Los "malditos" años 90

Por Carlos Saúl Menem Para LA NACION
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6 de julio de 2007  

Seguramente fue algún periodista ingenioso el que inventó esa frase que asegura que es muy sencillo editar el diario del día de ayer. Con eso se alude irónicamente al hecho de que parece más fácil adivinar el pasado que el porvenir.

Muy a menudo se juzgan los hechos del ayer dando por naturales sus consecuencias, pero calificando con dureza los procesos que las hicieron posibles.

Hasta aquella década del 90, hoy demonizada, no parecían cosas habituales ciertos hechos que eran y son normales en otras latitudes: conocer con precisión los precios de todos los productos, que sólo aumentaban en circunstancias verdaderamente excepcionales; contar con el funcionamiento regular de las heladeras en verano y con el de las estufas en invierno, tener la posibilidad de adquirir una o varias líneas telefónicas, conseguir con sencillez un crédito para acceder a la vivienda propia o para comprar autos o bienes hogareños, viajar o transportar mercancías a través de caminos, rutas y autopistas en buen estado; estar conectados al mundo a través de Internet, gracias a una vasta red de fibra óptica; exportar a través de puertos modernos y eficientes, vivir en un clima de paz, sin cargar con los odios y resentimientos del pasado; transitar libremente por las calles sin ningún temor, gozar de una absoluta libertad de expresión

Año verde

Es muy extensa la nómina de situaciones que parecían quimeras inalcanzables -sinónimos de aquella Argentina del año verde- y que en aquellos años empezaron a transformarse en rutinarias. Y esa nómina no se limita a asuntos económicos. Que las escuelas secundarias incrementaran explosivamente su población estudiantil, que la oferta universitaria se ampliara, se diversificara y descentralizara, que la Argentina tuviera una presencia activa y respetada en la región y en el mundo, que resolviera armoniosamente los conflictos limítrofes con Chile, que asumiera sus responsabilidades en el nuevo orden mundial, que nuestros militares participaran destacadamente en las misiones de paz de las Naciones Unidas, que sostuviéramos un desarrollo nuclear y misilístico independiente y pacífico constituían otras tantas novedades que en modo alguno se deducían automáticamente, ni mucho menos, de la situación que habíamos heredado.

Que la Argentina buscara y encontrara un lugar en una situación internacional nueva, signada por la caída del muro de Berlín, mientras emergía de las humaredas de la hiperinflación, a la distancia puede imaginarse hoy tan sencillo como coser y bordar.

Pero en aquel momento, y sobre el terreno, requirió esfuerzo, exigió ganar apoyos y vencer resistencias, demandó ensayos y errores, provocó represalias, exigió costos políticos.

Conviene, empero, desagregar la suma general de quienes hoy vituperan la década del 90. Conviene dividirlos en distintas categorías de críticos.

Son los siguientes:

  • Quienes tanto hoy como entonces se han mostrado renuentes u opositores francos de las reformas.
  • Aquellos que en los años 90 respaldaban aplaudían, defendían, argumentaban a favor de las reformas y obtenían beneficios de ellas y que hoy se vuelven adalides de la denigración.
  • Los que, para cuestionar los 90, necesitan falsear los datos objetivos sobre la época, lo que los lleva a cuestionar en realidad unos años 90 inventados, ficticios, no los verdaderos años 90.
  • Aquellos que, aunque aprueban en general las reformas realizadas en aquellos años, tuvieron y todavía tienen críticas a algunos puntos específicos y que hoy, intimidados por la atmósfera de hostilidad contra toda la época, prefieren subrayar estas divergencias antes que recordar aquellas coincidencias.
  • En la primera categoría están, emblemáticamente, casi todas las fuerzas de la izquierda vernácula, esa que se esforzó en definir nuestro gobierno como una expresión del "neoliberalismo".

    Defensores de los paraísos comunistas y hasta de caricaturas como el régimen que encabeza Hugo Chávez en Venezuela, es razonable que se pongan en la vereda de enfrente de las reformas impulsadas en los años 90.

    No hace falta abundar demasiado en detalles para describir a los adalides del segundo grupo: ¿quién no recuerda a los que defendieron en el Congreso de la Nación y ante los gobernadores la privatización de YPF, por ejemplo?

    Son quienes se embolsaron las regalías y transformaron en dólares las acciones de la empresa privatizada, los que fueron elegidos y reelegidos en sus provincias a la sombra de un apellido que hoy condenan, los que votaron por la reelección presidencial en la reforma constitucional, los que volcaron ríos de bellos calificativos y de altísimas ponderaciones para halagar al presidente de aquellos años.

    Entre el primero y el segundo grupo hay, evidentemente, una diferencia de principios.

