de territorio) y todos los días hay signos de división dentro de la Iglesia, que en los años de democracia cumplió un papel de árbitro respetado. ¿Hacia dónde puede volverse entonces la sociedad desesperada? La falta de recursos del Gobierno para mitigar la tragedia social y la dificultad en lograr que los deudores más grandes se pongan al día con sus impuestos explican llamamientos tan oportunistas como el del dirigente que convocó hace poco a la desobediencia fiscal.
Aunque las protestas hacia adentro son legítimas, más eficaz aún es juntar fuerzas para defenderse ante la voracidad de fuera. Con la soberanía recortada, los países pueden hacer poco, pero lo poco que pueden hacer es mucho. Cualquier nación unida contra la desigualdad y la evasión tributaria, contra la injusticia social y contra los privilegios de cualquier tipo tiene mejores argumentos para defender su soberanía que una nación en estado de asamblea. Cuando se fracasa, es mejor fracasar por culpa de un error propio que de un error extranjero. Siempre es más digno preguntarse, como Erdosain, qué ha hecho uno de su vida, que la desesperanza de preguntarse, como mi ex compañera de escuela, qué hicieron otros con aquello que éramos nosotros.





