
Los mensajes detrás del Oscar
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¿Habrá algún momento de alta sensibilidad política en la próxima ceremonia del Oscar? Es lo más probable. Hace un año, la Academia de Hollywood trabajó en silencio y de manera muy cuidadosa para que la entrega anterior tomara distancia de los debates más encendidos y sobre todo de los cuestionamientos más explícitos de la comunidad cinematográfica estadounidense a la administración de Donald Trump.
Para la fiesta número 98 de la historia del Oscar, que se realizará el domingo 15 de marzo, podemos imaginar un empeño parecido por parte de los organizadores en la búsqueda de mantener calmas las aguas de la máxima celebración de la industria del entretenimiento, pero los últimos acontecimientos conspiran contra ese propósito. No pasará seguramente inadvertido en la mirada de los sectores de esa comunidad más enfrentados con las políticas de Trump lo que ocurrió este sábado en Minneapolis, donde un hombre falleció tras un incidente con agentes federales durante una protesta contra las redadas migratorias.
El accionar de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) está en el foco de la atención. Y no debemos olvidar que una referencia directa a ese tipo de redadas (aunque la ficción se refiera a otro tiempo y no a la actualidad) es el disparador de la trama de la película que más posibilidades tiene hoy de ganar el Oscar a la mejor película según las predicciones mayoritarias de los especialistas: Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson.
Planteadas así las cosas, el componente político podría estar presente en las instancias decisivas de la ceremonia. Sin embargo, hay un momento previo del Oscar en el que las discusiones sobre la actualidad, las tensiones sociales planteadas por el ejercicio del poder y hasta el estado del mundo (no solo el de la sociedad estadounidense) encontrarán un protagonismo excluyente: el momento de la entrega del premio al mejor largometraje documental.
El último jueves se conocieron los títulos y los nombres de los nominados al Oscar 2026 en todas las categorías y no deja de llamar la atención desde ese momento una tendencia que recorre buena parte de la lista de candidatos a mejor largometraje documental. En tres de ellos, las denuncias y señalamientos sobre situaciones anómalas aparecen a través de testimonios visuales registrados de manera casera, artesanal o ajena a cualquier alarde tecnológico.
La vecina perfecta (The Perfect Neighbor), de Geeta Gandbhir, disponible en Netflix, toda la trama se construye a partir de las “bodycams” que llevan los agentes policiales, las cámaras de seguridad callejeras, los registros de las llamadas al 911 y grabaciones tomadas en destacamentos policiales y judiciales. El documental, ligado a la muy difundida corriente de los true crimes, narra un hecho que comienza como una discusión vecinal en un barrio del Estado de Florida y culmina con la muerte violenta de una mujer afroamericana, madre de cuatro hijos.
Alabama: presos del sistema (The Alabama Solution), de Andrew Jarecki y Charlotte Kaufman, disponible en HBO Max, captura a través de imágenes clandestinas tomadas por los propios presos con modestos teléfonos celulares adquiridos a los guardias en una suerte de “mercado negro” el maltrato, la violencia y el hacinamiento (entre muchos otros problemas) que sufren los internos de una cárcel estatal en ese enclave del sur de Estados Unidos.
Y en Mr. Nobody against Putin (El señor Nadie contra Putin), coproducción entre Dinamarca, la República Checa y Alemania inédita en nuestro país, la vida de un amable y querido maestro de escuela en una lejana localidad rusa de los Urales cambia por completo a partir de la invasión a Ucrania y el comienzo de la guerra. El docente, que hasta allí documentaba con su cámara de video la vida cotidiana de una escuela primaria común y corriente, empieza a grabar imágenes que dan cuenta de la estrategia de propaganda, reclutamiento y coerción que las autoridades rusas imponen a los alumnos.
Parece una contradicción, pero en el fondo no lo es. El Oscar suele distinguir las máximas expresiones de vanguardia e innovación en el mundo audiovisual sobre todo a través del premio a los mejores efectos visuales. Lo comprobamos y disfrutamos con asombro cada vez que encontramos en pantalla grande demostraciones como las que últimamente nos entregaron películas como F.1, la tercera entrega de Avatar (Fuego y ceniza) o Jurassic World: Renace, todas ellas candidatas al premio en ese rubro.
Pero al mismo tiempo, dentro de la categoría documental, se dispone a reconocer con la misma estatuilla producciones de un costo infinitamente menor y realizadas mediante el aporte de imágenes tomadas con cámaras portátiles o teléfonos que están al alcance de cualquier persona.
Estamos aquí en un terreno opuesto al de los tanques de Hollywood que recurren a costosas inversiones para lograr los efectos visuales más prodigiosos, capaces de suspender cualquier tipo de incredulidad. En los documentales hay otras fuentes para el asombro. Puede surgir, como en los tres casos descriptos (y nominados este año), del poder testimonial de imágenes precarias, inestables, confusas, registradas de apuro o en pleno movimiento. Mientras más limitados parezcan estos recursos, ajenos inclusive a cualquier narración convencional, más cerca parecen estar de la verdad. El Oscar también premia estas cosas.