    A aquéllos, aunque uno esté en sus antípodas, debe reconocérseles la virtud de la consecuencia. En cambio, los segundos son oportunistas que, sin solución de continuidad, sin explicaciones, sin aviso, saltan la raya y dicen odiar lo que hasta el día anterior adoraban.

    La tercera categoría es la de quienes se inventan unos años 90 deformados para facilitarse la crítica.

    A veces se atribuyen a los 90 problemas sociales que corresponden a la década siguiente, en particular al gobierno de la Alianza y a la brutal devaluación monetaria que lo sucedió.

    Fue en la etapa abierta en el año 2000, con el "cambio de modelo", cuando la brecha social llegó a cuadruplicarse en comparación con la de la década del 90. Una de cada dos personas quedó viviendo por debajo de la línea de pobreza; una de cada cuatro, por debajo de la línea de indigencia.

    Incluso se puede decir que los logros que en este campo invoca el actual gobierno no han llegado aún a superar los índices de desarrollo social de la década de la que abjuran.

    Durante los años 90 crecimos espectacularmente y captamos inversiones como sólo lo hacía, por esos años, la espectacular y sostenida performance de China. Lo hicimos sin contar con la formidable coyuntura internacional de los últimos años. Por el contrario, soportamos airosamente los golpes de las crisis internacionales. Y el Banco Central, que en 1989 tenía en sus arcas 89 millones de dólares de reservas, acumulaba en 1999 poco menos de 35.000 millones de dólares.

    Trabajábamos para que la Argentina estuviera preparada cuando llegara el tiempo de las oportunidades... que finalmente llegó y que hoy nos beneficia (aunque la Argentina, por mala conducción, esté desaprovechando estratégicamente esta oportunidad que se nos presenta).

    Hoy, el desorden

    El pensamiento y las figuras que encarnaron ese gran movimiento transformador están vivos en el seno de los sectores populares, que sostuvieron sin segundas intenciones las reformas de los 90, las posibilitaron con su sacrificio y las ratificaron con su voto.

    Pero esos sectores, que son los más humildes de la sociedad, no constituyen opinión pública, y sólo en momentos dramáticos influyen sobre ella.

    Dentro de lo que habitualmente se llama la opinión pública, las clases medias de las grandes ciudades, hay también defensores de los años 90. Pero, en general, se trata de defensores silenciosos, intimidados por la feroz campaña de demonización desplegada contra esa etapa.

    Muchos de esos sectores mantienen críticas contra rasgos bulliciosos y desordenados del peronismo, que juzgan amenazantes. Sin embargo, si bien se mira, el gobierno de los años 90 consiguió convertir al peronismo en un instrumento de gobernabilidad que garantizó una atmósfera básicamente pacífica, en una Argentina que ahora se ve estremecida por enfrentamientos, piquetes, muertes en plazas públicas y estaciones de ferrocarril, anarquía callejera, prepotencias, escraches y acción directa generalizada.

    No está de más recordar que en 1999 concluyó normalmente y en el momento debido un período presidencial y se produjo, con idéntica normalidad, el traspaso del gobierno a otro, de signo político contrario: otra de las excepcionalidades de la "década maldita".

    ¿La deuda pública? Lo cierto es que en 1999 la Argentina estaba cómodamente debajo del tope de endeudamiento del sesenta por ciento del producto bruto interno admitido en la Unión Europea por el Tratado de Maastritch.

    La deuda de los 90, que se critica, era inferior a la que hoy, luego del pagadiós del que se envanece el gobierno actual, mantiene la Argentina.

    Está también el cliché de la corrupción. Por cierto, en situaciones en las que cientos o miles de personas están involucradas en el manejo de situaciones de poder, sería necio rechazar la posibilidad de que se cometan actos de corrupción. Lo que indigna es la generalización.

    Hoy es notorio, con todo, que pocas veces en la historia argentina ha habido un gobierno más sumergido en la corrupción, que no da cuenta del destino y recorrido de cientos de millones de dólares de la provincia de Santa Cruz, que despliega el festival de los sobreprecios, que ha enterrado en el silencio toda investigación sobre los subsidios a empresas privadas en general y sobre el subsidio a la línea aérea que traía y llevaba cocaína, que ampara el contrabando de armas a Estados Unidos, que protagoniza los casos Greco y Skanska.

    Pero la infamia y la calumnia empiezan a tropezar contra la realidad. La derrota del oficialismo en los comicios de Misiones, la impresionante movilización cívica en Santa Cruz y los resultados electorales registrados en la ciudad de Buenos Aires y en Tierra del Fuego demuestran elocuentemente que la opinión pública empieza a darles la espalda a los responsables de la máxima estafa política que recuerda la historia argentina.

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